Si navegás diez minutos por TikTok o Instagram, el algoritmo te va a escupir el mismo cliché de siempre: el papá como un inepto simpático. Un tipo que no sabe dónde están las medias, que si se queda solo con los chicos les da de comer pizza fría y que requiere una lista de instrucciones de tres páginas escrita por la madre para no incendiar la casa.
Pero este fenómeno no nació con las redes sociales. La televisión se encargó de adiestrarnos durante décadas para reírnos del padre en lugar de respetarlo, y las apps de video corto no hicieron más que heredar y acelerar un prejuicio que ya venía instalado.
Por ejemplo:
En las primeras temporadas de Los Simpson, Homero era un hombre torpe y limitado, sí, pero impulsado por un amor visceral. Era el padre capaz de renunciar a su sueño de trabajar en la bolera y tragarse el orgullo volviendo con Mr. Burns con tal de mantener a su familia, o de resignar comprarse un aire acondicionado durante una ola de calor insoportable para regalarle a Lisa su primer saxofón. Con los años, sin embargo, la cultura lo convirtió en un vegetal irresponsable, estrangulador y derechamente estúpido, borrando cualquier trazo de sacrificio paterno.
El dinosaurio de los 90. Ya en esa década, la comedia Dinosaurios nos vendía a Earl Sinclair (el «Señor Yo»): un trabajador de la construcción que sostenía económicamente todo el hogar, pero cuya única recompensa en casa era el desprecio sistemático, el ninguneo de la suegra y el famoso golpe en la cabeza de un bebé que le repetía en la cara: «¡No la mamá!». El mensaje subliminal era claro: el padre es solo un proveedor prescindible y ridiculizable.
El molde se replicó sin pausa: Al Bundy o Pepe Argento en casados con hijos, convertido en la burla permanente de esposa e hijos, reducido a un vendedor de zapatos frustrado y sexualmente humillado como chiste recurrente; Peter Griffin en Family Guy, directamente escrito como un adulto con inteligencia infantil, cuya torpeza ya no genera ternura sino vergüenza ajena; Doug Heffernan en Rey de Queens, el marido gordo y perezoso que necesita ser «domesticado» semana a semana por una esposa infinitamente más capaz. El propio Hal Wilkerson de Malcolm el de en medio: un niño más, dócil y atolondrado, cuya única función es no molestar demasiado mientras la madre sostiene el universo sobre sus hombros.
El patetismo moderno de Jerry Smith. Hoy, el exponente máximo de esta tendencia es el Jerry Smith de Rick y Morty. Jerry ya no es solo torpe; es presentado directamente como un parásito castrado, inseguro, cobarde y desempleado, diseñado casi exclusivamente para ser el hazmerreír de la familia y el contrapunto de la madre «fuerte y autosuficiente». Es la culminación de treinta años de ir corriendo el eje: de reírnos con el padre a reírnos de él, y finalmente a directamente despreciarlo.
Nótese la progresión: no es casualidad ni gusto estético. Cada década corrió el límite un poco más hacia el desprecio, hasta normalizar algo que hace cuarenta años hubiera sido intolerable en pantalla si el género se invirtiera.
Esa caricatura no solo es injusta; es una mentira que invisibiliza a millones de hombres.
Chris Rock lo resumió de manera brillante en uno de sus monólogos más crudos:
«Solo a las mujeres, a los niños y a los perros se los ama incondicionalmente. A un hombre solo se lo ama bajo la condición de que provea algo».
Si el padre no aporta, no sirve. Si está cansado, no tiene derecho a quejarse. Su valor se reduce, demasiadas veces, a su billetera o a su utilidad logística. Es el eterno secundario, el actor de reparto en una película donde la maternidad se lleva siempre el papel principal y los aplausos.
Hoy, la gran mayoría de los padres no «ayudan» —un término horrible y condescendiente que encima se usa para criticarlos si no lo hacen bajo el estándar exacto de la madre—. Hoy los padres maternan desde su masculinidad. Se desploman de cansancio después de laburar, pero se tiran al piso a jugar; van a las reuniones de la escuela, cocinan, contienen y se desvelan con la misma angustia y el mismo amor. Y sin embargo arrastran una condena social silenciosa que ningún sitcom se molesta en mostrar.
El puente hacia el mundo: salvar al hijo del nido de la madre.
Hay una teoría psicológica muy potente sobre los roles de crianza que explica por qué el padre es vital, especialmente cuando la infancia empieza a quedar atrás. Se dice que la misión de la madre es garantizar que el niño sobreviva y llegue a la adolescencia, pero la misión del padre es rescatar al hijo de la madre justamente cuando entra en esa etapa.
¿Qué significa esto? No es un ataque a las madres. Al contrario. El vínculo materno es simbiótico, de apego absoluto, de refugio seguro. Es el nido. Pero si el nido se vuelve demasiado hermético, asfixia.
Ahí entra el padre. Su rol es ser el agente de separación. Es quien introduce la ley del afuera, el que empuja al adolescente a salir, a tomar riesgos, a frustrarse y a descubrir que es capaz de sostenerse solo. El padre es el que corta el segundo cordón umbilical. Si la madre da la vida y la seguridad interna, el padre da la estructura y el coraje para enfrentar el mundo exterior.
