Hay una película llamada “Leones por corderos”, dirigida y protagonizada por Robert Redford, Tom Cruise y Meryl Streep. Su sinopsis la reduzco a esto: cómo el sistema político manipula a su pueblo. Si no la vieron, véanla.
En paralelo, la semana pasada me llamaron la atención un par de cosas en redes. Primero, una publicación de esta página sobre la fauna de influencers en Mendoza, que repasaba esa fauna y mostraba el lado que posiblemente no se ve:
Al ver el perfil de esos influencers y algunas notas que les hicieron en diarios, me volvió el concepto de leones por corderos.
Me llama la atención, en estos tiempos, el rol del influencer. Asumo que, como su nombre lo indica, son personas que se dedican a influenciar a quienes observamos en redes, dándole visibilidad a negocios o productos. Siendo un ser analógico quien suscribe, entiendo que ese rol está basado en la cantidad de seguidores y otras métricas que desconozco. Es, en sí mismo, un canal de publicidad donde una persona valida un producto o empresa a cambio de una remuneración. Hasta ahí, una actividad muy ligada al rubro publicitario.
Uno de estos influencers locales coqueteaba con la idea de ser gobernador. Alguna propuesta vacía, algún discurso antipolítica y no mucho más, con algunas métricas dudosas -crecer casi un 15% en seguidores en 30 días, a revisar, a veces parece que tienen una granja- en las que juega a querer entrar en el barro político. Cuando le sacamos el glamour, un influencer vende la visibilidad que le dan sus seguidores, y un negocio compra esa visibilidad. Compra sus seguidores.
Pero en política hay una leve diferencia. No es publicidad, es propaganda lo que se vende y compra. La propaganda propaga ideas o valores. La publicidad busca dar visibilidad y, por consiguiente, ventas a un producto. Ahí es donde entran los corderos que guían leones.
Antes que lo pregunten: este personaje no apoya a ningún político actual; pero siempre sospecho que estas acciones suelen ser un cartel de “EN VENTA”. No creo en casualidades. Menos en política.
Uno de los mayores influencers mundiales, y es mi opinión, es Elon Musk. Capaz de, con un tweet, cambiar el precio de una criptomoneda, o de que Donald Trump sea electo. Lo de la criptomoneda es especulación financiera: publicar un producto financiero para que lo compres, suba su valor, yo lo venda generando rentabilidad y luego se devalúe. Y su segundo rol es propagar las ideas de Trump. Son dos operaciones transaccionales. En ambas se esperaba una contrapartida. En el último caso, Elon visiblemente no obtuvo lo que quería; sin embargo, Donald obtuvo en la elección la figura validadora y la visibilidad de los seguidores de Elon.
El peligro actual es cuando ciertos roles que trabajan en círculos comerciales empiezan a jugar con su stock -seguidores- y se pasan a mercados más volátiles como el político, y el fin varía sensiblemente porque ya no es publicar, sino propagar. Son diferencias muy sensibles, donde muchas veces el valor transaccional es otro y el costo es muchísimo mayor. Es donde los corderos se desnudan con un fin, en mi opinión, no tan ético. Está bien, el publicista hace propaganda muchas veces, pero no se posiciona como validación de la propuesta. Un influencer, sí. Es quien valida la idea (n necesariamente propia), es una figura tangible que lleva la propuesta y la propaga, a cambio de una retribución.
A nivel mundial, influencers como Elon Musk, Jeff Bezos y personajes de similar índole, claramente, pueden movilizar los números. Son figuras de éxito veneradas como cuasi dioses: si ellos lo dicen, Doge Coin debe ser un éxito.
Obviamente, personajes locales que pueden decir que una pizza es la más rica de Mendoza -con la nobleza de ayudar a emprendedores, pero con la búsqueda de un rédito económico también, que no está mal en este ámbito- pueden también ser jugadores que muevan el tablero político. No solo se trata de apoyo, sino de llevar a sus seguidores ciertas ideas de un sistema político en que casi nada es lo que parece, y que suele ocultar sus movimientos en la inocencia de los corderos. Corderos de los que poco conocemos en cuanto a sus valores, sus ideas y sobre todo, su responsabilidad.
No es casual el uso del título -en realidad el concepto es de Alejandro Magno- y tampoco es casual que quien gobierna este país se enarbole detrás de un León. Alejandro decía que él no le temía a un ejército de leones comandado por un cordero, sí le temía a un ejército de corderos comandados por un león.
Nada es casualidad. Ni siquiera la referencia implícita de quien enunciaba esto respecto de quien nos gobierna. Demás está aclarar quiénes son el ejército de corderos según nuestro gobernante de turno. Tampoco es casualidad el influencer elegido, reforzado por nuestro Musk local, que vive en Uruguay.
En perspectiva, esta fina frontera entre publicidad y propaganda, sumada a estos personajes de fauna local o extranjera, carentes de responsabilidad e ideas, parecen ser el nuevo canal de los corderos que quieren comandar a los leones. Y, de paso, leones, no son los que gobiernan. Los gobernantes son corderos que se crían para ser sacrificables al fin de su mandato. Parafraseando a Alejandro Magno, yo le temo mas a un cordero disfrazado de león, que a un león disfrazado de cordero.
Pero tal vez, es solo una teoría de café.