ESCENARIO: UN CLUB PRIVADO EN RECOLETA (3:45 AM)
El humo azulino de los Cohiba Espléndidos flotaba denso sobre la mesa de mármol negro del reservado VIP. Al fondo, a través del terciopelo carmesí, se oía el murmullo amortiguado de la noche de Recoleta. Sobre la superficie espejada descansaban dos vasos de cristal baccarat con Macallan 25 años, la silueta estilizada de dos acompañantes de alta costura conversando en voz baja, y un plato de porcelana con finas líneas de cocaína colombiana pura, cortadas con la precisión de un cirujano.
De un lado del sillón de cuero estaba Aníbal Asterión «El Sombra», luciendo su impecable traje de tres piezas corte italiano, ajustándose los gemelos de plata mientras su cabeza de chacal recortaba una sombra afilada contra la pared. Enfrente, envuelto en una gabardina desaliñada, despeinado y secándose la nariz con un pañuelo, se sentaba El Moloch, encarnado esta vez no como un dios pagano, sino como un intelectual provocador de la izquierda psicoanalítica al más puro estilo Žižek.
EL DIÁLOGO
El MOLOCH: -Husmeando ruidosamente, pasándose la mano por la frente mientras contempla la línea en el espejo —¡Pero es que exactamente de esto se trata! Y así sucesivamente… Fíjate en este lugar, Asterión. Creés que estás ejerciendo tu sagrada libertad individual de la Escuela Austríaca, ¿no? Pagás diez mil dólares por este reservado, tomás whisky de malta, consumís la nieve más pura de los Andes y te rodeás de belleza tarifada. Y sin embargo, la pura verdad lacaniana es que no hay nada más servil que tu ilusión de autonomía. El Capital no te está dando libertad; te está dando el permiso ideológico para gozar de tu propio síntoma mientras se inclina y aspira una línea con ímpetu. ¡Ah! ¿Entendés el punto? La jouissance pura.
ANÍBAL ASTERIÓN: – Con calma, haciendo girar el hielo en su vaso sin perder la elegancia —Tu problema, mi querido Moloch, es que seguís atrapado en la neurosis colectivista del siglo XIX, llamás ideología a lo único que ha rescatado a la humanidad de la miseria biológica: el orden espontáneo del mercado. Físicamente, este club, el tabaco de la Vuelta Abajo, el flete de la sustancia que acabás de aspirar y el contrato voluntario de cada persona en esta sala son el resultado de millones de decisiones individuales coordinadas sin necesidad de que un burócrata estatal ponga su sucia mano encima. La Sociedad Mont Pelerin no inventó nada; solo describió la soberanía del individuo. El Estado es el verdadero monstruo coercitivo, el verdadero Moloch que engulle el fruto del trabajo ajeno bajo el pretexto de la justicia social.
El MOLOCH: Lanzando una carcajada estridente y acomodándose el cuello de la camisa —¡Ja! ¡Hayek en un prostíbulo de aristócratas! ¿No ves la suprema ironía dialéctica? Decís que el Estado es la coerción, pero necesitás a la policía del Estado en la puerta de este club para que los marginados del conurbano no entren a quemarte el Macallan. Tu orden espontáneo es una fantasía de gabinete. La propiedad privada que defendés con tanto ímpetu libertario requiere la violencia estructural del sistema para existir. ¿Por qué creés que la mercancía es tan deseable? No por su utilidad marginal, sino porque está cargada de la culpa que intentás tapar con este whisky. Tu liberalismo es el anestésico moral del privilegio.
ANÍBAL ASTERIÓN: Inclinándose hacia adelante, sus ojos oscuros fijos en la penumbra —Te equivocas de plano. La culpa es una invención del resentimiento igualitario. El mercado no juzga la moral; juzga el valor subjetivo. Quien está dispuesto a arriesgar, a producir y a intercambiar, crea civilización. Lo que ustedes la izquierda llaman violencia estructural no es más que la inevitable desigualdad del talento y el esfuerzo. Querés igualar hacia abajo porque te aterra el abismo de la libertad personal. Preferís la tiranía de una burocracia planificadora que le diga a la gente cómo vivir, antes que aceptar que el ser humano es el único dueño y responsable de su propio destino, El colectivismo es la adicción de las mentes cobardes a los peores escenarios posibles.
