Nuestro país hace muchísimos años que no para de sufrir.
Algo que entendió muy bien la Iglesia Universal: su programa principal se llama Pare de sufrir.
Soy hijo de la democracia. Nací en octubre de 1983, con Raúl Alfonsín a punto de convertirse en presidente, y desde que comencé a manejar dinero nuestra moneda siempre fue el peso.
Pasamos también por algunas pseudomonedas, como los Petrom, los Lecop y los Patacones, pero siempre fueron pesos. El valor de nuestros pesos nunca dejó de bajar y, como consecuencia, no hemos parado de agregarle ceros a su denominación.
Una botella de cerveza de un litro costaba un peso, puesta en la mesa de un bar. Hoy, en el bar más rasca, la misma cerveza cuesta doce mil.
Un sueldo básico era de 350 pesos y hoy ronda los 800.000.
Palabras como crisis, inflación, corrupción y pobreza forman parte de nuestro día a día. A nadie le sorprenden. Hace años que somos pilotos de tormenta de la vida que nos toca llevar.
Siempre estamos tirando, sobreviviendo, luchando y, sí… sufriendo.
A veces pienso que tenemos algo de masoquistas. Que, en algún punto, hasta lo disfrutamos.
Los hijos de la movilidad social ascendente, los hijos de la clase media trabajadora, hacemos malabares para llegar a fin de mes y ponemos el lomo todos los días, con la esperanza de que finalmente llegue ese momento en el que nos vaya bien.
Nos reinventamos una y mil veces.
Acá nunca se sabe.
La estabilidad en Argentina es algo que jamás existió. Aunque siempre elegimos creer. Cada cuatro años depositamos nuestros sueños y esperanzas en gobiernos democráticos y, de una u otra manera, absolutamente todos nos terminaron robando algo.
Se las han rebuscado para quedarse con la nuestra. Con nuestros ahorros, con nuestro sueldo, con nuestro tiempo, con nuestras expectativas o con la esperanza que les habíamos entregado.
Y jamás ninguno cumplió completamente con aquello que había prometido durante la campaña.
Desde que tengo uso de razón, los argentinos vivimos sufriendo.
Como compensación, en un hermoso acto de realismo mágico, también cada cuatro años el ingeniero del universo nos regala la versión actualizada del circo romano: el Mundial.
Acá nadie muere, no se sacrifican animales ni existen batallas sangrientas con espadas. Todo eso se transformó en el espectáculo de uno de los deportes más hermosos del mundo: el fútbol.
En Argentina, el fútbol es nuestra religión más sagrada. El opio de nuestro pueblo.
Todos somos, o alguna vez fuimos, jugadores, hinchas, fanáticos, árbitros, relatores, comentaristas o periodistas deportivos.
Depositamos en él nuestras broncas, nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestra confianza, nuestra picardía, nuestro amor y nuestro odio.
Acá el fútbol se respira en los recreos, en los bares y en los potreros. Acá el fútbol abraza, alberga, contiene y atraviesa a todas las clases sociales.
Cuando se juega un Mundial desaparece cualquier grieta. Se esfuman las diferencias. Nos abrazamos y cantamos el himno a los gritos, en cada partido, con el mayor sentimiento patriótico.
Nuestros jugadores se transforman en héroes. En próceres que se enfrentarán al mundo para poner a la Argentina en lo más alto.
Pero, aunque contamos con profesionales del más alto nivel internacional y tuvimos la suerte —o el destino— de ser la tierra que vio nacer a los dos artistas más extraordinarios de esta disciplina, Diego Armando Maradona y Lionel Andrés Messi, nunca en toda la historia de los mundiales el triunfo nos resultó fácil.
Siempre nos tocó sufrir.
Coincido con quienes afirman que los argentinos estamos condenados al sufrimiento por la esencia tanguera que corre por nuestras venas.
Acá nadie te regala nada.
Acá existen memes con la frase: «Más dura que la realidad argentina».
Acá el sacrificio no es una elección: es una obligación. No hay opción.
El tango lo dice clarito:
«Primero hay que saber sufrir».
