Palabras muertas vs Algoritmo

Si scrolleaste hasta acá sin leer, esto no es para vos. Andá, seguí viendo memes.

Hay un hastío que no se dice fácil, que se disfraza de nostalgia, pero es en realidad otra cosa: es una rabia contenida frente a un mundo que dejó de exigirse.

¿Y quién va a hacerlo ahora?

¿Quién va a cantar como cantaba Mercedes Sosa?

¿Quién va a gritar como gritaba Patti Smith?

¿Quién se acuerda todavía de Las 13 Rosas?

No son preguntas retóricas. Es un reclamo. Porque el silencio que dejaron esas voces no lo llenó nada digno: lo llenó el ruido, y el ruido se vende mejor.

La música en tiempos de algoritmos y consumo rápido. Pienso en Otis Redding, en Ray Charles, en esa manera de vibrar que no se fabrica en un estudio con fórmulas de streaming.

Pienso en Gustavo Cerati y esa forma tan suya de convertir el deseo en atmósfera, de cantarle al cuerpo sin necesidad de nombrarlo, con una sensualidad que susurraba en vez de gritar. Ese erotismo elegante, casi murmurado, hoy suena como un idioma extinto en un mercado que prefiere la insinuación barata a la insinuación real.

Y del otro lado, la introspección cruda de tipos como Nach o Kase.O, que convirtieron el rap en confesionario, en terapia con métrica, en una forma de mirarse para adentro sin maquillaje.

Ahí no había fórmula: había un tipo solo frente a una hoja, tratando de entender algo de sí mismo en voz alta. Esa introspección también escasea hoy, reemplazada por punchlines que buscan viralizarse antes que doler.

Pienso en cuánta gente hoy ocupa el escenario del sentir sin sentir nada, en cuántos «artistas» son apenas marionetas repitiendo lo que otro escribió por ellos, con métrica de algoritmo y alma de catálogo.

Ahí está el hastío concreto: no es que falte talento, es que el talento real ya no es lo que se premia. Se premia la copia rápida, la que sale en serie como ropa de fast fashion —barata, idéntica, desechable— y se la llama arte porque nadie se anima a llamarla por su nombre.

Literatura clásica vs. la inmediatez digital

Los libros dicen lo mismo desde otro ángulo, y duele más porque son voces que ya no pueden defenderse. Gabriel García Márquez con su soledad, Cervantes con sus molinos, Dante Alighieri con su descenso, Rubén Darío con su Canto Errante, Vicente y el frío otoño tardío.

Edgar Allan Poe, Philip K. Dick, Mark Twain: nombres que hoy suenan casi anacrónicos en un tiempo que prefiere los finales fáciles a los caminos largos, que mide la literatura en métricas y no en verdad.

Lewis Carroll y su Alicia se mantienen como la última promesa de que todavía existen mundos, atmósferas y personajes profundos que no se explican en un pitch de treinta segundos.

Franz Kafka surge como un recordatorio de que lo absurdo no era escribir sin vender: lo absurdo es este presente, donde producir sin sentir y publicar sin decir nada se volvió la norma.

Shakespeare y Homero representan esa vieja costumbre, casi extinta, de escribir porque algo te atraviesa y no porque algo te paga.

Están matando el ingenio engordando un mercado donde el arte pierde cada vez que gana el algoritmo, donde ser depende de cuánto aparentás y no de cuánto sentís. Eso no es una queja menor: es el diagnóstico de una época que confundió visibilidad con verdad.

La píldora roja del arte: elegir la incomodidad

Y en medio de todo aparece la vieja elección disfrazada de metáfora: ¿azul o roja? Tome la que usted quiera. La comodidad de seguir dormido en una ficción prolija, donde todo encaja y nada incomoda, o la intemperie de ver las cosas como son, aunque duela.

El mercado ofrece pastillas azules en serie —consumo rápido, emoción prefabricada, arte sin riesgo— y las vende como si fueran la única opción posible. La roja, en cambio, sigue siendo incómoda: exige tiempo, exige entrega, exige sentir de verdad. Y por eso casi nadie la elige.

Ahí es donde el arte empieza a desaparecer: no cuando deja de producirse, sino cuando deja de incomodar. Cuando ya no obliga a elegir.

Podríamos hablar de artes visuales, de los cuerpos fundidos en oro de Gustav Klimt o de los rostros cubiertos que se besan sin verse de René Magritte, pero no hace falta extenderse demasiado para entenderlo: el arte verdadero nunca fue inmediato. Nunca pidió permiso. Nunca necesitó ser entendido en tres segundos. Tenía algo que hoy parece perdido: densidad. De eso se trata esta nota, entonces. No de nostalgia vacía, sino de sostener con terquedad lo que todavía se puede sostener: la posibilidad de elegir la incomodidad antes que la apariencia, la verdad antes que el algoritmo. Aceptar que hay cosas que no se explican del todo, que no se venden fácil y que no entran en una fórmula.

Y aun así, escribir.

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