Chaleco de flores – 5

"...y volvió a bañar su rostro del nappage de luz de mis lamparitas de feria que colgaban de la galería de casa..."

Después de que Paula me dijera de que había una mujer deambulando por las noches en casa tuve que confesarle que me daba un poco de miedo volver a casa. Y tuve que confesarle que creo en los fantasmas. Y tuve que… tuve que pedirle que me acompañe, y por suerte creyó que todo era un pretexto para que duerma en mi casa esa noche, porque temía que se me notara el tremendo miedo que tenía. Pero Paula tuvo una buena idea, que la dijo como si fuera la más natural y evidente: “espiémosla desde mi ventana”. Claro, ¡era lo que hacía cada noche!

Acovachados por debajo de la línea del antepecho de la ventana de ese pequeño estar que se hacía pasillo en su casa, y con la luz apagada, mirábamos por la ventana.
¿Venís todas las noches? –pregunté en un susurro; ella me miró.
–Podés hablar en voz alta, no se escucha desde tu casa.
Volví mi mirada a la ventana. Y luego la volví a mirar. Paula miraba mi casa. Su cara se pintaba de un amarillo cálido muy lindo. El resto de su cabeza en una penumbra total. Sin notarlo me acerqué tal vez medio centímetro hacia ella. Me sentía atraído como un imán hacia esa mujer, pero era inevitable sentir que a ella no le pasaba nada. ¡Nada conmigo!, porque le pasaba todo con el espectro que merodeaba mi casa mientras yo dormía. Ese pensamiento me puso la piel de gallina. Me acerqué casi un medio centímetro más.
Cuando te venís a esta ventana a mirar, ¿tomás algo, o te quedás así… así como de combate, como de trinchera de la Segunda Guerra…? –le volví a susurrar. Me miró sin tanta paciencia.
–Así… como de combate –respondió sin una sonrisa . Aunque sentía cierto hartazgo a mi atracción, me acerqué un poco por detrás de su oído y le susurré.
¿Podría venir todas las noches a ver mi casa por tu ventana?
Ella me miró con sorpresa. Otra vez fallaba.
–Es que hace mucho que no me sentía tan bien…
No fue el mejor piropo. No, no lo fue. Sentí que era capaz de levantarse, prender la luz y echarme de su casa, pero en cambio, sonrió. Finalmente sonrió, y volvió a sumergir su cara en esa aguada lumínica vertical que le embadurnaba la cara de un discutible color sambayón.
–Ahí está… –susurró esta vez Paula.
Me asomé y la vi. Era una sombra entre otras sombras de la casa.
No puedo distinguirla. ¿Cómo hacés para poder verla?
Pero la respuesta llegó de inmediato, cuando prendió la luz. Me quedé sin palabras. No lo podía creer.
¿La conocés?
Nop.
Yo no podía con la sorpresa. Era una belleza, ¡era una mujer lindísima! ¿Qué hacía por las noches en mi casa? ¿Qué buscaba? ¿Hace cuánto tiempo que vivía a mis espaldas en mi propio hogar?
¿Hace cuánto tiempo que la ves, Paula?
La descubrí hace dos semanas. No sé hace cuánto que anda metida en tu casa.
¡Dos semanas! ¡Pero esto es una locura! De pronto Paula ya no me generaba nada. ¡Había una belleza impresionante merodeando las noches en mi propia casa! ¡Y parecía estar en una suerte de pijama! ¡Es que todo era morbo! Una historia fascinante estaba por comenzar, ¡incluso aunque sea un fantasma! No sé, ya no tenía miedo.
Bueno, Paula, me voy a ir yendo a casa –le susurré. Paula me miró.
Pero ¡cómo vas a ir ahora si está esta chica sentada en el living de tu casa! ¿O querés que vayamos juntos y la arreste? –me susurró Paula.
Arrest… ¿¡¡Qué!!? ¡De ninguna manera! ¡Era una belleza!
No, Paula, no quiero arrestarla. Debe ser una chica con necesidades…
¡Calentón! ¡Sos un pelotudo calentón! –Paula me susurraba una especie de grito mudo.
No es por calentura, Paula…
¡Claro que es por calentura! Escuchame, Priestley, una mina que se te mete en la casa por las noches sin ningún temor no es joda. ¡Pensalo con tu cabeza de arriba, pelotudo!
Desde hacía unas dos o tres oraciones Paula me caía mal. Era un obstáculo que me había autoimpuesto yo. Hasta esa noche, la chica misteriosa y yo convivíamos tranquilamente. De pronto Paula era lo mismo que una vieja de ochenta años.
–Paula, me fui. Gracias por todo –le dije ya sin susurrar.
–¡Marcos…! –dijo, pero ni se levantó de su guarida nocturna. Yo solito caminé hasta la puerta, abrí la puerta, salí y la cerré. Apenas di los primeros pasos hasta mi casa sentí un rayo de miedo que me atravesó el cuerpo de arriba abajo. ¿Quién carajo era esta mina! Y ¿qué hago? ¿Entro como si nada? ¿O entro rápido así la agarro sentada en el living? Abrí la puertita del semi patio del frente de casa y me detuve frente a la puerta de mi casa.

