Durante siglos, la respuesta a la pregunta de quién gobierna realmente, no fue simplemente: el rey, el emperador o la asamblea. Detrás del gobernante existía algo más grande: los dioses, el destino, el orden cósmico, la voluntad divina: En definitiva, las fuerzas del cielo.
El faraón no era solamente un administrador de Egipto. El emperador romano no era solo un jefe político. Los reyes medievales no eran presentados únicamente como hombres que habían llegado al trono. El poder necesitaba una legitimidad que estuviera por encima de los hombres.
Gobernar era representar un orden superior. Quizás por eso la historia de la política y la historia de las religiones se encuentran tantas veces en el mismo lugar.
Del Templo al Palacio
En las civilizaciones antiguas, sacerdotes, astrónomos y gobernantes formaban parte de un mismo universo simbólico. Quien conocía los movimientos de los astros podía determinar calendarios, ceremonias, épocas de cosecha y festividades. Quien interpretaba los signos celestes podía convertirse también en intérprete de la voluntad divina. El cielo era, entonces, algo más que aquello que estaba sobre nuestras cabezas. Era un lenguaje, y leer ese lenguaje otorgaba poder.
El esoterismo aparece precisamente en esa frontera entre lo visible y lo invisible, la convicción de que, detrás de la realidad cotidiana, existe un orden más profundo; y de que determinados símbolos, rituales o conocimientos permiten aproximarse a él. Eso no significa que detrás de cada gobierno haya existido un grupo secreto que maneja los hilos del poder. Esa es una consideración simplista.
Lo que sí puede observarse históricamente es que el poder político ha recurrido una y otra vez a símbolos religiosos, cosmológicos e iniciáticos para explicar su propia legitimidad: la corona, el templo, la columna, el sol, el águila, la estrella, el juramento, la silla del trono, la ceremonia.
El poder siempre necesitó una escenografía, pero también necesitó una metafísica.
El sueño del cielo en la tierra
La idea de que el mundo terrenal es el reflejo de un orden superior y que la armonía con ese orden es lo que determina el éxito o el fracaso, es transversal a muchas tradiciones religiosas.
En el cristianismo aparece condensada en una frase conocida por millones de personas: «hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo». En determinadas corrientes del judaísmo, la relación entre la conducta humana, la ley divina y la transformación del mundo material adquiere una importancia central. Y en el hermetismo, encontramos una concepción diferente pero relacionada: el universo posee correspondencias; lo de arriba y lo de abajo no están completamente separados.
Estas cosmovisiones ofrecen lenguajes diferentes para una misma cuestión planteada desde el Génesis: fuimos creados a imagen y semejanza del creador (cualquiera sea) y tenemos potestad sobre todo lo creado conforme a la voluntad superior que nos ha sido conferida por ese creador.
Hijos de un Padre celestial, vasijas de la luz infinita, microcosmos de un macrocosmos, todas esas son consideraciones religiosas y esotericas de lo que es el Ser Humano y cuál es su lugar en «La creación».
Milei y las fuerzas del cielo.
Una de las particularidades del actual Presidente es la manera explícita en que introduce categorías religiosas y espirituales dentro de su interpretación de la realidad política.
En junio de 2026, Milei participó en el homenaje al Rebe de Lubavitch realizado en el Palacio Libertad. Allí pronunció un discurso que vinculó explícitamente economía, moral y religión. El Presidente sostuvo que detrás de cada sistema económico existe una concepción moral y que, detrás de esa concepción, existe una respuesta a la pregunta sobre si existe un orden que trasciende al hombre. (https://agenciaajn.com/noticia/discurso-completo-de-javier-milei-en-el-homenaje-al-rebe-de-lubavitch-306538)
A partir de allí vinculó los valores judeocristianos con la vida económica y presentó la prosperidad material como consecuencia de una determinada consonancia espiritual.
En aquel discurso habló de Dios, del Génesis, de la Torá, de los Diez Mandamientos, del Paraíso y de la relación entre el orden divino y la organización material de la sociedad. Y fue todavía más lejos. Presentó al Estado como una posible sustitución del orden divino, al tiempo que consideró a los impuestos como contrarios a los mandamientos de «no robar» y «no codiciar los bienes ajenos»; y describió la construcción de una sociedad basada en libertad, trabajo y responsabilidad individual dentro de un marco explícitamente religioso.
Algo así sucedió también un año antes, en julio de 2025, cuando el Presidente inauguró, en Chaco, el templo evangélico más grande de la Argentina «Portal del cielo». (https://www.facebook.com/OPRArg/videos/discurso-del-presidente-javier-milei-en-la-inauguraci%C3%B3n-de-la-iglesia-portal-del/1270177494535357/).