El MOLOCH: Con una sonrisa cínica, señalando con el puro encendido la copa de Asterión —Pero Asterión, mi amigo… ¿quién es el verdadero cobarde aquí? ¿El que analiza las contradicciones destructivas de un sistema que consume el planeta como un fuego insaciable, o el que se refugia en la metafísica del libre mercado mientras la casa se quema? Tu individuo soberano es un mito… Mirate: dependés del insomnio, del lujo y del exceso para sentir que existís fuera de la máquina, Tu libertad es solo la libertad de elegir la marca de tu propia cadena.
ANÍBAL ASTERIÓN: Levantando su vaso en un brindis helado —Tal vez. Pero prefiero elegir la marca de mi cadena en una noche de seda en Recoleta, que dejar que un comité central elija por mí la marca de mi yugo en un gulag. Al final del día, Moloch, la diferencia entre vos y yo es simple: vos teorizás sobre la revolución mientras gozás de los placeres del capitalismo… y yo disfruto del capitalismo sin pedirle perdón a nadie.
El MOLOCH: Dando un golpe seco en la mesa que hace vibrar las copas de cristal baccarat, secándose la nariz con vehemencia e inclinándose hacia la bandeja de plata —¡No, no, no! ¡Escuchame bien, Asterión! ¡Ahí está tu trampa! Tu praxeología de Mises es una teología secularizada. Decís que toda acción humana es racional porque busca pasar de un estado menos satisfactorio a uno más satisfactorio. ¡Pero eso es una tautología absurda! ¿Qué determina ese deseo? ¡El Inconsciente! ¡El objet petit a de Lacan! Vos creés que este ejecutivo que paga diez mil dólares en este reservado está ejerciendo su libre elección soberana. ¡La pura verdad es que su deseo es el deseo del Gran Otro! El mercado no descubre el valor subjetivo: construye la falta, fabrica la neurosis y le vende al sujeto la ilusión de que consumiendo esta sustancia o este whisky va a tapar la grieta de su castración simbólica, mientras se pasa la mano por el pelo, soltando una carcajada sarcástica, Tu hombre económico es un títere articulado por el lenguaje y el fetiche de la mercancía.
ANÍBAL ASTERIÓN: Acomodándose la corbata de seda con lentitud, tomando un sorbo corto de Macallan antes de fijar su mirada en el Moloch —Tu problema, Moloch, es que necesitás reducir al ser humano a un autómata biológico sin alma para justificar la existencia de tu casta de intelectuales colectivistas. Invocás a Lacan y a Freud para transformar la responsabilidad individual en una patología clínica. Pero hablemos de economía real, no de charlatanería de diván. En 1920, Ludwig von Mises demostró matemáticamente el Problema del Cálculo Económico: sin propiedad privada y sin precios libres formados por la oferta y la demanda, es técnicamente imposible asignar recursos de manera racional. Podés recitar el seminario de Lacan hasta que amanezca en la Avenida Alvear, pero ninguna jerga psicoanalítica puede calcular el precio de una tonelada de trigo o de un antibiótico sin la señal del mercado. Tu modelo necesita el terror porque no puede resolver la aritmética básica.
El MOLOCH: Inclinándose frenéticamente hacia adelante, con los nudillos blancos sobre el mármol —¡Ah! ¡El famoso argumento del cálculo! Pero mirá a tu alrededor, Asterión… ¿qué está calculando este mercado perfecto tuyo en este preciso instante? ¿Calcula cómo erradicar la miseria en las villas del conurbano, o calcula la tasa de retorno de la especulación financiera mientras la mitad del país no llega a fin de mes? El mercado no asigna recursos donde se necesitan; asigna recursos donde el margen de plus-de-jouir es más alto. Este sistema requiere la existencia estructural de la miseria para que el privilegio de este reservado tenga algún valor. ¿De qué te sirve la libertad de elegir Friedman si la mayoría solo tiene la libertad de elegir entre aceptar un salario de hambre o morirse bajo la lluvia?
