Los caniches no pelechan

Vuelve al Mendo Pérez Grullo contándonos lo que vivió cuando fue llamado para investigar la desaparición de perros y unos niños en una céntrica arteria mendocina.

Con este relato inicio mi etapa de la vuelta al Mendo. El sitio que me permitió publicar entre otras cosas mis crónicas: hechos entre fantástico y surrealistas de la Gran Mendoza y sus alrededores.

Lo que voy a contar pasó en un tiempo indeterminado, incluso puede que aún no haya pasado. Es posible que mi alter ego, la persona real, reciba por medios electrónicos los mensajes de algún otro tiempo, o de una realidad ligeramente desfasada del presente. O solo sea mi imaginación desde un hospital psiquiátrico…. ¿Cómo saberlo?

Así fue que me encontraba con otras tres personas, un comerciante propietario de un local de una Galería de la calle Buenos Aires. Desde cuyo sótano accedimos a una serie de pasillos bajo tierra hasta una sala circular en cuyo centro se encontraba una escotilla de submarino otrora verde militar, con una inscripción que empezaba con las letras EA seguidas de unos números en blanco.

También me acompañaban dos encargados de los edificios que daban a la citada calle, entre San Juan y San Martín. Ellos relataron los hechos: desaparición de animales pequeños, la ausencia de ratas y pericotes y la reciente desaparición de unos niños pequeños y un bebé. Y también aportaron el contexto: el rumor de los viejos propietarios de la zona sobre construcciones subterráneas hechas por los militares en los setenta u ochenta. Y la premura de bajar a investigar teniendo en cuentas las denuncias a la policía.

Luego de abrir la escotilla, descendimos por una escalera de metal en los costados de una gran sala, cubierta de restos orgánicos. La pestilencia que nos acompañó al descender se hizo abrumadora. Nos pusimos unos barbijos y prendimos las linternas.

Era un depósito de animales de distintos tamaños y en diversos grados de descomposición. La mayoría con el cuero sobre los huesos. También restos hinchados y abiertos en canal exudando humor cadavérico. Las bocas abiertas desmesuradamente en los que conservaban la mandíbula inferior. Perros, de todo tipo, tamaño y color.

En los otros costados de la sala se dibujaban puertas tapiadas con escombros, salvo una, desde la que antes de prender nuestras luces, vimos un leve resplandor amarillento. Y alrededor de aquella apertura, restos casi frescos y despedazados de canes, con los vientres abiertos. El piso de todo el lugar tapado de humor viscoso marmolado en negro, ocre y rojo oscuro.

Señalé indicando en voz baja uno de los rincones. Apilados prolijamente sobre un piso despejado huesos humanos. Limpiados casi en la blancura, y rodeados con los restos de ropa teñida de negro.

Caminamos hacia el pasillo sintiendo nuestros pies pegándose al piso. En el corto pasillo la suciedad iba limpiándose a medida que accedíamos a la siguiente estancia.

Esta recámara era más grande. El piso de otrora baldosas estaba libre de restos. Y una decena de cuchetas triples, muy desvencijadas, sobre las que reposaban caniches rodeados de su propia pelambre. El techo abovedado, excavado en la tierra y del que colgaba un cable con foco incandescente prendido. Extraño, pensé. Y justo debajo de el una pelota de pelo limpio pero apelmazado con mosaicos blancos en su mayoría, marrones y negro. Dentro de cada mosaico el cuero disecado de un caniche. Esa cosa de la altura de un hombre, se asentaba sobre una gran alfombra del mismo material que llegaba los cinco metros de diámetro. 

Uno de mis acompañantes señaló hacia un costado, diciendo en voz alta: jaulas de criadero. Todas estaban vacías.

Al instante algunos de los perros levantaron las orejas y empezaron a gruñir.

Con mucha cautela me dirigí al centro, porque me percaté de una apertura de unos setenta centímetros de diámetro. Apunté con la linterna hacia adentro y vi una caniche toy preñada, con los ojos rojos, las piernas atrofiadas, respirando agitadamente. Colgaba de su pelo adherido a la pared opuesta a la entrada unos cuarenta centímetros, mientras que un par de perros jóvenes, limpiaban con su lengua la melena de esa madre. 

A sus pies, y en el piso los restos abiertos en su vientre de unos niños, y un bebé sollozando: aquí están los niños, dije en voz baja. La perra me miró y empezó a gruñir.

Un rumor de ladridos y patitas corriendo que iba en aumento me hizo poner de pie. Venía desde la pared opuesta. Miré a los otros. Estaban asustados. Y no nos dio tiempo a nada. De pronto un centenar de perros entraron en la recámara y se abalanzaron sobre mis compañeros.

Metí la mano tratando de alcanzar al bebé. No habían solo dos perros, otros tres salieron y todos comenzaron a morderme y tirar para adentro de mi brazo. Con esfuerzo extra logré sacar al niño. Los ladridos dentro del nido empezaron y la cacofonía de la manada comenzó a intensificarse.

Miré un túnel que se abría a un costado y me metí en el. Podía correr acurrucado. Pero antes, la manada me alcanzó y sentí tirones en mis piernas. Cesaron cuando ingresé. Luego de unos metros se continuaba en una pendiente importante, al cual entraba gateando. Con un solo abrazo ya que aferré el otro con el bebé a mi pecho. Luego de algunos minutos, llegué a una especie de estanque, con apenas espacio por arriba y un muro de escombros en el lado opuesto.

Con algo de trabajo me abrí paso entré en una acequia, abrí una tapa y salí a la cuadra donde empezó todo. Más allá dos patrullas atendían a mis compañeros. Varios vecinos los acompañaban y una pareja se acercó corriendo junto con un agente. Entregué la criatura a los padres. El bebé estaba manchado de sangre, me asusté, pero manaba de las heridas de mi brazo. Mis piernas también estaban lastimadas. Llegaron dos ambulancias y atendieron las heridas de todos. En el hospital, antes que me dieran el alta, y la indicación de vacunas antirrábica y anti tetánica, un conocido del ámbito militar, que me había ayudado en otros casos me estuvo haciendo preguntas. Este incidente provocó incomodidades en las autoridades castrenses.

Pasaron los días y aquella cuadra fue re pavimentada. Removieron casi un metro de tierra hacia abajo. Las estancias fueron rellenadas y los túneles tapiados. Los restos humanos llevados a la morgue y el destino de la decena de caniches que encontraron en estado de abandono llevados a otra sede, lejos de la provincia. Aquel lugar se habría usado como criadero desde un tiempo, me dijo. Estaban investigando dentro del arma, puesto que eran los únicos que conocían la ubicación y accesos a aquellas instalaciones.

-¿Y el resto de los caniches?-pregunté. No obtuve respuesta.

Pensé en uno de los datos sobre esa raza que más sabía: eran la tercera más inteligente después de los Pastores Belgas y los Border Collie. Y que por esas cosas de la evolución, la situación de hacinamiento de los criaderos clandestinos de generación en generación, llegaron a ser una colmena. Y aprovechando quizás uno de los caprichos de esos adorables pequeños, aprendieron a fabricar el nido: los caniches no pelechan.


Agradezco la colaboración de V3nu5 criatura semiélfica, artista y cultora de David Lynch, que cada tanto me ilumina con recomendaciones como Twin Peak. Y a Luz, una Toy que cuidé en los últimos años de vejez. Le tenía pánico a las peluquerías. Cuando le cortaba el pelo y la bañaba inspiró la idea una colmena de caniches.

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