El eco del último reloj

EL ÚLTIMO RELOJ SE DETIENE CUANDO EL QUE ESPERA DEJA DE SER HUMANO


La casa de la tía abuela Elvira siempre olía a humedad, cera de vela vieja y a un tiempo que se negaba a pasar.
Cuando heredamos la propiedad, todos esperábamos encontrar joyas o plata escondidas bajo las tablas del suelo. Elvira había vivido allí durante más de cincuenta años y nunca permitió que nadie revisara sus cosas. Sin embargo, después de su muerte, no encontramos más que muebles cubiertos con sábanas, fotografías amarillentas y un enorme reloj de caoba que dominaba el vestíbulo.
Era una pieza antigua, casi tan alta como yo. Tenía un péndulo de bronce y una esfera blanca, atravesada por agujas negras que parecían demasiado finas para aquel mecanismo.
De niño, Elvira me había enseñado a darle cuerda.
—Nunca lo dejes detenerse —me dijo una vez
Yo me había reído.
—¿Por qué?
Elvira no respondió.
Solo me miró.
Aquella mirada fue lo único que recordé de ella durante años.
La primera noche que dormí en la casa, el reloj se detuvo.
A las 3:14.
Me despertó el silencio.
No fue un sonido lo que me sacó del sueño, sino la ausencia de uno. Durante unos segundos permanecí inmóvil, intentando comprender qué había cambiado.
Entonces lo recordé.
El reloj.
Bajé al vestíbulo y comprobé la hora.
3:14.
El péndulo estaba quieto.
Le di cuerda. El mecanismo crujió y el péndulo comenzó a moverse otra vez.
No pensé demasiado en aquello.
Hasta la noche siguiente.
3:14.
El reloj volvió a detenerse.
Y la tercera.
Y la cuarta.
La quinta noche decidí no bajar.
Estaba harto.
Me quedé acostado, mirando el techo, mientras la casa permanecía sumergida en una oscuridad absoluta.
Entonces escuché algo.
Scratch.
Me incorporé.
Scratch.
El sonido venía del pasillo.
Como uñas arrastrándose lentamente sobre la madera.
Esperé.
Scratch. Scratch.
Me levanté y encendí la linterna del teléfono.
El pasillo estaba vacío.
Avancé hasta las escaleras.
Entonces vi algo que me hizo detenerme.
Al fondo del vestíbulo estaba el reloj.
Y frente a él había alguien.
Era una figura alta, demasiado delgada, con los brazos largos hasta casi tocar el suelo. Permanecía inmóvil, observando la esfera.
—¿Quién está ahí?
La figura inclinó lentamente la cabeza.
No tenía rostro.
La piel era lisa, pálida, como cera derretida.
Retrocedí un paso.
La figura levantó una mano.
Y señaló el reloj.
Las agujas marcaban las 3:14.
Entonces el péndulo comenzó a moverse.
Una vez.
Dos.
Tres.
Pero el reloj no hizo tic-tac.
Hizo un ruido seco.
Tac.
La figura dio un paso.
Tac.
Otro.
Tac.
Otro.
Retrocedí hasta chocar contra la pared.
Entonces comprendí algo.
No estaba acercándose.
La casa se estaba alejando de mí.
El pasillo parecía alargarse con cada golpe del reloj.
La puerta de mi habitación desapareció detrás de una oscuridad interminable.
La figura continuó avanzando.
Quise gritar.
No pude.
Y entonces, justo cuando estaba a punto de alcanzarme, el reloj marcó las 3:15.
Todo desapareció.
Abrí los ojos en mi cama.
Era de mañana.
Durante varios segundos no recordé cómo había llegado allí.
Me levanté.
Bajé al vestíbulo.
El reloj funcionaba perfectamente.
3:16.
Suspiré.
Había sido un sueño.
Eso pensé hasta que vi la mesa.
Sobre la madera había unas marcas profundas.
Números.
3:14.
Y debajo, una frase escrita con tinta negra.
Reconocí inmediatamente la letra.
Era de Elvira.
«No lo dejes detenerse.»
Me quedé mirando aquellas palabras.
Entonces recordé algo.
De niño, durante una tormenta, había visto a Elvira parada frente al reloj.
Tenía las manos apoyadas sobre el cristal.
Yo le pregunté qué estaba haciendo.
Ella se volvió hacia mí.
Y me dijo:
—Esperando que termine.
Nunca entendí qué quiso decir.
Hasta esa noche.
Porque a las 3:14 el reloj volvió a detenerse.
Y esta vez no bajé.
Me quedé en la cama.
Esperando.
Scratch.
El sonido llegó desde el pasillo.
Scratch. Scratch.
Después escuché unos pasos.
Lentos.
Arrastrados.
Se detuvieron frente a mi puerta.
No respiré.
No me moví.
Entonces alguien golpeó.
Tres veces.
Toc.
Toc.
Toc.
Me quedé mirando la puerta.
Y escuché una voz.
—No tengas miedo.
Era la voz de Elvira.
Me acerqué lentamente.
—¿Tía?
—Abrí.
No lo hice.
La voz volvió a hablar.
—Yo también tuve miedo la primera vez.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Qué es?
Hubo silencio.
Después, una respuesta:
—Yo.
El reloj comenzó a funcionar nuevamente.
Tac.
Tac.
Tac.
Miré la hora.
3:15.
Entonces comprendí.
Elvira nunca había intentado mantener el reloj funcionando para proteger la casa.
Lo había mantenido funcionando para protegerme a mí.
O, al menos, eso había creído.
Porque detrás de la puerta, la voz volvió a hablar.
Esta vez no era la de Elvira.
Era la mía.
—Abrime.
Di un paso atrás.
El reloj continuó avanzando.
3:16.
3:17.
3:18.
Y por primera vez entendí por qué Elvira había vivido tantos años sola.
No estaba encerrada en aquella casa.
Estaba encerrando algo.
Esa noche no dormí.
A la mañana siguiente bajé al vestíbulo.
El reloj funcionaba.
Pero había algo diferente.
En la esfera, debajo de los números, había una pequeña inscripción que jamás había visto.
Me acerqué.
Decía:
EL ÚLTIMO RELOJ SE DETIENE CUANDO EL QUE ESPERA DEJA DE SER HUMANO.


Entonces escuché el sonido detrás de mí.
Scratch.
Me giré.
No había nadie.
Solo el cristal del reloj.
Y mi reflejo.
Levanté una mano.
Mi reflejo también.
Sonreí.
Él también.
Pero un segundo después.
Entonces comprendí que ya era demasiado tarde.
El reloj marcaba las 3:14.
Y mi reflejo acababa de empezar a golpear desde el otro lado del cristal.

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