Hoy, en el «Día del Ingeniero Agrónomo«, me animo a compartir un texto de un colega que me emocionó profundamente. No voy a contar de qué trata. Prefiero que lo descubran ustedes.
Quiero dedicar estas líneas a Leticia, por caminar siempre a mi lado, incluso cuando el camino parece imposible.
Hay escritos que nacen de una pregunta, otras de una bronca. Algunas, de un mate mientras uno mira un árbol que alguien dejó hecho escoba.
El de hoy nació del amor más grande que conocí. Tiene nombre. En realidad, tiene dos nombres.
Quienes leen esta columna saben que siempre se escribe sobre plantas, árboles, insectos o esas pequeñas locuras que hacen los mendocinos con la naturaleza. Hoy también. Pero de una manera distinta.
La agronomía nunca fue solamente aprender cómo crecen las plantas, también es una forma de entender la vida.
Esa manera de mirar el mundo cambió para siempre gracias a dos ingenieros agrónomos sin matrícula. Uno se llama Toribio y vive haciéndome preguntas que la facultad jamás me enseñó a responder. El otro se llama Genaro. Él me enseñó que una vida no se mide por el tiempo que dura, sino por todo lo que alcanza a hacer florecer.
Hoy las raíces, las semillas y los árboles hablan de otra cosa.
No sé si el cielo tiene fincas, pero, si las tiene, estoy seguro de que hay un ingeniero agrónomo bastante desorientado porque un petiso pelirrojo de ojos claros enormes le anda cambiando todos los carteles de los canteros.
«No, señor… ahí no va un rosal. Ahí tiene que ir una lavanda, porque primero llegan las abejas«. Y nadie le discute. Porque, cuando un chico habla con esa seguridad, hasta los yuyos hacen silencio.
A veces imagino que Genaro vive en un planeta muy parecido al del «Principito«. Uno chiquito. De esos donde alcanza con correr la reposera unos metros para ver otro atardecer. Solo que, como es mendocino, en vez de baobabs tiene álamos, acequias con agua cristalina, algún olivo viejo y una higuera que da fruta todo el año. Debe caminar con una regadera diminuta, regando plantas que nunca se secan, mientras conversa con un zorro que, seguramente, ya aprendió que domesticar también significa aprender a extrañar. Y, cada tanto, debe volver loco a algún ángel porque insiste en plantar un algarrobo donde todos querían poner una nube.
Pasé media vida estudiando suelos, agroquímicos, insectos, frutales y hortalizas. Creía que sabía bastante sobre cómo funciona la naturaleza. Hasta que llegaron mis hijos. «El Tori«, me enseñó a volver a preguntar. ¿Por qué las hojas se caen? ¿Por qué los árboles duermen? ¿Por qué una semilla tan chiquita puede convertirse en un árbol tan grande? Y Genaro… «el Colo» me enseñó la lección que no estaba en ningún libro.
Sembrar nunca fue una garantía de cosecha. Es un acto de fe. Uno pone una semilla en la tierra sin saber si va a llover. Planta un árbol sabiendo que, probablemente, la sombra la disfrute otra persona. Cuida un viñedo durante años para que alguien, dentro de mucho tiempo, levante una copa sin conocer jamás a quien lo podó. Los agrónomos vivimos haciendo eso. Confiando en el futuro. Y los padres también.
Los dos dedicamos la vida a cuidar algo que todavía no podemos ver. Lo curioso es que Genaro, que estuvo tan poquito tiempo con nosotros, alcanzó para hacer germinar un bosque entero. Nos enseñó a abrazar más fuerte. A agradecer más seguido. A dejar de correr detrás de las pavadas. A entender que hay días que no se miden por las horas, sino por los abrazos. Y también me enseñó a dejar de mirar solamente los árboles para empezar a mirar las raíces. Porque las raíces no se ven. Pero sostienen todo. Como el amor. Como la esperanza. Como esas personas que ya no podemos abrazar y que, sin embargo, siguen empujándonos a crecer.

Hace unos días, «el Tori» encontró una semilla en el patio. La levantó como si hubiera descubierto un tesoro. «Papá… ¿qué árbol va a salir de esta?» La miré un rato. Y le contesté la única respuesta honesta que existe. «No sé, hijo«. En ese instante entendí que esa respuesta también sirve para la vida.
Nunca sabemos qué puede crecer de una semilla, ni de una palabra, ni de un abrazo, ni de un hijo. Solo sabemos que vale la pena sembrarlos.
A veces imagino que, desde su planetita, Genaro se asoma para ver cómo andamos. Y, cuando me ve renegando con alguna planta, debe largarse a reír. Con esa risa que «NUNCA« escuché. Pero que, por alguna razón, conozco. Entonces me acuerdo de una frase que «jamás» escribió Saint-Exupéry, pero que estoy seguro de que Genaro le habría agregado al Principito: «Lo esencial no solo es invisible a los ojos… también echa raíces donde el corazón decide sembrarlo.» Pienso que quizás Dios necesitaba un ingeniero agrónomo muy chiquito para cuidar un jardín inmenso.
Egoístamente, me hubiera encantado que se quedara conmigo muchos años más. Muchísimos. Pero también sé que hay personas que pasan una vida entera sin cambiar nada. Y otras que, en apenas un instante, transforman para siempre la manera en que uno mira el mundo. Genaro fue una de esas.
Por eso, cuando alguien me pregunta cuál fue la mejor lección que aprendí como ingeniero agrónomo, ya no hablo de fertilizantes, de poda, de riego o de suelos. Digo que un árbol vale por las raíces que no se ven. Y que las personas también. Porque hay recuerdos que se desvanecen con los años. Pero las raíces… Las raíces sostienen el bosque mucho después de que nadie recuerde quién plantó la primera semilla.
Estoy seguro de que, en algún rincón del cielo, un «Principito mendocino» sigue regando un jardín infinito. Y cada vez que acá abajo nace una flor donde parecía imposible, un árbol resiste un viento feroz o un chico se agacha con curiosidad para levantar una semilla del suelo… Me gusta pensar que, desde allá arriba, Genaro sonríe. Y que, de alguna manera, sigue sembrando.

