La masa (2da Parte)

Al recuperar la conciencia nuestro protagonista no puede dimensionar lo que se despertó en el lavadero.

Volvía de a poco a la conciencia. Como cuando vuelves de un sueño profundo y necesario. Abrió los ojos y el acostumbrado fuera de foco fue acompañado de una voz femenina pronunciando uno de sus apodos. Miró hacia el costado y no distinguió nada. Ni siquiera una figura. Pestañeó varias veces para focalizar y los detalles de un rostro conocido se mostraron.

No supo distinguir si era el profundo sopor o un cansancio residual lo que hizo que sentarse fuera arduo. Un leve olor a levadura le recordó lo acontecido. Se envaró y miró el piso y las paredes. No había nada.

-¡Apestas!- le dijo la amiga.-¿Qué te pasó?

Se incorporó y fue caminando apoyado en las paredes. Cuando quiso ayuda, esta se rehusó al contacto físico. Pero en vez de terminar de vestirse o ir a higienizarse decidió ir al lavadero. 

El pasillo que unía la habitación, el comedor y la cocina estaban sucios, con restos líquidos en el piso. Pero no los hilos de masa habían desaparecido.

-Yo limpié la masa de las paredes-dijo ella-Sólo queda lo que hay en la pileta.

-¿Cómo te deshiciste de los hilos de gluten?-ya su memoria se limpió apreciablemente. Pero el cansancio era atroz. 

-Una vieja receta familiar. Insisto en que te limpies. Tienes que ir al médico. Llevas un par de días dormido. Tu aspecto es terrible.

El piso de la ducha, mientras el agua le caía se fue cubriendo de restos de harina. Enfrió un poco el agua. El vapor y el calor amenazaron con desvanecerlo.

Se vistió y salió al pasillo. Su amiga limpiaba el piso. Y cada tanto iba al lavadero a cambiar el agua.

En uno de los viajes le trajo un café. Lo probó y estaba cargado de azucar. 

-Tenés que despertarte. Hay cosas que hacer.

Mientras disfrutaba del reconfortante sabor y aroma del café fue tejiendo los últimos momentos. Fueron minutos en que la masa de la pileta del lavadero extendió los hilos por todo el departamento ¿O fue más tiempo? Cada vez que sus manos introducían pliegues, su mente se nublaba. Y cuando las sacaba, era como despertar. Una claridad rara, con un cansancio que le vencía las piernas.

Fueron, quizás, unas seis o siete veces que repitió el ritual que tensaba la mezcla. Al final el agotamiento fue tan profundo que decidió acostarse.

-¿Por qué viniste?- preguntó.

-Necesitaba entregarte un papel. No contestabas los mensajes ni las llamadas. Me preocupé. Y encontré el desastre ¿que pasó?

Recordó la computadora. Miró al escritorio. Junto a la cpu había un rastro de humo.

-Supongo que algo hizo corto-dijo ella-cerca del escritorio había olor a cable quemado cuando empecé a limpiar.

Se quedó pensando. Habían desaparecido todos los hilos

-Receta familiar ¿me dirás que hiciste?

-Tengo una tía y una prima que son celíacas. Pero consumen pan. Le hechan una mezcla de productos de cocina y hierbas. Cuando vi este desastre, fui hasta su casa y me traje un frasco.-sacó un envase de vidrio de medio kilo- lo usé para limpiar. Es como cuando usas lavandina con los hongos. Lo restos en las paredes fueron desapareciendo al limpiar el piso. Solo queda lo que está en el lavadero.

Se paró como pude. Seguía sintiéndose muy debil. Pero ya no era tan dificil mantener el equilibrio. 

-¿Qué es ese brillo azul?-preguntó su amiga-¿Qué le echaste?

-Nada. Hubo una tormenta ese día. A lo mejor.

-¿Que vas a hacer?

-¿Puedes echarle ese líquido?

– Lo intenté. Pierde un poco el brillo. A los minutos se recupera. También le eché lavandina, vinagre, bicarbonato, agua hirviendo, y un poco de aguarrás. Mantiene su aspecto. Quizás cede un poco el volumen. Al cabe de un tiempo se regenera.

Meditó un rato, apoyado sobre el borde de la pileta. No hubo hilos de masa moviéndose hacia mis manos…solo de vez en cuando surgía una burbuja de unos milímetros soltanto el olor a levadura.

Algo, muy dentro de el, lo hizo meter la mano dentro de aquella masa, y sacó el tapón del fondo. Abrió el agua caliente. 

Poco a poco fue escurriéndose por el desagüe. Muy despacio. Con su mano ayudó a destapar cada vez que se frenaba el vaciado. 

Cuando no quedó nada. Notó que el piso estaba sucio. El olor había vuelto. En las paredes habían restos de masa. Su boca se volvió pastosa con un regusto amargo. Su cuerpo estaba sucio, tal como se habría levantado. Y el cansancio era abrumador. Un zumbido iba y venía en sus oídos. Sus ojos le ardían.

Y su amiga había desaparecido.

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