Hay tragedias que ocupan la portada de todos los diarios.
Y hay tragedias que ocurren todos los días en silencio.
Una genera indignación nacional durante una semana.
La otra deja miles de sillas vacías cada año… y apenas unos minutos de atención.
En 2025, 5.209 argentinos se quitaron la vida. Fueron más de tres veces las víctimas de homicidios dolosos registradas ese mismo año. No estamos hablando de una estadística. Estamos hablando de miles de familias atravesadas por una ausencia que, en muchos casos, pudo haber encontrado otra historia si hubiera existido una prevención real.
Y mientras tanto, la contradicción se reproduce todos los días frente a nuestros ojos.
Prendemos la televisión para ver un partido de fútbol, un Mundial o cualquier gran evento deportivo y, una y otra vez, las imágenes se repiten.
Nos enseñan que la felicidad, el encuentro entre amigos, el festejo, y la pertenencia tienen indefectiblemente una cerveza en la mano. Como si el alcohol fuera el idioma universal de la alegría.
En paralelo, otra industria ocupa cada vez más espacio: las apuestas online.
Influencers, deportistas, figuras públicas y publicidades permanentes prometen adrenalina, dinero fácil y la ilusión de que el próximo clic puede cambiarte la vida.
Pero casi nadie muestra la otra cara.
La de las familias endeudadas.
La de los adolescentes atrapados en una conducta compulsiva.
La de las personas que desarrollan una adicción silenciosa.
La de quienes empiezan a convivir con ansiedad, desesperación, depresión y una sensación permanente de pérdida de control.
Sabemos, por la evidencia científica y por la experiencia clínica, que tanto los consumos problemáticos de alcohol como el juego patológico pueden coexistir con trastornos de salud mental y aumentar el riesgo de sufrimiento psicológico, especialmente cuando no existe detección temprana ni tratamiento oportuno.
Entonces la pregunta es inevitable:
¿Dónde están las campañas con la misma intensidad para prevenir el suicidio?
¿Dónde están los anuncios nacionales enseñando a reconocer una depresión?
¿Dónde están las campañas que expliquen qué hacer cuando un hijo empieza a apostar compulsivamente, cuando un amigo se refugia en el alcohol o cuando alguien cercano deja de encontrarle sentido a vivir?
¿Hace cuánto no ves al Estado hablando de salud mental con la misma intensidad con la que se habla de cualquier otra emergencia?
Pero sí existen campañas millonarias invitándonos a consumir.
Consumir la ilusión de que el próximo clic, el próximo vaso o la próxima jugada van a resolver lo que en realidad necesita tratamiento, escucha y acompañamiento. Vivimos rodeados de mensajes que normalizan conductas capaces de convertirse en consumos problemáticos.
Y, al mismo tiempo, vivimos en un país donde pedir ayuda psicológica o psiquiátrica sigue siendo, para miles de personas, una carrera de obstáculos.
Porque la salud mental dejó de ser un tabú y se convirtió en un privilegio.
La Organización Mundial de la Salud estima que más de mil millones de personas viven con algún problema de salud mental. Cada año, alrededor de 727.000 personas mueren por suicidio y la propia OMS insiste en que la prevención no depende únicamente del sistema sanitario: requiere políticas públicas sostenidas, educación, medios responsables y compromiso comunitario.
Cada número tenía un nombre, una familia, un proyecto, una historia que no llegó a escribirse completa.
Y mientras discutimos todo lo demás, hay una epidemia silenciosa avanzando frente a nuestros ojos.
La diferencia es que no hace ruido.
Hasta que alguien deja de estar.
NAVEGA SALUD (@navega.salud)