Es difícil encontrar, en la política económica contemporánea argentina, una exposición tan directa de una concepción espiritual del orden social. Y eso merece ser analizado, independientemente de que uno comparta o no esa interpretación.
Mezclar política y religión no parece ser algo inocente o un simplismo vinculado solamente a la fe de un mandatario.
Cuando la política se convierte en una cosmogonía
Una cosa es utilizar una referencia religiosa para acompañar un discurso político y otra bastante diferente es sostener que existe una correspondencia entre orden espiritual y orden económico.
En ese marco, la economía deja de ser exclusivamente una cuestión técnica y pasa a ser también una cuestión moral, vinculada a su vez, con una determinada concepción del orden creado por Dios. Es allí donde la política comienza a tocar el territorio de la metafísica.
Más allá de su discurso, Milei también ha profundizado públicamente su vínculo con el judaísmo. En mayo de 2026 se reunió en Casa Rosada con el rabino Yehuda Kaploun y funcionarios estadounidenses. Y en marzo, durante una gala de The Algemeiner en Nueva York, vinculó su posición política con una defensa de valores que presentó como compartidos por Israel, Estados Unidos y las naciones occidentales.
No estamos, entonces, simplemente ante un Presidente que «habla de Dios», es un practicante religioso acérrimo, o quiere quedar bien con los creyentes. Se trata de la incorporación de conceptos religiosos a los fundamentos de técnica económica.
El regreso a lo sagrado
Durante buena parte de la modernidad se creyó que la política avanzaría hacia una progresiva secularización: la ciencia reemplazaría al mito; la razón reemplazaría a la revelación; el Estado reemplazaría al templo. Pero la historia nunca fue tan lineal. Cuando las viejas certezas desaparecen, el ser humano vuelve a buscar explicaciones que excedan lo puramente material. La política no escapa de esa necesidad.
El fenómeno Milei puede leerse dentro de ese retorno de lo espiritual al discurso público, no necesariamente como un regreso de la religión tradicional al gobierno. Sin embargo, el delirio místico, la esquizofrenia y el síndrome mesiánico, a veces bordean peligrosamente la frontera entre fe, espiritualidad y trastorno mental.
Milei no es el único que acude a las «fuerzas del cielo». Actualmente, en El Salvador, el presidente Nayib Bukele en todas sus apariciones públicas hace referencia a Dios, se dice católico pero tiene ascendencia musulmana. Todos los presidentes estadounidenses terminan sus discursos con una frase que hasta Hollywood reproduce como un mantra: «Dios salve a los Estados Unidos de América». Nicolás Maduro también hablaba de Dios y de Jesucristo con una vehemencia propia de cualquier predicador evangélico y, al igual que su predecesor, Hugo Chavez, consideraban a Estados Unidos como «el maligno».
De Hugo Chávez se dice que practicaba «santería», una creencia de orígenes africanos, y muchos católicos venezolanos atribuyen a esa práctica, los males que azotan al país. La última opositora al régimen venezolano, María Corina Machado, siempre cuelga Rosarios visiblemente expuestos en el cuello, algo que también es visible en Cristina Fernández de Kirchner desde su viudez y que recuerdan también el período místico de Elisa Carrió con sus crucifijos exorcisadores.
En México, dado el carácter mariano de esa sociedad, la invocación a la Virgen de Guadalupe está siempre presente y el anterior presidente, Andrés Manuel López Obrador, mostraba en sus conferencias de prensa diarias, los amuletos religiosos y estampitas con las que se «protegía».
Es respetable la fe de un mandatario, pero cuando esa fe se profesa de manera pública y se la utiliza para a justificar actos de gobierno, pareciera que se trata de un mecanismo de manipulación.
La paradoja
Durante siglos, la religión fue utilizada para legitimar el poder del monarca. Ya entrados en las democracias modernas, en las constituciones se designa claramente una religión “oficial” y se observa la práctica religiosa de los gobernantes. Hemos asistido, en nuestro país, a cuestiones bastante deleznables en relación a la coherencia religiosa de los presidentes.
La paradoja aparece porque la Constitución Nacional establece claramente que es el Estado el que declara la adhesión moral a un determinado modo de entender la relación de los hombres con la divinidad; pero este Presidente invierte la relación y declara que la divinidad establece un orden moral al que el Estado debe responder, so pena de ser inmoral. Ahora bien, ¿quién establece cuál es el orden moral de la divinidad?
