La mente humana posee una arquitectura frágil, sostenida por el sutil consenso de que lo que vemos, oímos y tocamos es exactamente lo mismo que perciben los demás. Pero ¿qué ocurre cuando ese consenso se rompe? Cuando el entorno cotidiano empieza a emitir señales sutiles, códigos invisibles y patrones geométricos que solo una mirada puede descifrar, el hogar deja de ser un refugio para convertirse en una trampa laberíntica.
La historia que estás a punto de leer no es un relato sobre la locura en los términos ruidosos y caóticos en los que suele imaginarse. Al contrario. Es la crónica de una lucidez extrema, fría y meticulosa que intenta, desesperadamente, encontrar un orden matemático allí donde la realidad se ha fracturado sin remedio. A través de estas letras te adentrarás en los pasillos silenciosos del edificio de la calle Montevideo, piso 4, Dto. C; escucharás el eco persistente de un sonido que se rehúsa a desaparecer y serás testigo de esa delgada línea donde el instinto de preservación se confunde, trágicamente, con el abismo.
Seguí leyendo, pero tené cuidado: una vez que empieces a escuchar el relato que ocurrió en Mendoza, tu percepción de la ciudad ya no será la misma.
Estoy muy emocionado. Por fin seré el orgullo de mi padre. Jamás pensé que lo lograría. Siempre estuvo tan alta la vara para mí. Mi padre, político renombrado, abogado exitoso, supo amasar su fortuna sin ningún tipo de ayuda. Mi hermano, mi viejo en pinta, abogado, político, también logró amasar una gran fortuna. En cambio yo, un simple enólogo… descubrí una nueva fórmula para crear un vino único.
Desde el día del descubrimiento empecé a percibir que en la bodega me observaban diferente, como si supieran. Y temo que me roben la fórmula. Fórmula que cambiará la historia de la vitivinicultura de Mendoza, incluso del mundo.
Días atrás vino mi hermano y no le comenté nada. Sé perfectamente lo que van a decir, pero se equivocan. No estoy perdiendo la cabeza. Un hombre loco no se tomaría el trabajo de registrar los hechos con esta precisión matemática. Los locos no limpian el polvo de los zócalos con un cepillo de dientes tres veces al día para asegurarse de que las líneas del suelo sigan siendo perfectamente paralelas. Yo sí lo hago. La simetría es la única prueba irrefutable de que el mundo sigue en su sitio.
El problema empezó el martes. O quizás el jueves; las tardes de esta semana han tenido una consistencia extraña, espesa, como si las horas se solaparan unas sobre otras sin avisar. Estaba en la cocina cuando escuché el primer chasquido detrás del refrigerador. Un golpe seco. Tac. Luego, una vibración regular que no provenía del motor. Era un código.
Al principio intenté ignorarlo, pero anoche el sonido cambió. Se mudó a la pared de mi habitación. No es un ruido aleatorio; es una frecuencia diseñada específicamente para desalinear mis pensamientos. Lo sé porque cada vez que el chasquido se repite, siento una punzada exacta detrás de mi ojo izquierdo. Alguien del otro lado del muro está midiendo mis tiempos de reacción.
Hoy a mediodía bajé a confrontar al conserje. Fui extremadamente educado, como siempre. Le expliqué con total claridad que el inquilino del 4B estaba utilizando un emisor de baja frecuencia conectado a las tuberías de agua para interferir con mi ciclo de sueño. El conserje ni siquiera me miró a los ojos. Se limitó a dar un paso hacia atrás mientras apretaba el mango de su escoba con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Balbuceó algo sobre que el 4B lleva deshabitado desde el invierno pasado y regresó corriendo a su oficina, cerrando la puerta con pestillo. Pobre hombre. El miedo lo tiene completamente paralizado; es obvio que a él también lo están vigilando y no se atreve a hablar.