No hablo de meritocracia. No digo que el que se esfuerza siempre gana, porque nuestra propia historia demuestra que eso no es cierto.
Pero acá aprendemos desde muy chicos que, si nos caemos, nos levantamos. Que cada fracaso forma parte de un camino que quizás jamás termine en triunfo.
Aprendemos a intentar y volver a intentar. A seguir incluso cuando no existen garantías. A no bajar los brazos, aunque muchas veces ni siquiera sepamos hacia dónde estamos caminando.
Quizás por eso sufrimos tanto con el fútbol.
Porque no estamos mirando solamente un partido. Estamos viendo una representación de nuestra propia vida.
Un grupo de argentinos enfrentándose al mundo, corriendo hasta no dar más, cayéndose, levantándose, soportando injusticias, aguantando hasta el último minuto y tratando de encontrar, aunque sea por un instante, la victoria que tantas veces nos fue negada en la vida cotidiana.
Cuando decimos «qué manera de sufrir», en realidad no estamos hablando solamente de fútbol.
Estamos hablando de nosotros.
De un pueblo acostumbrado a que nada sea sencillo. De una sociedad que aprendió a sobrevivir en la incertidumbre. De generaciones enteras que viven esperando que el próximo esfuerzo, el próximo gobierno, el próximo año o el próximo Mundial sean finalmente distintos.
Tal vez nuestra tragedia sea que nos acostumbramos demasiado al sufrimiento.
Pero quizás nuestra mayor virtud sea que, a pesar de todo, todavía no hemos aprendido a rendirnos.
18 comentarios en “Condenados a sufrir”
Hermoso, triste y cierto, pero también acepto orgulloso el ser así.
Gracias Amigo! orgullosos siempre!! https://youtu.be/L3r3TpL_dZ4?si=ub5u773WKtXCGv7D
La descripción exacta de la vida y el sentimiento de cada persona a pie de este país…
Muy bueno
Gracias Galo por pasarte!! gran abrazo!!
Te aplaudo querido. Muy buena descripción de las argentinos +40 que somos. Siempre remando en dulce de leche, pero el mejor… El argentino.
Seguiremos intentando, gracias Gabi!
Qué buena nota, Patán! El sufrimiento es nuestra zona de confort. No sé qué haríamos si nos fuese bien a nivel país y tuviésemos que hacernos cargo de nuestros errores y frustraciones. Siempre tenemos a quién ponerle el sayo. Me gustó lo del Circo Romano. Zunzunegui, un historiador, dice algo así como que que los estados creados a partir de la paz de Westfalia en 1648 son una religión, y sus constituciones un credo. Y esta religión tiene su misa, el fútbol, y que las estrellas deportivas son los santos, y que el Mundial es como la Pascua. Un poco herético, pero buena analogía al fin.
Abrazo, querido!
Gracias Marcos!! Ud sabe que me encanta caminar por las cornisas y explorar al fin y al cabo es como decía Borges: «en las grietas está el dios que se asoma». Tengo ahí en gatera un par de temas que giran en torno a la esencia de argentinidad. Voy a chusmear a don Zunzunegui. Gran Abrazo, espero llegarme a Tandil algún día para compartir unos vinos y unos buenos salamines!!
Hermoso artículo! Aprender a mirarnos desde la no carencia es todo un aprendizaje que para cualquier argentino forma parte de su cotidiano. Gracias por tan bonitas palabras!
Gracias por leer a pesar de mis propias carencias! Un Abrazo!!
Tal cual así somos. Luchadores incansables… Por eso la envidia de otros paises
No dejemos de luchar!! Abrazo!!
«Ser del ’83 es haber crecido entre crisis y esperanzas. Quizás por eso valoramos tanto esos momentos en los que, aunque sea por un rato, un país entero vuelve a sentirse unido.»
Excelente Patán
Gracias, por leer!! Abrazo!
Me gustó leer la realidad de nuestra sociedad, la cual se replica en cada casa.
Para mí, el mundial es el evento más importante a nivel deportivo, cómo así también a nivel cultural.
Gracias por la nota.
Gracias Dr!!
??????
Yo también me lo pregunto todo el tiempo. Gracias Andrea!!