Hay cosas que pasan al aire libre que, si uno no las vive, ni se entera. Con esto me refiero a la primera vez que me junté con un flaco en el parque y terminamos apretando contra un árbol (si hay historia, hay fotos; y si hay fotos, hay video, pero eso es para otro tipo de página).
Siendo un joven de apenas 23 añitos, en busca de dinero fácil y sin ningún tipo de responsabilidad, se me ocurrió vender contenido para adultos dedicado y destinado exclusivamente al mundo del cruising. Para los que no conocen el término, se trata del encuentro sexual entre desconocidos, por lo general en espacios públicos o semipúblicos, jugando con el morbo de que te atrapen o de que alguien te vea.
Ese domingo mis viejos se habían ido a un asado familiar. Yo no tenía ni ganas de levantarme temprano y mucho menos de pasar tiempo con la familia, así que me quedé en casa. Era una tarde perfecta de otoño: no hacía mucho frío, el sol todavía se hacía sentir y hacía rato que tenía ganas de hacer algo en pleno parque.
Soy un pibe común, de contextura delgada, tez blanca, pelo castaño oscuro y narigón por parte de padre. Tengo algo de físico, no demasiado, aunque sí unas buenas piernas; me encanta trabajarlas a diario en el gimnasio y podría decirse que son mi mayor fuerte.
Con una siesta ya descartada, me puse un pantalón corto, de esos que dejan bien a la vista el trabajo del gimnasio, una remera deportiva, cargué el celular, los auriculares, la fiel y querida SUBE, y salí para el parque.
No les voy a mentir: ya en el micro me había empezado a picar la idea. Solo pensar en sacarme el short y la remera para quedarme únicamente con las zapatillas era suficiente para encender motores.
Llegué hasta los portones del parque con una semierección. Para ese momento ya no me importaba si se me notaba o no el bulto. Tampoco es que tenga una berenjena entre las piernas: unos 19 cm bien puestos, sí, team sangre. Entré por la Avenida del Libertador y, hasta ahí, les puedo contar. No quiero quemar la zona, aunque seguro varios de ustedes saben hacia dónde me dirigía.
Crucé la rotonda y seguí derechito hasta entrar en ese bosque lleno de senderos de tierra. El lugar tenía una infinidad de ramificaciones que llevaban a un gran tronco ubicado justo en el centro. Si prestabas atención al suelo, con cada paso te encontrabas con algún envoltorio de preservativos, cajas de cigarrillos o papeles sucios.
Sin perder tiempo, me saqué la ropa y me recosté contra el árbol. En ese claro, la luz que entraba me daba de lleno sobre el cuerpo. Deslicé mi mano dominante por el pecho, rozando una de mis tetillas; bajé hasta la pelvis y comencé a jugar suavemente con los rulitos que rodeaban mi pene. Entre cosquillas y caricias, una erección cada vez más intensa no tardó en aparecer.
Cuando uno entra en ese estado de éxtasis sin control, pierde no solo la noción del tiempo, sino también la del lugar y el entorno. Por eso mismo no noté que, a unos metros de mí, alguien me estaba observando.
No me pregunten cómo fue ni en qué momento, pero cuando quise acordar ya me tenía contra un árbol, besándome el cuello.
Era un tipo de unos 40 años. Tenía algunas canas en el pelo, corte estilo militar, ojos color café, una nariz bien simétrica y una boca prominente rodeada por una leve sombra de barba. Esa barba me raspaba el cuello cada vez que se acercaba.
Con una sola mano había logrado sujetarme los brazos por encima de la cabeza, mientras su lengua recorría parte de mis bíceps hasta llegar a mis axilas (aclaro que, para ese momento, yo seguía completamente desnudo, solo con las zapatillas puestas).
Cuando logré soltarme y recuperar un poco el control de la situación, pude sentir y apretar su cola con ambas manos. Ahí me di cuenta de que llevaba un conjunto de ciclismo y que, a un costado, sobre el piso, había una bicicleta tirada.
En ese momento mi atención se fue a su rostro. Se despegó de mi cuerpo, me miró a los ojos y bajó el cierre de su traje por completo, dejando al descubierto el pecho, los brazos y parte del vello púbico.
Tenía un abdomen bien definido. Sus pectorales, completamente lampiños, dejaban entrever varios lunares y pecas distribuidos como si alguien hubiera querido recrear un cielo estrellado. Sus bíceps eran casi del tamaño de mi cabeza, duros como una piedra. Desde la parte superior del pecho, la clavícula se unía al cuello de manera muy marcada, coronada por una nuez de Adán prominente. Todo eso sobre una piel blanca que dejaba apreciar cada detalle.
