Su traje hizo que se posara suavemente en la polvosa superficie de aquel trozo de hielo. Allá arriba, flotando a la par, su nave iluminaba como un mini sol. En el visor de su casco se desplegó toda la información que necesitaba.
Justo un centenar de metros delante, una anomalía, un hueco se mostraba como una ventana hacia el interior. Allí es donde los sensores de la inmensa flota de sondas que recorría la frontera del sistema solar habían detectado rastros de ADN. Y eso activó los sistemas de búsqueda y rescate, para encontrar alguna de las incontables desapariciones que se contabilizaban desde que la humanidad llegó a la helada y enorme frontera de la vecindad: la nube de Oort.
Por elección pertenecía a la flota de los durmientes. Pasaba mucho tiempo en hibernación o con el metabolismo muy ralentizado flotando por el espacio. Las distancias entre objetos de la región era abismal, promediando la distancia de la tierra al sol. Pero el vasto sector de la frontera abarcaba tanto, que el número de cometas, asteroides o mini planetas era abrumador.
Muchos elegían esta vida dónde el ocasional encuentro contribuía a la exploración, a la minería o algún proyecto comercial. Fuera de eso solo flotaban. Y contemplaban.
Cada cierta cantidad de meses, pasaban cerca de alguna estación automática y recibían mantenimiento, actualización y provisiones.
Se dejó caer en un abismo de un centenar de metros. Las paredes regulares, probablemente cuando alguna nave se estrellara. Y cuando tocó fondo, lo hizo sobre el metal de un viejo vehículo de exploración.
En el costado superior derecho del visor de su casco vió que la alerta ambiental estaba en verde: Aire respirable a presión de 1 atm. Cosa rara. Aunque supuso que el enorme núcleo metálico del planetoide generaba suficiente gravedad para que los gases constituyeran una atmósfera ¿pero aire?
La info en el casco le amplió los datos de los restos de la nave. Buscaban en los hielos de algunos cometas química orgánica compleja. En particular rastreaban aminoácidos. Luego desapareció. Sus transpondedores se apagaron. Habían pasado casi treinta años.
Desde los restos de la nave, por debajo del hielo se habría una raíz negra en numerosas ramificaciones, para desaparecer varios metros a la redonda. Uno de esos brazos alcanzaba un enorme menhir blanco, a cuyo costado se arracimaban tres esferas. Intuitivamente decidió no sacarse el casco y pedir un análisis de la química del aire.
Caminó hacia aquello.
Dos de las tres esferas estaban vacías. Su superficie correosa al tacto era blanda. Iluminando pudo ver que en su interior habían huesos humanos. Tomó una muestra, y el mini lab del traje comenzó a procesar.
Mientras caminaba hacia la esfera restante contempló el paisaje. Y pensó en que en el siglo y medio de exploración de aquella zona solo se encontraron microorganismos.
Los análisis del aire y del material orgánico se mostraron simultáneamente. En el aire rastros de química orgánica compleja, entre ellas ácidos nucléicos y ARN mensajero. Y las esferas tenían ADN humano.

Se acercó, analizó su contenido y se alarmó: era una criatura de casi dos metros con cincuenta, de apariencia humanoide. La morfología era inquietante y extraña. Distinguió mamas, proporcionalmente grandes. Pero también órganos sexuales femeninos y masculinos. Hermafrodita.
Recordó las fábulas que de adolescente allá en su hogar en órbita de Neptuno leía. Las futanaris. Nacida en algún rincón del Japón del siglo XX.
¿Que hacía eso aquí?
Con el corazón latiendo con fuerza se acercó a la superficie. Apagó los visores del casco e iluminó con las linternas.
Era un rostro femenino, sin pelo. Inconciente, aparentemente en estasis, pero sin signos de envejecimiento.
De pronto, eso, abrió los ojos y lo miró.