Un pequeño niño encuentra los recuerdos familiares de su abuela que se esconden en una lata de galletas y, sin querer, la lleva a rememorar toda su vida.
Para un niño curioso como yo, no había nada más interesante que la hora de la siesta. Cuando mi abuela Maria se iba a dormir, me quedaba solo con mi imaginación y se abría un mundo de aventuras increíbles. Recuerdo cuanto me gustaba revisar los cajones y los estantes de los muebles del comedor buscando algún objeto interesante con el que pasar el tiempo: una radio vieja para desarmar, una lupa para ir al patio y jugar a quemar hormigas o intentar encender un papel, o simplemente alguna revista de deportes de hace mil años que mi abuelo había conservado no se sabe porqué.
Y también, en esos momentos de soledad, aprovechaba para buscar caramelos y cosas que mi abuela no me dejaba comer y que escondía en la cocina. Una de esas veces, revolviendo entre las alacenas, subido a una silla, encontré una de esas latas redondas, de color azul, que traían galletas en su interior, y me propuse abrirla sin que mi abuela se diese cuenta. Puse un pie en un estante y alargué el brazo para poder alcanzarla. Bajé de la silla lleno de emoción, pero cuando la abrí, todo fue desilusión: estaba llena de botones y de fotos viejas.
Cuando levanté la mirada, mi abuela estaba ahí, pero no estaba enojada para nada. Me miró con una sonrisa y dijo dulcemente: «¿qué buscabas ahí?». La miré un poco avergonzado, y haciéndome un gesto, me invitó a sentarme en su regazo. Tomó la lata con sus manos arrugadas y la abrió de golpe. Agarró un botón de color marrón, forrado en cuero, y me lo mostró.
—Ésto es lo único que quedó del abrigo que llevaba cuando partimos desde el puerto de Messina, con mis padres. Yo era solo una niña, pero recuerdo el miedo que me daba aquella embarcación enorme, y mi padre cargando nuestras maletas de cartón con todo lo que teníamos —y sus ojos brillaron.
—Y ésta es la llave de nuestra casa, en Catanzaro, donde vivimos hasta que nos vinimos para Argentina. Mi papá la guardó con la esperanza de poder volver a casa un día —dijo temblando.
—Abuela, ¿qué te pasa? —dije sin entender tanto lo que sucedía— ¿Estás triste?
—No tesoro, no es nada. Son solo recuerdos…
Después de un largo silencio, metió la mano dentro la lata y agarró una fotografía en blanco y negro. La miró detenidamente y se sonrió. Luego dijo: —Acá estamos con tu abuelo. Mirá que buen mozo que era… Y éste es su anillo de matrimonio —susurró mientras lo tomaba de la caja—. Tengo guardadas todas las cartas que me escribió, desde que nos conocimos —y mostró a su nieto un paquete cuidadosamente atado con un lazo rojo.
Se quedaron otra vez en silencio, pero esta vez fue un silencio de paz. Comenzaron a poner todo de vuelta dentro la lata de las galletas, convertido en una caja de los recuerdos, y cuando la abuela puso la tapa, la tomó con ambas manos y se la acercó al pecho, como si le abrazara el corazón, y poco a poco comenzaron llenársele los ojos de lágrimas.
—¿Por qué lloras abue? —dije preocupado.
—Son lágrimas de felicidad m’hijito… Es que dentro de esta cajita está toda la historia de esta familia.