ANÍBAL ASTERIÓN: Con una sonrisa afilada que deja entrever sus colmillos en la sombra —Confundís la escasez natural con la injusticia social. La naturaleza no nos dio abundancia; nos dio miseria y supervivencia, Lo único que sacó al noventa por ciento de la población mundial de la pobreza extrema en los últimos doscientos años no fue la dialéctica marxista ni los discursos de los demagogos: fue la acumulación de capital, la propiedad privada y la innovación impulsada por el beneficio individual. Lo que vos llamás miseria estructural en la Argentina es el resultado directo de ochenta años de tu medicina: emisión monetaria descontrolada, regulaciones asfixiantes, corporativismo y un Estado elefantiásico que saquea al que produce para mantener una clientela adicta al subsidio. Le echan la culpa al capitalismo por los males que causa el propio estatismo.
El MOLOCH: Sirviéndose tres dedos de whisky con la mano temblorosa y señalando a Asterión con el vaso —¡Pero si tu capitalismo puro es un mito de la Sociedad Mont Pelerin! ¿Quién defiende tus contratos de propiedad privada cuando la cosa se pone fea? ¿Quién sostiene las patentes de las farmacéuticas? ¿Quién salvó a los bancos en la crisis del 2008? ¡El Estado! El monopolio de la violencia legítima. Tu mercado libre es un parásito que necesita el invernadero del poder estatal para no derrumbarse. Te llena la boca la palabra libertad, pero en el fondo sabés que tu orden requiere la policía en la puerta de este club para que los marginados no vengan a reclamar su parte del banquete.
ANÍBAL ASTERIÓN: Inclinándose hacia adelante, apoyando ambos antebrazos en la mesa, con una voz profunda que domina la habitación —Te equivocas trágicamente, Moloch. Salvar a los bancos con dinero de los contribuyentes no es capitalismo: es socialismo para los ricos, es mercantilismo de amigos, el mismísimo monstruo que Hayek y Rothbard denunciaron toda su vida. En un mercado verdaderamente libre, el empresario que se equivoca quiebra y paga con su propio patrimonio. No hay salvatajes estatales. Y respecto a la desigualdad: Nozick lo demostró con absoluta elegancia, Si diez mil personas pagan voluntariamente su entrada para ver a un artista brillante, la desigualdad resultante es justa porque nace de transacciones libres entre adultos consentidores. Para impedir esa desigualdad, el Estado tiene que intervenir continuamente con la fuerza, prohibiendo a la gente comerciar libremente. Tu utopía igualitaria requiere un estado totalitario permanente. Eliges la tiranía del comisionado político; yo elijo la libertad trágica del individuo.
El MOLOCH: Permaneciendo en silencio por unos segundos, mirando las líneas blancas en el espejo, con la respiración agitada y una sonrisa amarga —La libertad trágica… qué bella frase para adornar el cinismo. Al final, Asterión, tu filosofía no es más que el derecho supremo del depredador a devorar a la presa en nombre de las leyes de la física.
ANÍBAL ASTERIÓN: Levantando su copa en un gesto de elegancia absoluta —No, Moloch. Es el derecho del individuo a no ser devorado por la manada en nombre de una utopía que solo produce cementerios, Salud por el mercado, mi estimado enemigo. El único lugar donde incluso dos monstruos como vos y yo podemos sentarnos a negociar en paz una excusa para coexistir.
El banquete de los monstruos: derecha Mont Pelerin vs la dialectica del Moloch
En las penumbras de un reservado exclusivo de Recoleta, entre el humo denso de los habanos, el reflejo del whisky y los vestigios del exceso, dos visiones irreconciliables del mundo
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