¿Qué hubiese pasado si yo le decía que no? ¿Porqué me sigue pareciendo irresistible ese deseo irrefrenable de sentirla, pese a que no tengo la necesidad, ni la falta de deseo en mi casa?
Siempre he creído que la normalidad no es para mí, y descubrirlo en el terreno sexual no me fue tan extraño. Se sintió natural. Solo bastó el mensaje de “estoy acá y me voy en dos días” para activar todo mi cuerpo, inventar excusas y salir a su encuentro.
Ella me produce cosas muy difíciles de explicar, pero fáciles de sentir, y pese a que vive enotro país, y no la veía hace años, incluso antes de estar casada, no lo dudé.
Debía verla. Debía saber si el deseo del rose de su piel era el mismo que había sentido hacía 10 años cuando nos vimos en mi casa y prendimos fuego la habitación.
Era ahora. Debía serlo.
Es feo mentir. Es feo ocultar. Pero sentía un deseo tan intenso por su persona que no me importó nada con tal de estar con ella las 2 horas que duraba el turno en el hotel alojamiento al que íbamos a ir.
La pasé a buscar por donde me dijo, y cuando la ví esperándome, dudando, la miré y, al subirse al auto, me comió la boca de un beso. Y no fue un beso con hambre, sino más bien con deseo. Con el deseo que nace de la espera, una espera de años.
Mi marido, no sabía, y no iba a saber. Lo hacía por su bien, porque yo sabía que la situación de compartirme no iba a gustarle demasiado, pero también lo deseaba a él, entonces habían cosas que no podía negociar. Estaba mal, bajo las convenciones de la sociedad, y de nuestra relación, pero no me importaba.
Era un deseo primitivo, animal. Y lo tenía que satisfacer. Busqué el primer hotel alojamiento que encontramos en la zona y entramos con el auto. Elegimos y pagamos la habitación más básica que había, total solo necesitábamos una cama.
Cuando subimos la escalera al primer piso, hacia la habitación 202 el roce de sus manos por mis nalgas se sintió en todo mi cuerpo. Lo deseábamos hace tanto tiempo.
Al cerrar la puerta tras nuestro nos entrelazamos en un beso tan intenso, que solo con eso yo ya me hubiese sentido satisfecha.
La ropa comenzó a caer por todos lados, mientras que las manos iban multiplicandose como una hiedra imposible de contener; por cada una que se apartaba, dos más volvían a surgir. Y la intensidad radica en eso, en un incendio que comenzaba y que se alimentaba con nosotras mismas, fundidas en una danza imposible de frenar.
Le fui probando cada uno de sus tatuajes, los del cuello, los de la espalda que simulaban ser siluetas de Jesús en la cruz, mientras que iba sintiendo que la que iba a ser crucificada era yo.
Nos tiramos la una a la otra en la cama, pero la que se metió primero entre mis piernas fue ella. Qué placer fue sentir su lengua en mi centro, tocar su larga melena pelirroja mientras me deshacía por dentro, mientras que, de reojo, nos miraba reflejadas en el espejo lateral de la habitación y no pensaba, solo sentía.
Y el primer orgasmo llegó ahí, y sentí como se mojaron las sábanas, y ella reía, feliz, saciada de mi, cual león después de devorar a su presa.
Pero ese era solo el comienzo.
¿Y cómo siguió? Pues de la forma más animal y humana posible. Los humanos somos de las pocas especies que disfrutan del sexo por placer, sin ningún otro fin, y sobre todo del sexo entre miembros del mismo género, y eso éramos, dos hembras animales deseando, saboreando, entregándose al sentir.
Ella dejó de intentar controlar nada para simplemente dejarse llevar. Una vez recuperado el aliento comencé a tratar de sacarle el suyo nuevamente, acariciando todo en un espiral descendente que comenzaba en sus labios y terminaba entre sus piernas, activando cada poro y volviéndonos una, en una danza capaz de transformar en pequeña aquella habitación para contener todo lo que estaba pasando.
Y después de la tormenta, la calma. La charla. Mi mano acariciando sus pechos, su boca. Desnudas entre las sábanas reíamos y recordábamos el tiempo que había pasado desde la última vez que nos vimos, años atrás cuando nuestras situaciones eran diferentes.
La suavidad del momento duró poco. Había algo en sus ojos, oscuro, hambriento e imposible de ignorar que me hizo entender en ese momento, incluso antes del primer roce, que aquello no había terminado.
Me dejé someter y desde abajo podía apreciar como esa larga melena que me hipnotizó desde el primer momento que la vi, caía sobre mis pechos desnudos, a la par que sus facciones cambiaban mientras que las olas de placer invadía y tensaban cada uno de nuestros músculos.
Cuando finalmente caímos, lo hicimos juntas, agotadas, riendo apenas entre jadeos y respiraciones temblorosas. Me recosté sobre su pecho. No quería que ese turno terminase, quería llegar al tope del sentir, porque mientras más la sentía respirar a mi lado, más quería seguir así con ella.
Pero todo tiene su final, y esa no iba a ser la excepción.
Cuando nos vestimos, en lados opuestos de la cama, alcancé a divisar su espalda con pecas y sintiéndolo todo, me pregunté a mí misma cuándo sería la próxima vez que la vería. Yo esperaba que no fuese dentro de otro par de años.Le pregunté en el auto a donde quería que la dejara, y me dijo que prefería caminar un poco por el centro e ir a tomar algo con unas amigas.
Mi mente divagó un buen rato hasta que volví a mi casa con él, me hice un café, y esbocé una leve sonrisa. Aquella noche hicimos el amor, pero si bien el cuerpo de mi marido era el suyo, en mi mente volvía a rendirme ante la idea de que estaba con ella. Ojalá que no hubiese sido la última vez…
FIN
1 comentario en “Habitación 202”
Raaaawrr, mesité!