¡Qué cosa bonita los gatitos! Cuando tienen dos, tres o cuatro meses son simpáticos, adorables. Todos quieren tener uno. De adultos, la familia aprende a respetarlos (dejándolos salir a la calle porque «es su naturaleza») y, con el paso del tiempo, muchos terminan convirtiéndose en una especie de mueble: parte de la rutina del hogar, una presencia cotidiana a la que ya casi no prestamos atención.
Lo interesante de estos seres que, con el paso de los siglos, hemos domesticado es que cada vez viven más. Y, al igual que sucede con las personas, con los años aparecen enfermedades, muchas de las cuales no presentan síntomas evidentes. Pero si duerme mucho, «es porque está viejito».
Nadie parece cuestionarse que el michi de 13 años ya no quiera subir las escaleras que antes trepaba de un salto, que se haya vuelto más «gruñón», que se mueva con dificultad o que pase buena parte del día escondido.
Hablemos claro: LA VEJEZ NO ES UNA ENFERMEDAD. Y, por lo tanto, no deberíamos normalizar los signos de enfermedad atribuyéndole al paso del tiempo la culpa de todo.
Envejecer es un proceso natural que aumenta la probabilidad de desarrollar determinadas enfermedades. Pero una cosa es envejecer y otra muy distinta es convivir con dolor, perder movilidad o deteriorarse sin que nadie se pregunte qué está pasando.
¿Se puede transitar la vejez de una mejor manera? Sí, claro. Más de uno tenemos un abuelo o una abuela que hace su vida normalmente, toma sus vitaminas, algún medicamento para la tiroides, la diabetes o la hipertensión, visita al médico con regularidad y se realiza análisis de sangre y orina. Con nuestros animales debería suceder algo parecido.
Si hoy un gato doméstico puede alcanzar los 18 años o incluso superarlos, es porque la medicina veterinaria, los cuidados y las condiciones de vida han avanzado. Y ese aumento de la expectativa de vida también trae consigo nuevos desafíos: hay enfermedades que antes pasaban inadvertidas y que hoy podemos diagnosticar, tratar y controlar.
No pensemos que esto solo nos sucede a nosotros. Si hemos tomado conciencia de la importancia de cuidar nuestra salud durante la vejez, saquémonos también la venda de los ojos cuando miramos a ese michi viejito. Miremos su envejecimiento desde la responsabilidad.
No normalicemos que ya no pueda caminar, que deje de saltar o que tenga dificultades para subir a su lugar favorito. La artrosis puede avanzar lentamente y, en los gatos, sus manifestaciones suelen ser muy sutiles. Tu gato de 17 años puede que se esté muriendo de dolor en su cadera, y es tu responsabilidad darte cuenta de eso y llevarlo a un veterinario.
Es lo mínimo que les debemos por toda la compañía que nos brindan. Seamos dignos de su amor.
Un gato senior (a partir de los 10 años) o geriátrico (a partir de los 15 años) puede desarrollar enfermedades crónicas, dolor y alteraciones metabólicas que muchas veces pasan inadvertidas. Detectarlas a tiempo permite, en muchos casos, tratarlas o controlarlas y mejorar considerablemente su calidad de vida.
Que tu michi sea viejo no significa que tenga que estar enfermo. Y que tenga una enfermedad no significa que debamos resignarnos a que esté mal.
Ante cualquier duda, consultá a tu veterinario.