¿Cuánto tiempo más?

Un anciano destinado a cumplir tareas en el espacio profundo, trata de sobrevivir mientras escarba en su aparentemente frágil memoria.

Estando frente al espejo del baño, contemplando los signos de la vejez, escuchó el lejano quejido metálico de la estructura. Sus ojos cansados y amarillentos lo contemplaron a través de los años. Las arrugas que salían en de los ojos recorrían su rostro, marcando demasiadas caras de seriedad, preocupación y tristeza. El arco por encima de la comisura de los labios que marcaría la sonrisa apenas se notaba. Así que repitió el ejercicio que llevaba años ejerciendo como una oración. Ensayó una series de tres repeticiones de la sonrisa. Pero sus ojos volvieron a mirarse serios.

Y fue cuando la gigantesca cosa que lo contenía se quejó. Grave y lejano. Pero dictaba una rutina para lo cual estaba programado. 

El letargo se interrumpió. Las señales más leves interrumpían sus rutinas. Una inyección de vitalidad. Aún así, ya desde algunos meses le costaba caminar. El cansancio lo hacía querer rendirse a los pocos pasos cuando abandonaba sus estancias y se sumergía en el largo pasillo que conducía a la sala de observación.

Dos o tres veces descansaba cuando pasaba por las vanos iluminados que se abrían a las habitaciones a su servicio: entretenimiento, comidas y ejercicio. Este último le indujo cierta nostalgia, y culpa. No recordaba exactamente cuando dejó de acudir. Ya de por sí moverse, comer o entretenerse con películas o libros lo agotaba al extremo, y luego de esas sesiones terminaba durmiendo en su cama por horas. Sabía que significaba, y no lo asustaba. Algo en alguna memoria escondida. Una certeza aprehendida. La cercanía del fin no era algo que debía preocuparle.

Antes de sentarse en los paneles de instrumentos miró por los ventanales hacia el oscuro espacio exterior. Conocía de memoria las estrellas que miraba. Su ojos fueron hacia arriba y unos metros al costado y miró un pálido punto amarillo. El sol. Su tierra. El hogar.

Allá hacia tiempo, pero tan claro que lo confundía, recordaba su niñez. Siempre en la sala de observación esos momentos le venían. El sol, el pasto, las ciudades. Su adolescencia y como se fue mutando de la timidez a la soledad compulsiva. El esfuerzo para socializar y obtener las endorfinas le secaba la boca. Y la joven adultez. Allí los momentos se mezclaban con los de su actual situación. Era confuso, pero otra vez esa certeza que venía desde el fondo: no debía preocuparse.

Las pantallas se encendieron cuando se sentó. Eran los ojos de afuera. Cualquier cosa que pasara cerca,influyera en cualquiera de los sensores que lo rodeaba volcaba la información aquí. Y como la mayoría de las veces, solo eran objetos, desde rocas hasta planetas errantes que se movían dentro de su campo de observación.

Pero ahora no detectó nada. Nada gravitatorio. El espacio a su alrededor estaba limpio.

Un leve resplandor rojo en los monitores se encendió pegado a la instalación. Probablemente algún vehículo de mantenimiento, pensó. Eran poco frecuentes. Tanto que lo alertaba. Y le daba un toque más de claridad a su situación. De los que lo pusieron allí. De los que encargaron su misión.

Estuvo casi media hora recorriendo el espectro de sus sensores y no hubo nada nuevo. La señal del vehículo se apagó. 

Pasado ese tiempo empezó a sentir de vuelta el agotamiento, con el plus de la tensión. La somnolencia aletargaba sus ideas, y un zumbido surgía intermitente en sus oídos. Debía descansar.

Llegó a su habitación, y casi sin sacarse la ropa se dejó caer en la cama. Su corazón daba las claras señales de cansancio profundo. Luego de dejarse ir en sus pensamiento, se durmió.

Abrió los ojos y la luz lo abrumó. Apenas enfocaba pero distinguió rostros. Serios. Miraban su cuerpo. Del techo, desde atrás de un reflector, bajaban caños metálicos hacia el. No sentía nada. Solo sus ojos y los oídos funcionaban. Los hombros de aquellas criaturas se movían, y ocasionalmente vio extremidades que se movían sobre su cuerpo. Por el rabillo del ojo distinguió una camilla que se entraba flotando, y sobre ella una cabeza con apenas pelo blanco y manchado por la edad. Más allá otros cuerpo en similares circunstancias.

Trató de fijar algún detalle más pero volvió a dormirse.

Se despertó en su habitación. Sintió con las manos su cama. Espero durante instante el cansancio pero no llegó. Otra vez la certeza desde el fondo de su mente para calmarlo. 

No le costó incorporarse y caminó rápido al espejo del baño. Este le devolvió la imagen de su juventud, que se superpuso a una incontable cadena de recuerdos en aquel baño, y en el último día en la Tierra. Todos esos despertares fueron diluyéndose. Como un recuerdo de un sueño vívido. Que pierde sustancia al pasar de los segundos. Pero recordó aquel momento en la lejana tierra. Sobre el, en un prado, una nave lo elevaba hacia el espacio.

COMPARTIR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *