En las historias griegas (y antiguas en general) los personajes funcionan como arquetipos del ser. Penélope y Ulises no escapan a esa dinámica. La Odisea es, ante todo, una historia sobre la madurez, la conciencia y la fe.
Tampoco se trata de una historia de amor. La Odisea es un poema oscuro, lleno de muertes, violencia, dolor y renuncias.
Para hacer el cuento corto, Ulises (Odiseo), después de triunfar con su ejército en la Guerra de Troya emprende el regreso a su reino, Ítaka. Allí lo esperan su esposa Penélope y su hijo Telémaco. El viaje era de aproximadamente tres semanas pero se demoró diez años. ¿Por qué? Porque se le ocurrió desafiar a los dioses y, en la cultura Griega, con los dioses no se jode.
Su osadía no sólo demora el viaje, sino que sume a su reino en acefalía, deja en el camino a toda su tripulación y convierte a Penélope en una mujer asediada por pretendientes que no la desean a ella sino al poder que ella representa.
También complica a su hijo Telémaco, porque si su madre vuelve a casarse y tiene otro hijo, él queda sin derecho a heredar el trono.
¿Qué hizo Ulises para que los dioses se enojaran?
Hay un concepto griego que es fundamental en la concepción de un “héroe”. Se trata de la “areté”. La areté griega era un conjunto de valores morales, éticos y espirituales que tenían que acompañar la destreza física. No se trataba solamente de superioridad militar y guerrera, los héroes tenían que ser virtuosos.
Ulises se la había mandado con el tema del caballo; se había pasado de la raya, violando varias leyes griegas y basando su éxito en un engaño. Ganó la guerra, fue astuto, pero no fue honorable. Él lo sabía, el ejército lo sabía, los dioses lo sabían.
Pero eso no fue todo, cuando iba en el camino de regreso, siguió violando reglas. Se metió a una isla a buscar provisiones y, basándose en la famosa ley de la hospitalidad griega, empezó a hacer uso de lo que encontró sin pedir permiso.
La isla era habitada por cíclopes, al mando del cíclope mayor: Polifemo. Cuando Polifemo se enojó porque le habían ocupado la casa y comido su comida, a Ulises no se le ocurrió mejor idea que meterle una daga en el único ojo que tenía y, obviamente, lo dejó ciego. (Muy reducido porque el episodio tiene varios símbolos más, que quedan para otra oportunidad).
Resulta que el cíclope era nada menos que hijo de Poseidón y se fue a quejar con su papá. A partir de ahí, cada vez que Ulises y su tripulación entraban al mar, toda serie de criaturas y penurias marinas se encargaron de hacer de su viaje una pesadilla.
¿Y la odisea de Penélope?
Para entender cómo el tiempo se va operando a sí mismo en los dos caminos de estos personajes, lo mismo que había hecho Ulises en la isla del cíclope, lo habían hecho los pretendientes con el palacio de Ítaka. Abusaban de la ley de la hospitalidad y se la pasaban comiendo y bebiendo mientras intentaban llamar la atención de la Reina.
Ella no podía echarlos, porque sabía que los dioses se enojarían. Ella era la Reina, la primera en cumplir la Ley. Recurre entonces a un artilugio para demorar la elección de un nuevo marido. Se pone a tejer con la promesa de que, cuando termine el tejido, elegirá a uno de los pretendientes.
Los pretendientes funcionan como el ruido mental de la Reina. Ulises está muerto. Ítaka necesita un Rey. Ya esperó lo suficiente. No puede reinar sola. Nadie es como Ulises. Él va a volver. Telémaco todavía no puede reinar.
Del mismo modo funcionan las sirenas para Ulises. El canto de las sirenas es, según la obra, aterrador, irresistible, enloquecedor. Cuando él pide que lo aten al mástil del barco para no sucumbir, hace lo mismo que Penélope al iniciar el tejido: soportar el ruido atándose al eje que une la humanidad con la trascendencia.
Las sogas y los hilos son los sutiles lazos que mantienen unido al ser con su destino superior.
El tejido
Cuando Penélope empieza a tejer de día y destejer de noche, es cuando Ulises también se detiene en las dos pruebas que más lo demoran y que tienen que ver con mujeres: Cirse, una hechicera; y Calipso, una ninfa. Aquí también nos encontramos con arquetipos de “lo femenino”.
Cuando Penélope teje y desteje, altera el tiempo. Este “detenerse”, en ambos esposos, cada uno en su realidad, es la forma en la que maduran no sólo sus arcos narrativos, sino su altura espiritual.
Ulises está un par de años con Cirse, que lo retiene con hechizos y otros muchos con Calipso, que lo droga con una flor que lo hace olvidar de todo. No la pasa mal, hay que decirlo. Ambas lo tratan como un Adonis. Ambas le prometen todo para que se quede. Ambas también saben que él quiere volver a su hogar.
En el camino iniciático, Ulises, con Circe aprende a dominar sus instintos y con Calipso la persistencia en la misión.
A todo esto, el héroe cuenta con el favor de otro arquetipo femenino: Atenea. Era su protegido. Así que, si ya miramos un poquito más profundo en el poema, vemos a un héroe que intenta recuperar la virtud y el perdón de los dioses, rodeado de 3 arquetipos femeninos.

No es casual. Lejos de una lectura superficial en donde lo femenino representa tentación, se trata de pruebas y quienes prueban, siempre son Maestros. Así que se trata de arquetipos evolutivos, de estados de conciencia elevados sobre la naturaleza instintiva.
Vamos de a una.
Atenea: no intenta seducirlo ni se comporta como una jefa, a pesar de ser una diosa. Ella aconseja, es la sabiduría profunda, la conciencia superior.
Circe: Es la iniciadora. Ella no ama, transforma. Lo conduce al encuentro con su sombra, con su mundo oscuro. Simboliza la fase en donde el ego debe morir para alcanzar la espiritualidad.
Calipso: es el aspecto más sutil de lo femenino; su rol es peligroso en la amabilidad. Le ofrece inmortalidad, juventud, placer. A cambio exige lo máximo que una persona puede entregar: la renuncia a sí mismo. Es, en verdad, una ilusión; permanecer en la comodidad de la intrascendencia, adormecer el dolor de la transformación olvidando la esencia.
Penélope como sentido
Si Atenea es la sabiduría superior, la esposa es la sabiduría terrenal, encarnada. Mientras una conduce, la otra recibe; mientras la diosa muestra el camino, la esposa construye el hogar.
Cuando Ulises vuelve, Penélope no lo reconoce inmediatamente y, cuando lo reconoce no lo acepta así nomás. Han pasado 20 años, ya no son los mismos. Por eso es necesario que la Odisea dure tanto. Tienen que madurar. Penélope no espera, sostiene. Lejos de ser un arquetipo pasivo, es el punto a partir del cuál todo el camino de Ulises toma sentido. Ella, al urdir la trama en el telar, es la que da estructura a la historia.
Las representaciones artísticas los muestran jóvenes, lo eran para nuestra percepción actual. Ella casi en los 50, él unos pocos años más. Pero, para su época, ya eran ancianos. Acá no se trata de un idilio amoroso, se trata de un encuentro maduro, de una elección que va más allá del deseo erótico. Y ni siquiera se trata de una pareja sino de aspectos energéticos del ser.
La boda alquímica sucede cuando ambos principios: el femenino y el masculino, pueden equilibrarse en conciencia. Dar y recibir no son ya una obligación sino la aceptación de la naturaleza, la afirmación en el camino. Esta unión representa la obra consumada, la realización personal, el saber que la plenitud se encuentra siendo uno mismo en cuerpo, alma y espíritu.
El retorno por mar
El camino de regreso es por mar porque, en los textos antiguos, el mar siempre ha sido el territorio del mundo emocional, el inconciente, lo que nos domina (y a veces nos mata) si no sabemos navegar las emociones más turbulentas.
“Volver a casa» es el desafío de transmutar los personajes, de encarnar la esencia, y encontrarse con uno mismo y con un otro que es competud, reflejo y camino.
El retorno al origen siempre es un viaje lleno de pruebas. La vida es una odisea. El destino final es el verdadero hogar, que, no está en Ítaka, sino en el exilio. Está más allá del horizonte, hacia donde siempre va el sol atardeciendo, hacia el oeste de todos los días, que, por ser final es también principio de Oriente eterno.
Penélope y Ulises nos muestran que hay algo más poderoso que el amor: la virtud. La templanza, la fuerza y la justicia en las pruebas ganan la sabiduría que sostiene el hogar, el centro inmutable, el punto de inicio y de retorno de todo viaje del alma hacia el encuentro de su luz.
La odisea es mucho más que el regreso al hogar. Es el itinerario de una conciencia que, para alcanzar la sabiduría, debe discernir entre conocimiento y propósito. El conocimiento puede instruir, el placer puede seducir, pero sólo la sabiduría le da sentido al viaje.
Puede parecer utópico, irreal, inalcanzable. Pero el heroísmo, hoy, a diferencia del mundo griego, no está en lo complejo sino en el reconocimiento de lo simple, del tesoro personal que conquistamos cada día cuando vivimos desde el alma y no desde el ego, cuando vemos en cada ser humano un camino posible y cuando atravesamos el dolor con humildad, aunque esto no nos lleve 20 años sino la vida entera.