—¿Te gusta? —me preguntó con una voz seria, algo grave, y una sonrisa pícara.
Yo apenas pude responder con un suspiro y otra sonrisa.
Entonces me tomó entre sus brazos y me besó. Su lengua no pidió permiso: simplemente entró en mi boca y comenzó a rozar la mía. Les voy a dar un dato no menor: era la lengua más ancha que había visitado mi boca hasta ese momento.
Sus manos se aferraron a mi pecho, apretándolo como si quisieran hacerlo estallar. Después bajaron hasta mi cintura y siguieron recorriendo mi espalda baja, mientras uno de sus dedos comenzaba a deslizarse por el inicio de mi cola. Durante un instante lo dejé explorar; incluso llegó a humedecer uno de sus dedos con saliva para acariciar suavemente mi ano.
Creo que sintió mi tensión porque me preguntó:
—¿Te va?
Le respondí que, por el momento, mi rol era activo.
Me miró, volvió a sonreír y contestó:
—Yo también, pero igual podemos seguir jugando.
Acto seguido me empujó otra vez contra el árbol, tomó mi pene y comenzó a masturbarme mientras sus labios recorrían nuevamente mi cuello, mis axilas y mi pecho.
Mi reacción fue simple: lo tomé por la cintura y le bajé lo que quedaba del conjunto de ciclismo. Su pene, erecto y húmedo, apareció envuelto entre vellos castaños, apenas visibles y prolijamente recortados. El glande tenía el tamaño de una ciruela madura, de un color rosado intenso, y el tronco debía medir unos 21 centímetros, con una circunferencia que llenaba mi mano a la perfección.
Habremos estado entre besos, caricias y masturbación durante unos buenos veinte minutos. Todo eso apoyados contra un árbol que ya empezaba a dejarme leves arañazos en la espalda.
De pronto comenzaron a pasar otros hombres por el lugar. Algunos se detenían a mirar mientras se tocaban a la distancia.
Mi acompañante seguía entregado por completo a sus manos y a su boca. Me soltaba para volver a apretarme con fuerza. Suspiraba, gemía sin parar. En él podía sentirse todo el fuego del momento: la piel le ardía y mis dedos quedaban marcados sobre su espalda blanca.
En un momento se detuvo en seco para mirar alrededor.
Yo solo le dije:
—Concentrate en mí.
Volvió con más intensidad que antes. Me empujó otra vez contra el árbol y siguió besándome el pecho, pellizcando mis tetillas y lamiendo mis axilas. Tomaba aire, me miraba agitado, respirando a centímetros de mi boca, y volvía a besarme, mientras una de sus manos sostenía mi cabeza con tanta firmeza que por momentos sentía que me faltaba el aire.
Detrás de nosotros ya había unos cinco hombres que se habían quedado mirando todo lo que hacíamos.
En ese instante él me dijo que estaba por acabar, a lo que yo respondí preguntándole si se animaba a hacerlo sobre mi pecho. La respuesta no tardó en llegar.
En cuanto me puse en cuclillas y su mano aceleró el ritmo, pude sentir cómo ese néctar blanco y espeso caía a chorros sobre mi pecho, salpicándome también la cara. Al unísono, un gemido seguido de un grito marcó el momento en que terminó sobre mí, apoyado contra el árbol e intentando recuperar la respiración.
Cuando logró calmarse, me miró, pasó un dedo por mi mejilla y llevó hasta mis labios aquellas gotas que me habían alcanzado. Después se inclinó, me levantó y volvió a besarme.
Para ese entonces yo también había llegado al límite. Mis manos, al igual que mi pecho, habían quedado cubiertas de leche.
Mientras él se limpiaba las manos contra el tronco del árbol, yo me vestí. Decidí dejar que una parte de él se fuera conmigo.
Se volvió a subir el conjunto de ciclista, se puso unos lentes oscuros, levantó la bicicleta y, cuando ya nos íbamos por uno de los senderos del bosque, uno de los hombres que se había quedado observando nos dijo:
—Muchachos, qué show se mandaron… Casi me pongo a cobrar entrada.
Nos miramos, solté un sutil:
—Gracias.
Él se puso colorado.
Caminamos juntos hasta la Avenida del Libertador. Nos despedimos con un beso, intercambiamos nuestros WhatsApp y cada uno siguió su camino.
Aún lo tengo agendado como «El Macho» y, hasta el día de hoy, ninguno de los dos volvió a escribirle al otro.
Quizás, si alguna vez lee esta nota, sepa quién soy… y me mande un mensaje.
1 comentario en “Cruising day”
Fuego puro! ?