Si sos de los que vive en la zona este y tiene que viajar al Gran Mendoza, prepará el mate, ponete un audiolibro de autoayuda o hacete amigo del volante, porque transitar hoy por las rutas mendocinas es un deporte extremo que compite cabeza a cabeza con Gran Hermano.
Arrancamos por la joya de la corona del caos: El acceso este.
Con las obras a pleno y sin conocer la bendita palabra «turnos rotativos», las empresas decidieron que lo mejor es hacernos vivir la experiencia de una mudanza en carreta.
Si salís de Palmira, tranquilamente te podés jubilar en el camino: dos horas de viaje para hacer un trayecto que antes duraba 20 minutos. Una verdadera fiesta para los nostálgicos del embotellamiento.
El tour de las alternativas: un camino de espinas (y distracciones)
Como el Acceso Este es una trampa mortal, uno sale a buscar rutas alternativas, pero el mapa mendocino se ensañó:
• La Ruta 50: Parece un tramo sacado directamente de la Segunda Guerra Mundial. Si sobrevivís a los cráteres lunares que tiene como baches, te llevás un diploma de honor en alineación y balanceo.
• El carril Rodríguez Peña: Angosto como pasillo de convento y, para coronar, está tan poblado de trabajadores nocturnos (travestis y autos en plena banquina) que mantener la vista en la ruta es un milagro. Entre esquivar el bache y no distraerse, vas rezando todos los credos.
• La Ruta 60: Es una calesita infinita. Claramente, el intendente de Luján de Cuyo no tuvo infancia y decidió compensar su trauma infantil sembrando nueve rotondas seguidas para marearte hasta el desayuno.
• Calle Elpidio González: Empecemos por lo importante, ¿qué clase de padres odiaban tanto a su criatura para ponerle «Elpidio»? Manejar por ahí con ese nombre en la cabeza ya te deprime.
La postal definitiva del hombre vencido:
Imagínate la escena: son las 7 de la mañana, vas con un niño atrás que te pregunta cada dos minutos «¿falta mucho?» mientras en la radio pasan un tema bajón. Te mirás al espejo retrovisor, ves tu cara de cansancio absoluto y te sentís un hombre completamente vencido, atado al asiento del conductor, recalculando la vida mientras el auto hace un ruido raro en la suspensión.
La reflexión final (y esperanzadora)
Pero ojo, no todo es llanto. Porque como ya pasó con la flamante Ruta 82 —que hoy es un billar hermoso para correr picadas de elegancia—, sabemos cómo termina la película. Cuando el Acceso Este y todas estas obras terminen, nos vamos a olvidar de los insultos matutinos, de las rotondas de calesita y de las dos horas de demora.
Lo más importante de todo esto es que, al final del día, tanta paciencia y tanta ruta rota van a servir para salvar muchas vidas. Así que bueno… no queda otra que armarse de valor, aceptar el cambio y seguir sufriendo con estilo mendocino.