Milei lleva el liberalismo económico al plano divino y le da una interpretación religiosa según las ideas, desde mi punto de vista bastante superficiales, de un judaísmo conservador que no aparece en su vida pública profesado de manera práctica y queda en un discurso vacío con la única intención de ganarse el favor de Estados Unidos e Israel; además de separarse del laicismo y de las prácticas más liberales de los grupos de izquierda.
En esta mezcla de consideraciones, el liberalismo se vuelve conservador y la izquierda, liberal.
El esoterismo
La utilización pública de conceptos bíblicos o la cercanía de un gobernante con una tradición religiosa no constituye, por sí misma, esoterismo. El esoterismo supone la búsqueda de significados ocultos, correspondencias, conocimientos reservados, interpretaciones simbólicas de una realidad que no se agota en lo visible.
El convencimiento de que la realidad material posee una dimensión invisible que puede darle sentido, es esoterismo. La idea de que las fluctuaciones del mercado responden al nivel moral de una sociedad, no.
Podemos mirar la política contemporánea y descubrir que, pese a la tecnología, las redes sociales y la inteligencia artificial, seguimos utilizando palabras como destino, misión, libertad, bien, mal, redención, sacrificio, esperanza y salvación.
Quizás cambiaron los templos sin que haya cambiado la necesidad de creer que existe algo por encima del poder humano. Por eso el título no es solamente una metáfora. «El Gobierno de las fuerzas del cielo» puede ser leído de dos maneras. Como la antigua aspiración de los gobernantes de legitimar su poder mediante lo sagrado; y como una herramienta retórica que aparece cuando un gobierno comienza a interpretar sus decisiones terrenales a partir de una determinada concepción del orden celestial, o cuando un gobernante empieza a considerarse un enviado de Dios para cumplir los destinos de una Nación.
La Argentina de Milei ofrece hoy un caso particularmente visible para observar ese fenómeno, porque una de las discusiones más antiguas de la humanidad —la relación entre poder, libertad, moral y Dios— volvió a entrar, explícitamente, en el escenario político.
La pregunta subyacente es ¿qué es lo justo? Y en la idea de responderla es que aparece la política como una herramienta de justicia humana y social, y pueden aparecer gobernantes que se consideren “ungidos” para encarnar este destino divino.
La relación entre religión, moral y poder es la que reinterpreta los símbolos que aparecieron en el amanecer de los tiempos, en función de la conveniencia para la dominación ideológica. Ya lo dijo Chomsky en el siglo pasado: quien domina el discurso, domina el pensamiento. Y la idea de la libertad, en un tiempo histórico atravesado por una crisis de valores, de liderazgos y de instituciones, resulta muy seductora pero también muy peligrosa.
Los límites son los que le dan a la libertad su verdadera dimensión. Darle al Estado una dimensión diabólica que cercena la libertad humana individual es promover la anarquía y eso no está alineado con la pretensión de emular en la Tierra el orden divino, sino, paradójicamente, todo lo contrario.
Religión y Estado asuntos separados
Cada quien puede resolver a criterio personal si la fe de un presidente debe, o no, influir en sus decisiones políticas. Pero no podemos ser indiferentes a declaraciones religiosas como fundamento de políticas de Estado de un gobierno democrático.
Ya lo dijo Jesús de Nazareth: «A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César». Él fue el primero en esta idea de que el poder divino no tiene nada que ver con el poder terrenal, que el ser humano pertenece a ambos planos y que, en cada uno, debe cumplir con las obligaciones en los términos correspondientes. No mezclar una cosa con la otra equivale a entender que la libertad moral no equivale a evadir impuestos, y que el Estado no es el maligno quitando libertades sino justamente evitando que unos abusen de otros.
Por el momento, los gobiernos más justos no parecen ser los más religiosos..Y estoy convencida de que la justicia, en términos morales, no tiene que ver con el merecimiento sino con una actitud frente al desfavorecido.
En cuanto a qué es «las fuerzas del cielo», tanto en un plano como en el otro, asistimos a la dualidad. Por tanto, bien y mal, justo o injusto, oscuro o luminoso, no son concepciones abstractas sino consideraciones subjetiva y culturales que dependen de qué lado de la dualidad uno se considera, que no es necesariamente el que se considera desde el «otro lado».
Así que cuando se invoque a las fuerzas del cielo, saber que tanto arriba como abajo, están las dos fuerzas y qué solo quien las invoca sabe a cuál de los lados está sirviendo. Y en esto vuelvo al Maestro de Maestros: «Por sus frutos serán reconocidos».
Este espacio es auspiciado por las fuerzas de la tierra:
