Cuando me enteré de que mi primer bebé iba a ser una nena, confieso que me fui directo a la idealización. Pensaba en el color rosa, en esperarla con toda la ilusión de saber que venía mi princesita, mi compañerita para siempre. Y la verdad es que tuve mucha suerte, porque me tocó una nena súper tranquila, divina y amorosa.
Nuestras salidas eran todo un evento: salir impecables, lookeadas con el outfit combinado y planear paseos tranquilos. El mundo en casa era paz total: jugar a las muñecas, la hora del té onda Alicia en el País de las Maravillas, pijamadas tranqui entre nenas con música de High School Musical o Patito Feo de fondo… Todo muy ordenado, muy aesthetic.
Pero tres años después… llegó el varón. ¡Y ahí el mundo me cambió por completo! Ni hablar del contexto del país, que justo fue la época de los trueques y de trabajar haciendo pizzetas. Dios, qué épocas tristes que se me desbloquearon.
Cambié yo, cambió la logística y cambió la vida. Pasé sin escala del mundo “princesa” al modo todoterreno:
Mi hija era súper respetuosa de sus tiempos, pero el varón no tiene filtro. Viene, te abraza a cada rato, te aplasta, no te suelta y no le importa si te deja la marca de barro o masa en la ropa. Yo vivía con los buzos manchados y esas aureolas de aceite y guiso por todos lados.
Olvidate de buscar un baño. Ahora el paseo incluye frenar a resolver sobre la marcha, hacer pis atrás de un árbol y seguir como si nada.
Salir impecable pasó a no existir. Entre las canilleras tiradas en el medio del living, las zapatillas con un olor a pata o a transpiración que no se puede creer, y ver cómo vuelve de jugar al fútbol embarrado de pies a cabeza, entendí que el barro y el desorden ahora eran parte de la decoración. Unas ganas de meterlo entero al lavarropas.
Lo más divertido de todo esto no es solo cómo son ellos, sino cómo nos vamos transformando nosotras. Pasás de ser la mamá estructurada que cuida que no se ensucie la ropa a esa mamá que les dice a las otras cómo llevar en el bolso desde agua para tomar hasta una abrochadora por si se le raja el pantalón. Sí, les juro que una vez en el shopping lo hice y funciona.
Tener los dos mundos te da ese máster exprés: podés estar disfrutando una merienda divina a las cuatro de la tarde y a las cinco estar esquivando pelotazos en el pasillo. Al final, la maternidad tiene de todo, y lo mejor que podemos hacer es reírnos, o llorar, quién sabe. Pero nunca comparar una mamá con otra. Siempre voy a decir que cada una hace lo que puede.
Así concluye mi nota de hoy. Sinceramente, no he tenido tiempo de escribir demasiado. Tampoco he tenido las ganas de hacerlo. Quizás mucho colapso, quizás por tristeza.
Acá lo importante siempre será que tienen un espacio para sentirse escuchadas, así que me gustaría saber de qué tema podemos hablar en la próxima nota.
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