Siempre he sido una defensora de la vida y muerte digna. Cada ser vivo viene a este mundo de una manera natural, a veces planeada y aveces no, y luego en él, se hace lo que se puede.
Hablar de eutanasia varía mucho según la especie de la que se trate, pero yo, si bien la defiendo en todas ellas, hoy voy a hablar de este procedimiento en perros y gatos.
Nadie nos obliga a adoptar a una mascota. Lo hacemos porque tenemos el deseo de compartir nuestra vida con otro ser vivo doméstico, valoramos su cariño ilimitado, su compañía y deseamos crear ese vínculo tan especial que se puede crear con un animal. Con la adopción llega el asumir una responsabilidad: la de darles la mejor vida posible, y sobre todo, la más digna.
Ellos se comunican a su manera, y cualquiera que haya convivido con una mascota entiende sus maneras tan únicas de decir con su comportamiento que es lo que necesitan, y las necesidades que ellos tienen son las mismas que tenemos nosotros, tampoco es tan complicado.
No hay veterinario que no se acuerde de su primer eutanasia, y la mía tampoco es la excepción, se trataba de Copito, un caniche gris que tenia 16 años y una insuficiencia renal y cardíaca terminal. Yo lo miré cuando su tutora lo trajo a revisar porque vomitaba sangre y me di cuenta que su cuerpo estaba llegando a un límite en donde el cuerpo funciona a duras penas, pero no fallece aún. Su tutora lo sabía y yo también, pero nadie quería decir la verdad. “Dra pongale la inyección” me dijo su tutora, una señora que estaba solamente acompañada por el perro, que era un miembro más de su familia.
Aquel procedimiento, que consta en colocar un catéter de teflón en una vena (generalmente en uno de los brazos) para luego colocar suero, y pasar, primero un medicamento anestésico general , y luego una solución que genera un paro cardíaco primero y respiratorio después (o aveces ambos a la vez), se realiza en minutos y la muerte es instantánea. Pero si bien la mascota deja de sufrir, no es menor el dolor que genera en la familia, que siempre necesita consuelo y muchas veces, palabras de nuestra parte para no sentir culpa, de que quizá se apresuraron, que el perrito/gatito no estaba tan mal, de que podrían haber hecho otra cosa diferente. Pero no.
Creo que uno de los fallos que tiene, al menos en mi experiencia, la enseñanza de veterinaria en las universidades, es que si bien uno sabe que es la eutanasia, no te enseñan la parte humana, la de hablar con la gente. No es fácil hablar del tema, pese a ser algo natural, así como la vida. La muerte es tabú, y no debería serlo.
La eutanasia es un procedimiento que se puede realizar a animales de cualquier edad, y cuesta mucho para muchas personas ver a la mascota “mover la cola” cuando está siendo afectada por una enfermedad o padecimiento grave. Como profesionales de la salud, y como con muchas otras prácticas médicas, esta es un procedimiento que hay que protocolizar, ya que en nuestra provincia hay una normativa vigente para el uso de sustancias eutanásicas (como la firma de una autorización legal), y es algo que nunca se puede indicar, aunque sí sugerir. Queda a criterio del profesional.
No es solo “una inyección”. La primera vez que lo hice, sin que su tutora lo supiera, sentí y supe que tenía la vida y muerte de Copito en mis manos. Pensé en que nadie debería tener ese poder, y que, al mejor estilo súper héroes, con un poder así llega una gran responsabilidad. Y es cierto. Para ningún veterinario la eutanasia “es un procedimiento más” como sacar sangre o poner suero, porque hay que tener una mente serena para que no te afecte lo suficiente como para nublar el juicio profesional, porque siempre te afecta, uno no es inmune a estas cosas. Creo que una de las cosas más difíciles y duras que existe en la vida de un veterinario es la de estar escuchando con el estetoscopio como cada latido del corazón se va haciendo más pausado, más lento, más débil, hasta que ese motor se detiene. Y de pronto también los pulmones dejan de expandirse. No cualquiera está listo para eso. Es el fin de la vida.
Aunque como profesional de la salud diré, nosotros sabemos cuando se acerca el final de la vida, aunque no nos guste. Y es nuestra responsabilidad actuar según el juramento que hicimos cuando nos dieron el título, el cual dice que la salud y el bienestar del enfermo debe primar por sobre todo lo demás. Muchas veces, dejando de lado consideraciones personales y opiniones. La prioridad siempre es el paciente. Su calidad de vida. Su bienestar. Lo demás, de lado.
Yo entiendo y respeto a los colegas que no desean hacer eutanasias, porque no es fácil, pero creo que mi responsabilidad principal, y la razón por la que estudié medicina veterinaria, y no otra cosa, es la de aliviar el sufrimiento. Porque ellos también merecen una vida y una muerte digna, merecen que les retribuyamos con nuestras acciones todo el amor que nos dan.
Muchas de nuestras mascotas fallecieron o fallecerán de forma natural. Muchas otras no. Pero a la hora de plantear una eutanasia es importante que nos demos cuenta de varias cosas, de que ellos, si la relación fuese al revés, tampoco querrían vernos sufrir. Seamos dignos de su amor. Seamos buenos seres sintientes.
3 comentarios en “EUTANASIA: No es solo “una inyección””
Muy emotiva la nota. De todos los bichos que me acompañaron en la visa, sólo 2 pasaron por la eutanasia, la Flecha, una perrita enana y malhumorada que se autoadoptó y el Pinino, mi gato hermano. Todavía me acuerdo del último suspiro que dieron y se me llenan los ojos de lágrimas, habrán pasado 20 años.
Gracias por el texto
Me acuerdo cuando se enfermo el teito, me di cuenta porque no quiso salir a pasear cuando le mostré la correa. Lo lleve a hacerse unos estudios y cuando lo fui a subir al auto me tironeo para que le diera una vuelta a la manzana, pero no la termino de hacer. Cuando decidí dormirlo me miraba con la carita triste y apenas sacaba la lengua.
Un año antes había tenido hepatitis y quedó muy mal del hígado pero se recuperó, aunque apenas podía comer carne y bajo mucho de peso. Ese verano me fui de campamento a Potrerillos y el hijo de puta se robo un vacío entero como de 4 kilos y tuve que usar la naranja para pagar en la despensa. Cuando volví estaba lamiendo el pedazo de carne, porque apenas podía morder un pedacito.
Termino y después de echo al lado mío, mirándome mientras hacía mí comida.
Me resistí a leer la nota, porque vi partir a dos caniches que cuidó mi vieja. Ambos por la misma enfermedad, cancer en la cadena mamaria, y ambos por la misma vía. La primera acompañé a mi mamá a la Veterinaria, y vi al veterinario quebrarse después de terminar el proceso. Escuchar a mi mamá y mi hermana llorar en la cocina, y yo en mi pieza con el alma devastada. La segunda vez, Luz, solos porque la dueña había partido. Fue cuando me quebré y lloré. Realmente uds. tienen el cielo ganado al ver partir tantos de esos seres luminosos en los últimos latidos de su existencia. Muy buena la nota. Te quiero mucho.