El cazador de cocodrilos

Lo que comenzó como una aventura nocturna por el Amazonas terminó en una lucha desproporcionada entre un hombre y una bestia. O al menos así lo recuerda la memoria.

Hay quienes entregan el verano al mar, a la arena y a la periódica eternidad de las olas. No repruebo esa costumbre. Acaso mirar el mar sea una manera tolerable de contemplar el infinito. A los veinte años, sin embargo, mi búsqueda era otra. Ignoraba cuál. Tal vez buscaba el peligro; tal vez al hombre que llegaría a ser y que, por entonces, me era desconocido.

Por una causa que he borrado, o que nunca existió, emprendí un viaje a la selva amazónica y navegar por las aguas de su río. Navegar es una forma de decir… Porque una embarcación bastante vetusta no guiaba por el caudaloso río y a cada atardecer nos alojaba una familia rivereña que con esmero y dedicación nos atendía y preparaba festines de comida, frutas, jugos, que nunca más he vuelto a saborear, tal vez era por los colores o la variedad, pero sus sabores estoy seguro eran distintos.

Muchos años han pasado desde entonces. Otros hechos, que juzgué decisivos, han perdido su nitidez; aquellos días, en cambio, persisten. Sé que la memoria no reproduce el pasado tal cual fue, más bien lo modifica a conveniencia. No puedo afirmar que la selva fuera como la recuerdo, pero todavía siento la pesadumbre del aire, el olor nocturno del agua, la respiración vasta de los árboles y el caudaloso río.

Muchos me preguntaban porque me iba a esos viajes solo y yo respondo como dice Hakuri Murakami, «La soledad no es solo la ausencia de personas. Es la ausencia de propósito, la ausencia de significado». O como Carl Jung escribió que ciertas aventuras son formas de conocimiento interior. El hombre se interna en una región desconocida y cree explorar un territorio, cuando en verdad explora una parte de sí mismo.

Los amaneceres y las tardes son muy particulares en la selva, lejos de ser tranquilas el aullido de monos, y chilar de pájaros e insectos los transforma en ensordecedor al punto de emocionar de cómo se siente viva la selva y de pronto silencio.

La propuesta de una salida al río por la noche nos pareció más que extraña. No se trataba de vencer a la noche sino buscar en nosotros algún instinto ancestral de cazadores, de cumplir un rito cuyo sentido ignorábamos hasta ese momento.

Zarpamos en una canoa. Era tan estrecha que parecía una corteza desprendida de algún árbol. Éramos cuatro: mi hermano Renato, mi querido amigo Billy, el guía y yo. El agua rozaba los bordes de la embarcación. Sobre el río pesaba un silencio que sólo después comprendí. No era la falta de sonidos, sino su multiplicación: insectos, hojas, alas, ramas, animales ocultos y la incesante corriente del agua. Eran tantos que el oído los confundía con el silencio.

Avanzábamos arrodillados para conservar el equilibrio. La postura tenía algo de plegaria dominical, aunque ninguno de nosotros supiera qué divinidad invocaba.

El guía conducía la canoa. Nosotros iluminábamos las orillas con una linterna.

Entonces aparecieron los ojos, pequeñas esferas luminosas, dispuestas de dos en dos sobre la ribera. Algunas estaban separadas; otras eran tan próximas que parecían un único resplandor. Con la ignorancia propia de un joven de ciudad, pregunté qué eran.

El guía respondió:

—Cocodrilos.

Lo dijo sin emoción, como quien señala algo muy conocido por todos…

Sentimos miedo. No el miedo conjetural de los libros, sino otro más antiguo, alojado en el cuerpo desde antes de la memoria. El guía intentó alentarnos. Sus palabras fueron inútiles; acaso toda palabra lo sea ante ciertos peligros.

La técnica de caza era elemental. Había que recorrer la orilla con el haz de luz, elegir los ojos más próximos entre sí y pequeños —la distancia y tamaño revelaba la grandeza del animal—, acercarse sin ruido y apresarlo mediante un movimiento rápido de las manos.

La claridad de la explicación agravaba el peligro. Nos aproximamos a uno de aquellos pares de luces. El cocodrilo permanecía inmóvil. Tuve entonces una certidumbre absurda: nosotros no lo habíamos encontrado. Él nos había esperado.

Tal vez el viaje entero —el río, la canoa, la oscuridad— había sido dispuesto para conducirnos hasta aquel punto.

El guía sostuvo la luz sobre sus ojos. Después me dio la señal. Extendí las manos y atrapé al pequeño animal.

Todo sucedió en unos segundos. Su cuerpo se agitó con una fuerza desproporcionada. Sentí bajo la piel su corazón, rápido y secreto. El mío golpeaba con igual violencia. Por un instante no supe cuál de los dos era la presa.

Al sostenerlo, algo remoto despertó en mí. Me creí heredero de los primeros hombres, dueño de la noche y del río. Esa ilusión duró poco, pero mientras duró fue absoluta.

Después lo liberamos.

El cocodrilo se deslizó hacia el agua y desapareció. El río se cerró sobre él sin una huella, como si el animal nunca hubiera estado entre mis manos. Sentí entonces una liberación que no supe atribuirle: no sabía si habíamos liberado al cocodrilo o si él nos había liberado a nosotros.

He regresado muchas veces a esa noche.

Ignoro si atrapamos al animal o si el animal nos concedió la ilusión de atraparlo. Quizá toda cacería sea una forma secreta de ser cazado.

Regresamos a nuestras ciudades, a nuestras ocupaciones y al orden aparente de los días. Sin embargo, sospecho que algo de nosotros quedó en aquel río.

En algún lugar que ya no figura en los mapas, cuatro hombres continúan arrodillados en una canoa.

Autor: Daniel Peralta

Lugar: Río Amazonas

Año: 1997

Foto: Daniel Peralta

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