Ahora estoy de vuelta en mi sala. Son las 4:14 de la madrugada. Lo sé porque el reloj de pared marca exactamente esa hora, aunque el sol ya empieza a filtrar una luz gris e hiriente a través de las persianas. Qué curioso: el tiempo exterior parece correr más rápido que mis agujas.
De pronto, el chasquido cambia de ritmo. Ahora son tres golpes secos, pausados, que retumban directamente en la madera de mi puerta principal. Toc. Toc. Toc.
—¿Señor? ¿Está ahí dentro? —Es la voz del conserje, distorsionada por la interferencia. Detrás de él, escucho el murmullo de otras voces y el tintineo metálico de un manojo de llaves.
Quieren entrar. Dicen que los vecinos llamaron por el ruido y que llevo tres días seguidos golpeando las tuberías con un martillo. Qué mentira tan burda. Yo no tengo un martillo; solo tengo mis manos y mi absoluta lucidez. Se han dado cuenta de que descubrí su código y vienen a silenciarme. El pomo de la puerta empieza a girar lentamente. Apago la luz, me pego a la pared junto a la entrada y sostengo el cepillo de dientes bien firme entre los dedos. Cualquiera en mi lugar defendería su realidad. Es la única respuesta lógica.
La puerta se abre de golpe, inundando el departamento con la luz fluorescente del pasillo. Dos oficiales de policía entran con las linternas en alto, seguidos por el conserje.
—¡Policía! ¡Suelte lo que tenga en las manos y al suelo! —grita el oficial principal.
Intento dar un paso al frente para explicarles lo de las frecuencias, pero mis piernas no responden. No es miedo; es que mis pies están firmemente pegados al suelo por una sustancia pastosa y oscura que ha comenzado a secarse. Los policías no me apuntan a la cara: sus linternas iluminan directamente el suelo de la cocina.
Es entonces cuando la luz de los focos disuelve mi realidad.
No hay ningún emisor magnético detrás de la pared. Lo que cuelga del techo, balanceándose con la misma simetría perfecta de un péndulo, es el cuerpo del inquilino del 4C. Lleva días allí. Tiene los ojos abiertos y vacíos, y el goteo constante de su descomposición es lo que impactaba contra el suelo. Tac. Tac. Tac. Ese era el código.
Doy un paso atrás, horrorizado, buscando mi reflejo en el espejo del pasillo para asegurarme de que sigo vivo, de que yo soy el hombre cuerdo que limpiaba los zócalos. Pero el espejo me devuelve la verdad desnuda. La silueta que está de pie en la sala no sostiene un cepillo de dientes. Mis dedos están rígidos, entumecidos por el frío, aferrando con fuerza un martillo ensangrentado.
Al fondo del pasillo, el oficial Martínez se lleva la mano a la boca para contener las náuseas, mientras el otro policía me apunta temblando.
—Dios santo… —susurra el conserje desde el umbral, rompiendo a llorar—. Lleva tres días encerrado con el cadáver de su hermano. Habla solo, oficiales… lleva meses hablando con las paredes.
Los policías se abalanzan sobre mí, pero ya no escucho sus gritos ni el metal de las esposas. El chasquido ha vuelto, limpio y geométrico, directamente detrás de mis ojos. Son las 4:14 de la madrugada.
Estoy internado en el Hospital Carlos Pereyra. Me acusan de esquizofrénico y de homicida
Ganaron los poderosos…
La transcripción de la entrevista clínica del Día 9 entre el Dr. Lucas Mendoza y el Paciente 409-C en el Hospital Psiquiátrico «Carlos Pereyra» muestra la severa desconexión con la realidad del paciente. Durante la sesión, el individuo discute con frialdad matemática sobre los ruidos que percibe, los tratamientos farmacológicos y justifica de manera delirante el crimen que cometió contra su hermano como una supuesta corrección lógica del entorno.
Firma y Sello:
Dr. L. Mendoza
M.N. 44.892 – Psiquiatría Forense