Realmente no sabía qué hacer. Estaba claro que al entrar la iba a ver, y verla podía significar que todo se acabe. Y para mí esta historia ¡acababa de empezar! Me quedé de pie frente a la puerta un rato más, hasta que sentí la puerta de Paula que se abría.
–Dale, cagón. Entrá que algún ruido hiciste y desapareció. Fijate a dónde se esconde.
¡Qué!! Abrí enseguida y entré. La casa estaba en penumbras, ¡tenía razón Paula! Fui corriendo al living y prendí la luz. Nadie. Enseguida sentí un movimiento detrás de mí y me giré enseguida.
–No, nada. Ya se escondió –dijo Paula que entraba detrás de mí.
Sentí que se me vaciaba el alma por el dobladillo de mi jean. Estaba por vivir una inmensa historia de amor, y de pronto todo se me escurría de las manos.
–¿Querés que me quede a dormir en tu living? –me preguntó Paula. Es increíble, pero de pronto Paula era más un inconveniente que un pretexto de calentura. Con Paula, Gasparina, mi fantasma favorita, no iba a aparecer nunca.
–Paula, no te molestes. Esta chica ya debe estar en la ruta 226. Gracias igual.

Fue raro. Cuando Paula se fue lo primero que hice fue cerrar la cortina del living que daba a lo de Paula. No quería que me viera sentado en el living intentando conciliar el sueño, esperando que esta llorona tandilense apareciese por detrás y me dijera que estaba para mí por todas las futuras noches. Estuve como media hora en la absoluta penumbra para ver si escuchaba algo, un ruidito, cualquier cosa, pero era obvio que si ella estaba en la casa sabía que yo estaba despierto. Me levanté y me fui al cuarto. Me preparé, fui al baño, me lavé los dientes, volví y me metí en la cama. Apagué la luz. Ya nada era igual. Por más que me divertía la historia de la chica en mi casa, estaba intranquilo. Si esta mujer podía entrar en casa, cualquiera podía entrar también. Cualquiera me podía matar por la noche, o desvalijarme la casa, que no sé si era peor. Pero es que si en dos semanas, o en más de dos semanas, nunca la escuché es que no se queda en la casa. Esta chica entra y sale. Pero ¿por dónde…?

No sentía miedo. Al contrario, sentía algo parecido al despecho. Estaba enojado con mi fantasma. Y era absurdo enojarme con ella. No me podía dormir. Puse Spotify en el teléfono bien bajito, lo configuré para que se apague en una hora, puse la Suite de Bach número 3 en Re mayor y dejé que sus violines me lleven flotando hasta la madriguera de mi llorona tandilense y que la rodeen con sus vertientes de pentagrama de cinco hilos hasta sentirle el calor de su piel, el aroma de su pelo, la tersura de sus senos… y entre esos tres minutos de flamear por los pasillos de mi casa buscando a la Venus naciente y yaciente de la paleta de su Sandro, me dormí.

(Continuará…)

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