Tus labios en mi silencio

Hay palabras que sólo se pueden escuchar con el corazón.

En el pecho me late un tropel avasallante. Veo el coro, alcanzo a percibir la vibración de la música en la piel, los azahares han llenado el ambiente con el aroma de sus pistilos abiertos. Observo a la gente sonriéndome y detengo la mirada en los labios que me esperan al final del pasillo.

Los sordos no somos mudos, eso es un mito. Aprendí a pronunciar con la vibración de mi garganta. Yo no escucho las palabras, las veo en los labios, en los ojos, en el gesto silencioso, en la actitud altiva o apesadumbrada.

No puedo cerrar los ojos para escuchar una canción, pero puedo vibrar con la cuerda que afina en mis fibras. Para mí, el sonido es mi laringe vibrando, mis huesos crujiendo, mis dientes rechinando, el eco del aire que llena mi cavidad torácica, la explosión de mi torrente sanguíneo ante cada sensación.

¿Cuántas veces callamos por amor aún cuando podemos decir lo que sentimos? ¿Cuántas veces llenamos de palabras apresuradas el vacío de un silencio que no podemos soportar? Mi silencio es constante y mis palabras sólo vibran lo que no puedo contener. Y, si hay que hablar de amor, los gestos dicen más que las palabras.

Hoy es diferente, hay silencio, pero siento que puedo oir todo. El paisaje se me hace susurro, música y risa. Ya estoy llegando al final del pasillo, me recibe su caricia frente al altar y allí le regalo mi voz temblorosa con la promesa que no puedo oír, pero sé que puedo transmitir el sentimiento en mi garganta estremecida.

Me mira a los ojos abriéndome los tímpanos del alma, sonríe y coloca mi mano en su pecho para que yo pueda sentir lo que sus labios, lentamente, van a declarar frente a todos. ¿Lo has probado? ¿Has intentado sentir con tus manos la vibración del corazón al pronunciar el amor, el deseo, la rabia o el dolor?

Él me habla, no puedo escuchar el sonar de su garganta, sólo siento el eco de su voz bailando con sus latidos acelerados:

—Me enseñaste a escuchar a mi propio corazón, y aprendí que no sólo se acelera por angustia o miedo, sino también por amor —dijo.

El beso de sus labios en mi silencio fue sellado con una lágrima dulce que salió de sus ojos y llegó a mi garganta como miel. Fue un bautismo, una fusión de mundos en el flujo visceral de silencios compartidos y humedades que van más allá de la piel.

Amar en silencio es hacer hablar al corazón en los labios del amado y escuchar en sus latidos las palabras que no hace falta decir.

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