El ruido del motor del transporte escolar no alcanzaba a tapar las carcajadas.
Tenía 13 años, plena década del 90, cuando me bajé llorando de ese La Nueva Generación.
No llegué ni a pisar bien la vereda cuando los gritos atravesaron las ventanillas como dardos:
—¡Gorda, vení que te achuro!
—¡Gorda, bajá de peso!
—¡Gorda, no entrás en el escolar!
Los gritos eran de Gonzalo, del Barrio Santa Ana, y sus amigos. Obvio que me triplicaban en peso….. y no eran ni parecidos a Brad Pitt.
El vehículo arrancó y las risas se alejaron, pero el eco de esa humillación me quedó dándome nauseas.
En esa época el bullying ni siquiera tenía un nombre bonito en inglés; era simplemente la selva, la ley del más fuerte y la soledad absoluta de saber que nadie te iba a creer.
Para librarme de ese infierno diario, tuve que tomar una decisión desesperada: repetir el año.
Como en esa escuela no aceptaban repetidores, sabía que era la única forma de que no me volvieran a anotar. Sacrifiqué un año de mi vida, mi rendimiento y mi historia escolar con tal de comprar my libertad y no tener que volver a cruzar esa puerta.
Lo pude recien contar despues de muchos años. Cuando creían que repetía porque «no me daba la cabeza para estudiar».
Toda esa angustia guardada en la memoria corporal volvió de golpe estos días al ver las noticias sobre el caso de Catamarca. La historia de Lucrecia, la chica que tuvo que padecer a su acosadora, Abril Segura, nada menos que en su viaje de egresados.

Ver cómo la agresora planificó fríamente la estrategia para lograr que le levantaran la orden de restricción solo para ir a Bariloche a terminar de destruirle el viaje y la salud mental a su compañera, me congeló la sangre.
Al ver la frialdad de ese caso, me pregunté inevitablemente qué hubiera sido de mí si me obligaban a ir a un viaje de egresados con mis victimarios, si no hubiese tenido que llegar al extremo de repetir para huir.
Lo más insólito e irónico de todo esto es la torpeza del agresor impune. En su afán de regodearse y vanagloriarse del daño, fue la propia acosadora quien se encargó de filmar toda la secuencia, contando entre risas cómo habían manipulado la situación para llevar a cabo el hostigamiento en el viaje.
Lo subió a su sección de «Mejores Amigos», creyendo que ese rincón digital era un pacto de silencio. Pero alguien capturó la pantalla, filtró el video con lujo de detalles y la verdad explotó en redes.

Si hoy conocemos el calvario de Lucrecia es porque la propia soberbia de sus acosadores los traicionó. Y eso me deja tranquila.
Pero hay un trasfondo todavía peor: los lazos con el poder. En el grupo de involucrados figura nada menos que un apellido pesado en la historia de Catamarca, de la casta ligada a los viejos «hijos del poder» que marcaron trágicamente a la provincia en los años 90 con el caso de María Soledad Morales.
Cambian las décadas, pero los patrones se repiten. Hoy vemos a los «nuevos hijos del poder», esos que actúan creyendo que siempre habrá una mano dispuesta a protegerlos.
Porque lo que pasó con esa orden de restricción es indignante: en lugar de sancionar a los hostigadores y garantizar el derecho de la víctima a viajar en paz, la Justicia o las autoridades prefirieron «compensar» a los agresores levantando la medida perimetral.
Se priorizó el capricho del violento por encima de la protección de la víctima. Se les dio luz verde para llevar el infierno a Bariloche.
Ante la falta de respuestas institucionales, lo único que nos queda como sociedad es la condena pública y la justicia social.

En los años 90 la receta de los adultos siempre era la misma: «ignorarlos, ya se van a cansar» o «son cosas de chicos». Nos decían que no pasaba nada, pero en ese «ignorar» pasaron los años.
Hoy tengo 47, y sin embargo, cada tanto me acuerdo de todo eso, lo revivo y siento que todavía debería sanarlo, cuando la verdad es que los enfermos eran ellos y no yo.
Ya no estamos en los noventa. Hoy las cosas tienen que cambiar de raíz, y no alcanza solo con la justicia social de las redes.
¿Cómo puede ser que la principal responsable de este ensañamiento, una chica que humilla y hostiga de esa manera, sea, además, la abanderada de la escuela? ¿Por qué no le quitan la bandera? Portar la enseña patria es un honor, un reconocimiento supremo al mérito, al esfuerzo y a los valores; no se puede premiar con la gloria de una bandera a quien ejerce la crueldad en las sombras.
Las instituciones tienen que dejar de mirar para otro lado de una vez por todas. El dolor que se causa no es un juego de adolescentes, y los victimarios tienen que empezar a pagar las consecuencias de sus actos con hechos reales, para que las víctimas, de una buena vez, puedan dejar de cargar con un infierno que jamás les perteneció.

1 comentario en “Repetir para ser libre”
Querida Fer, solo los que ur hemos vivido bullying sabemos el infierno que se padece, yo con 9 años me tuve que cambiar de colegio, porque amenazaron con hacerme actos sexuales, y tenía nueve años, y eso de dónde sale?, los chicos no lo sacan de la nada, también lo aprenden de su casa. Te entiendo, y te abrazo