Stupy love history. Parte II

Un mundo de distancia, un anillo, y un compromiso que se niega a morir.

Soledad le mandaba imágenes del Parlamento iluminado a orillas del Danubio, de los puentes envueltos en una niebla espesa y de las pistas de hielo donde la gente patinaba al aire libre.

El lugar parecía sacado de un cuento de hadas, de esos que ella leía de chica en el patio del barrio.

En Mendoza, Joaquín juntó la plata durante meses. Vendió la moto vieja que tenía tirada en el taller, hizo changas de albañilería los fines de semana y se pasó jornadas enteras al sol cosechando tomates, con la espalda quemada y con dolor en la ciática.

Una tarde, mientras contaban los billetes sobre la mesa de la cocina, su madre le sirvió un mate calientito, ella tenía los ojos lagrimosos, le costaba creer que su hijo fuera todo un hombre. Veía la ilusión en el rostro de Joaquín, su determinación y el pecho se le infló de orgullo.

Se paró detrás de él, le colocó manos en los hombros y le dijo:

—Estás loco, hijo. —El rostro desprendía una sonrisa tierna, que solo tienen las madres—. Pero ustedes se aman, en todos estos años desdé que ella se fue nunca dejaron de hablar. Ella se merece que la busquen y vos te merecés saber si esto es para siempre. Dios te va a acompañar en el viaje, mi vida. Vos andá tranquilo.

—Lo sé, mamá. Todos los dice que me extraña y que me ama y que sería hermoso que estuviese allá —contestó él, apretándole la mano mientras sentía que el pasaje impreso le quemaba en el bolsillo.

El día que se iba, antes de subir al remís que lo llevaba a su primer parada, Joaquín se agachó en la vereda para hacerle mimos a Simón, el perro callejero viejito que había adoptado hacía unos meses. Le rascó atrás de las orejas mientras el choco le movía la cola.

—Cuidame la casa —le murmuró al oído al perro—. Portate bien, voy a volver con una mamá nueva —. Sonrió como un niño que descubre plata debajo de la almohada después de que perdió un diente.

Se levantó, miró hacia la calle y sacó del bolsillo del pantalón una cajita de terciopelo azul. La abrió un segundo: adentro brillaba un anillo de compromiso sencillo, comprado con el sudor de la cosecha. Lo cerró fuerte con la mano y subió al auto.

Viajó casi dos días seguidos. Tres escalas, horas en salas de espera frías y el estómago hecho un nudo. Cuando bajó en Budapest, el frío le pegó en la cara como un cachetazo.

No tenía idea de dónde estaba, ni conocía el idioma. Pero logró que ella le enviara una foto. Buscó taxistas que lo auxiliaran y con señas, el traductor, el anillo y la foto logró hacerse entender.

Salió a la calle con una mochila pesada al hombro, la cajita del anillo bien guardada cerca del pecho y el corazón latiéndole en la garganta.

No le había avisado nada: quería que fuera la sorpresa de su vida. Ella le había dicho en el mensaje que el frío la estaba matando y que necesita un abrazo. Que ya estaba oscureciendo y que estaba por marcharse.

El le pidió una foto más y fue ahí cuando la vio. La encontró sentada en un banco de madera, usando un tapado largo y tomando algo en un vaso de polipropileno mientras miraba caer unos copos diminutos de nieve.

—¡Sole! —gritó él con la voz cortada.Soledad se dio vuelta de golpe. Cuando lo vio ahí parado, envuelto en su bufanda de siempre y con la mochila a cuestas, se le cayó el vaso de las manos.

—¿Joaquín? —susurró, sin poder creerlo.Se levantaron al mismo tiempo y corrieron a abrazarse. Fue un abrazo apretado, desesperado, de esos donde Joaquín volvió a sentir el olor a shampoo de siempre y creyó, por dos segundos eternos, que el tiempo no había pasado y que todo seguía intacto.

Sintió el impulso incontrolable de agarrarle la cara y darle ese beso que llevaba atragantado. Estiró la boca hacia ella. Pero justo en ese instante, una mano con guantes de cuero se apoyó en el hombro de Joaquín y una voz con un pésimo acento español soltó una carcajada rápida:

—Oye, muchacho, me la vas a asfixiar…

Un tipo alto, de pelo claro y tapado elegante, apartó a Joaquín con suavidad pero con firmeza. El francés agarró a Soledad de la cintura, la tiró hacia sí y le plantó un beso en la boca, natural, con la confianza ciega de quien se sabe dueño de ese cuerpo.

A Joaquín se le rompió el alma al ver la lengua del francés entrando entre los labios de Soledad.

En medio del beso, Soledad abrió los ojos un segundo. Se encontró de lleno con la mirada destrozada de Joaquín, helado en mitad de la vereda.

Ella cerró los ojos. Los apretó con fuerza para no ver la ruina en la cara de él. La escena terminó apagándose detrás de sus párpados en una lluvia silenciosa de pequeños puntos rojos.

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