«Educar por vocación, sobrevivir por milagro: sueldos que enseñan a renunciar.»

Los docentes de la provincia de Mendoza atraviesan un momento crítico. Un gran número de profesionales se ha retirado del sector debido a los bajos salarios percibidos durante estos últimos años. Desde el sindicato advierten que la política económica actual desatiende los valores inflacionarios que impiden a miles de trabajadores llegar a fin de mes.

¿Cómo puede un educador cumplir su rol si el Estado lo invalida?

Cada comienzo de ciclo lectivo trae aparejadas diferentes tareas: elaboraciones de planificaciones anuales por curso, programas renovados, material de lectura, actos asignados, etc. Sin embargo, el trabajo realizado no forma parte de la praxis diaria del docente de manera “explícita”. Es decir, ocurre en el aula una especie de “currículo oculto” que se elabora desde el anonimato y es desconocido por el resto de los espectadores. En muchos casos, el docente se convierte en el arquitecto del sistema, donde cada grieta que tiende a desmoronar lo construido se sostiene con la “vocación” del mismo, descuidando una parte fundamental del proceso de enseñanza-aprendizaje: la motivación afectiva y económica.

En un informe reciente, la UNESCO advierte sobre la crisis del personal docente. El documento detalla que el mundo se enfrenta a una grave escasez de profesionales frente a diversos factores: salarios bajos, sobrecarga laboral, violencia en las escuelas, falta de reconocimiento, entre otros. Frente a todo lo detallado por la organización, es importante no descuidar los contextos donde se toman las decisiones que profundizan la crisis de los sistemas educativos. En Argentina, el gobierno del actual presidente Javier Milei ha dado serias muestras de la crisis presupuestaria que vive el sector, donde la educación pública no puede garantizar la movilidad social ascendente, como en otros tiempos. El resultado es significativo: cientos de estudiantes, graduados y profesores apostados en las calles, marchando por su defensa y exigiendo que el Estado garantice el acceso al nivel superior y mejoras en los sueldos de los claustros académicos.

En definitiva, la lucha por la dignidad docente es un bucle recursivo en la historia de nuestro país. Son momentos definitorios para el futuro de nuestras generaciones y de millares de educadores que solo piden vivir con dignidad. No alcanza con la buena voluntad, la tiza y el libro en mano. Son horas fuera del horario laboral destinadas a planificar, corregir y capacitarse. Momentos clave, dentro y fuera del aula, donde se decide sacar el “mango” que queda para comprarle una tortita al estudiante que ha tenido la valentía de decirte “profe, tengo hambre”. La empatía de escuchar, acompañar y educar en un contexto donde la escuela se ha convertido en una manifestación de las angustias y flagelos sociales. ¿Y qué hacemos con esto? ¿Quiénes son los responsables de esta nueva “fuga de cerebros” que vive nuestro sistema?

Recobrar la idea de Galeano es un imperativo hoy. Sentirnos dentro de un “mar de fueguitos” y creer que podemos encender a todo aquel que se nos acerque, sí, es tarea de un yo plural, no individual. Nadie puede construir “un camino al andar” en solitario. Necesitamos del otro. La educación necesita de la reflexión colectiva para continuar de pie y en resistencia.

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