Es exactamente la función que la ficción moderna borró de un plumazo: ¿cómo va a ser agente de separación e introductor del mundo exterior un personaje al que la propia narrativa encierra en el living, humillado, incapaz siquiera de manejar su propia vida?
El valor de estar ahí
Ser un buen padre no es ser un «ayudante de cocina» en tu propia casa. Es ser el sostén emocional que muchas veces no tiene permitido llorar, porque tiene que ser el faro fuerte cuando la tormenta arrecia.
A ese papá que vuelve roto del trabajo y lo primero que hace es alzar a upa a su hijo; a ese que aguanta las críticas silenciosas de «así no se hace» pero sigue estando ahí al pie del cañón; a ese que entiende que su amor no se mide en likes de redes sociales, sino en la seguridad con la que su hijo va a pisar el mundo el día de mañana: gracias.
Tu rol no es un chiste de televisión. Sos el héroe de la historia de tu hijo, aunque el mundo —y su algoritmo— a veces se olvide de filmarte.
5 comentarios en “La paternidad bajo ataque: cómo se ridiculizó al hombre en casa”
Me hiciste acordar a una frase de Gustavo Frig de Breaking bad: «El deber del hombre es proveer, aunque este implique que su propia familia no lo ame, no lo respete o incluso lo odie». No lo había visto desde el punto que lo planteaste. Muy buena nota!
Buen artículo, pero creo que se queda a mitad de camino.
Sí, nos entrenaron 30 años para reírnos del padre. De Homero que se sacrificaba a Homero que estrangula. De Earl que sostenía la casa a Pepe Argento humillado. Hasta llegar a Jerry, ya directamente un parásito castrado para que la familia «fuerte» tenga de quién reírse.
La progresión es real. Y es injusta.
Pero si me quedo solo denunciando a la sociedad, a Hollywood o al algoritmo, hago exactamente lo mismo que critico: pongo el poder afuera.
La pregunta que me hago no es quién me ridiculizó, sino cómo habito yo mi masculinidad hoy, sin pedir permiso.
La soberanía sobre mi masculinidad no se logra pidiendo que la tele me represente mejor. Se logra habitándola sin prejuicio, propia, sin culpa y sin revancha.
Sin seguir culpando a la sociedad por lo que no me deja ser, y preguntándome qué aporto yo socialmente con mi punto de vista.
Yo puedo ser sostén sin sentirme víctima por sostener.
Puedo ser sensible sin hacer de eso un show.
Puedo ser torpe como Homero, proveedor como Earl, frustrado como Al Bundy y a la vez inseguro como Jerry, sin que nada de eso me defina por completo.
Porque ninguna de esas caricaturas me contiene. Son chistes. Yo no soy un chiste. Soy un hombre habitándome.
Y quizás ese sea mi aporte: dejar de pedirle a la cultura que me devuelva una imagen digna y empezar a ofrecer yo, con mi vida, una imagen digna para la cultura.
Vos que escribís, comparto lo que decís de que nada se arregla criticando algo. Ese es el germen del progresismo, «denunciar» para que alguien haga algo. Pero la nota de Zanata no va por ahí, la nota «enseña», exhibe, delata la campaña donde se cuecen estas habas. Los hombres seguimos siendo hombres con o sin campañas denigrantes, porque la vida no puede esperar. Sólo que Zanata nos dice que no nos lo creamos, que no somos aquello de lo que se nos acusa, y que sigamos haciendo lo que estamos haciendo. Entiendo que pensás lo mismo, pero me arrogo el hacerte una sugerencia, podés tomarla o no, como te parezca mejor: no «habites» la masculinidad, ya sos hombre antes de planteartelo.
Abrazo, vos que escribís.
Coincido en que la responsabilidad individual es clave, pero eso no invalida el análisis cultural.
No es una cosa o la otra.
Decir “habito mi masculinidad sin pedir permiso” suena bien, pero ignora que la cultura moldea lo que se percibe como válido, respetable o ridículo. No todos parten del mismo piso simbólico.
Si durante 30 años se instala que el padre es un inútil, eso no desaparece porque un hombre decida “ser soberano”. Sigue afectando cómo lo miran, cómo lo escuchan y qué lugar ocupa.
Se puede —y se debe— asumir responsabilidad personal.
Pero negar el peso de la narrativa cultural no es fortaleza: es simplificar el problema.
No se trata de pedir permiso ni validación.
Se trata de dejar de naturalizar una caricatura que después todos, incluso los que “se habitan”, tienen que cargar.
Excelente nota! Muy buena y muy necesaria! El hombre se cría como un agente solitario que aporta al grupo familiar desde lo externo. La nobleza del padre está en sostener, como un estante que, sobre él, se lucen las otras cosas. Es la impronta que da la estabilidad, la muralla que permite el normal funcionamiento de la aldea. Para mí una buena imagen de este padre es Jack Pearson, el padre de los trillizos de «This is us». Incluso muere por su familia. Hace muchos años, precisamente por una nota del Mendo un lector me dejó una frase que me emocionó por ser tan exacta: «los padres separados tenemos batallas invisibles». Y está bien que así sea, debe ser así, pero esta campaña «anti padre» me jode tanto como a vos, Zanata. Gracias por la nota.