Hoy, 6 de agosto, quiero desearles un muy feliz Día del Ingeniero Agrónomo a todos los colegas que, desde el lugar que les toque, siguen creyendo que sembrar siempre vale la pena.
Que nunca perdamos la capacidad de asombrarnos con una semilla, de defender un árbol, de cuidar un suelo y de pensar en las generaciones que vendrán. Porque nuestra profesión, mucho más que producir alimentos o manejar cultivos, consiste en sembrar futuro.
Feliz día, colegas.
Y gracias por seguir haciendo crecer la vida.
Marcos Ballarini – Ing. Agrónomo
Yo no tengo mucho más para agregar. Solo el deseo de que todas las siembras que hagan en la vida sean con el corazón en la mano, como las de Marcos.
Ing. Agr. Don Brote
NOTA AUSPICIADA POR:

26 comentarios en “UN PRINCIPITO PARTICULAR”
Lo conozco a Marcos, lo conozco muy bien, y no me esperaba otra cosa de él, abrazo grande, y por qué no, feliz día!!!
Gracias, narigón. Me alegra que haya llegado de esa manera a un corazón tan duro y frío como el tuyo. Un abrazo grande te quiero mucho HDP.
¡Felicitaciones Marcos! Precioso y muy profundo tu relato.
Gracias, Irene. Qué lindo que lo hayas sentido así. Gracias por acompañarme con tus palabras.
Me lloré todo! Feliz día Ingeniero! Besos al cielo!
Gracias, Juli. Si te hizo llorar, espero que también te haya dejado un poquito de esperanza. Saludos.
Feliz dia Marcos y a todos los ingenieros.
Y tus palabras Marcos son muy bellas y conmovedoras
Un gran abrazo
Muchas gracias, Titi. Me alegra que la hayas sentido así. Ojalá nunca perdamos la capacidad de sembrar con el corazón. Un gran abrazo.
Hermoso texto, bella reflexión. Abrazo grande a Marcos, luz y amor para El Principito Genaro y gracias Don Brote por este magnífico relato.
Feliz día del Ingeniero Agrónomo para ustedes y para todos los que sostienen este vergel productivo en una tierra de aridez montañosa. ??
Gracias de corazón, Gabriela. Tus palabras significan mucho para mí. Ojalá todos podamos seguir sembrando, aun cuando no alcancemos a ver todas las cosechas. Un abrazo enorme.
Feliz día amor… gracias por darme una de tus mejores siembras… Hubiera dado las vida por verlo crecer a nuestro lado…pero no sé pudo… Nuestro angelito siempre está con su sonrisa a nuestro lado…
Gracias, amor. Esta historia también es tuya. Gracias por sostenerme, por seguir sembrando esperanza cuando parecía imposible y por caminar siempre a mi lado. Te amo.
Gracias, amor. Esta historia también es tuya. Gracias por sostenerme, por seguir sembrando esperanza cuando parecía imposible y por caminar siempre a mi lado. Te amo.
Maravilloso!! Emociona
Feliz día Marcos
Gracias Claudia!!!
Covacha sos inmenso
Gracias, Fede. No sé si inmenso… Solo escribí con el corazón para nunca olvidarme del Toro y el Gena. Te quiero, hermano.
Un abrazo. Que difícil que angustia y que triste el duelo…. realmente te admiro amigo ??
Gracias, amiga. El duelo deja cicatrices, pero también nos enseña a mirar la vida de otra manera. Gracias por estar siempre.
Gracias, amiga. El duelo deja cicatrices, pero también nos enseña a mirar la vida de otra manera. Gracias por estar siempre.
Hacía mucho tiempo que un texto no me emocionaba hasta las lágrimas. Tus palabras son bellas, tus reflexiones una curita para el alma. Feliz dia!
Gracias de corazón, Betsy. Gracias por leerlas y por sentirlas. Un abrazo enorme.
Que increible mensaje de vida. Aca desde la otra parte del mundo viviendo mi propia siembra y cosecha. Me has hecho llorar a moco tendido. Gracias por compartir algo tan genuino y con tanto corazon. Feliz día ingenieros ????
Gracias Gisela. Abrazo
«solo se ve bien con el corazón…» e indudablemente eso está reflejado en tu escrito, patrón! Tus palabras son un reflejo conmovedor de lo que están atravesando con la Leti y Torito. Los abrazo muy fuerte
Gracias patroncita!!! Fuerte abrazo