Chaleco de flores – 1

"...Estando en la penumbra del living la luz de su vestidor se prendió como los faros de un auto que se encienden en la noche y rompen violentamente la oscuridad..."

–Los escritores escriben de lo que carecen –me dijo, Toni, mi editor.
–Te voy a demostrar lo contrario –le dije–. Yo voy a escribir de lo que tengo. De todo lo que tengo.
–Va a ser un bodrio, Marcos. No jodas que necesito una novela.
–Voy a escribir de un tipo que no le falta nada, Toni. Vas a ver

A veces me pasa eso. Reconozco que soy un pelotudo, pero no lo manejo, no puedo evitarlo. Yo en el fondo también creo que todo escritor escribe de lo que carece. Una anécdota, una experiencia, ya no la tengo, la tuve; carezco de ella. La recuerdo, la añoro o le temo, pero ya no la tengo. Una historia inventada… no sé. Pero cuando escribo sobre lo que me pasa, como un diario, o sobre la actualidad, es un bodrio, como dice Toni. Y yo, como un pelotudo, voy y le digo que voy a ser un ultra genio y voy a hacer algo que a todos los escritores del mundo les costaría un montón.

Tandil es una ciudad helada. En invierno hace mucho frío. Un frío innecesario, ostentoso. Un frío del que se habla mucho, ¡se destaca por ello! Es una de las ciudades más frías del país, pero a nadie le sirve. No hay nieve, no hay pistas de patinaje de hielo, pero ahí está, helada. Me bajo de la camioneta y veo por la calle los frentes de las casitas apoyadas en sus veredas largando en bocanadas aquellos suspiros grises de sus chimeneas, y al fondo como un tren, o como una ballena inmensa que va pasando, la sierra.

Entro a casa, prendo las luces, voy a la cocina, agarro una copa, la miro, y la dejo. Busco un vaso y me sirvo un poco del vino del fin de semana que aún duerme en la heladera. Entro al living, coloco alguna leña, diarios, fósforos… Cada vez que viajo a Buenos Aires, al volver cuesta prender la chimenea. Se apaga y se congela. Todo se congela en Tandil. Entonces no sólo se trata de encenderla, sino de que además se calienten sus paredes, luego el aire, el conducto… Al fin se encendió. Me dejo caer en el sillón frente a aquella pequeña pira donde suelo quemar mis soledades, y vuelvo a entretenerme pensando en lo pelotudo que soy. Por la ventana veo que se enciende la luz en la casa de mi vecina. Llegó Paulita.

Paula es joven, no sabría decir si tiene veinticinco… veintisiete años, y alquila una casa que está muy buena. No tengo ni idea a qué se dedica, muchas veces me lo pregunto. Debe tener algo: un negocio, un local… Paulita es linda; tiene un buen físico, normal, es linda, normal, pero es muy atractiva. Muy. Es simpática. Cuando me mudé a esta casa la descubrí de inmediato. Estando en la penumbra del living, como ahora, la luz de su vestidor se prendió como los faros de un auto que se encienden en la noche y rompen violentamente la oscuridad, así se encendió su presencia aquella vez. Nada; iba y venía, pasaba en remera, en pijama, en toalla con turbante, en camisón… Llegó un momento en que me acostumbre. Se me fue la ansiedad de la espera a un accidente, un descuido, y empaparme del rocío casual de su distante desnudez. No, jamás nada. Y al final terminó siendo lo mismo que Beltrán Cuestas, el Border Collie de los Carletti, mis otros vecinos. Sí, tiene nombre y apellido. Cuando lo retan le hablan por el apellido. Beltrán vive para espiarme. Los Carletti se aburrieron de él, o tal vez creen que es como una mesa o un cantero de su patio. Yo lo saludo todos los días. Es mucho más simpático que Paulita. Incluso he llegado a pensar en tener un Beltrán, un lindo Border Collie que me espere con tanta alegría… Y una Paulita… que también se encienda por las noches, como su ventana.

Volví los ojos a la chimenea donde me esperaba el dilema de cómo escribir de lo que tengo. Cómo escribir de lo que me abunda y que sea entretenido. Muchas veces dudo de qué tal soy como escritor. Empecé escribiendo y ganando un premio. Pero después, cuando te iniciás en esto de escribir, cuando lo que fue tu meta pasa a ser tu vida diaria, le ves el dobladillo. Es normal que pierda un poco su encanto. Hay genios, hay mediocres, y, sobre todo, hay un tremendo aparato de marketing que es la usina de cada sector que produce algo en cualquier sociedad. Lo que a mí me produjo la duda, mi inseguridad, fue un comentario, algo sin importancia pero que fulminó mi confianza. Cuando me llamaron de la editorial para contarme de la edición del libro, de las repercusiones, todas eran buenas. La gente hablaba bien de la novela. Sin embargo, en un momento, medio como al pasar, Toni me pide que trabaje mi imagen, que haga algún deporte, que me anote en el gimnasio. A mí me extrañó porque en general los escritores son la gente más fea y desalineada del mundo, algo que me atraía del rubro, poder ser yo sin fingir nada, pero insistió y lo justificó con que los tiempos están cambiando y que no lo dice él, lo dicen los jefes, y que tu abuela en tanga y qué se yo cuánto. Y eso me quebró algo por dentro. A donde voy a firmar libros no dejo de ver a los especímenes de anteojitos de colores, con sus sacos marrones viejos, sus pantalones de corderoy con las rodillas gastadas, las mujeres con sus anteojos de culo de botella, suetercitos tejidos con lanas de ocho colores: amarillo, verde, rosa, azúl, violeta… y las colitas del pelo agarradas con brochecitos de chapa con las caritas de Daisy y Minnie. Los zapatos de los tipos, algunos con esas sandalias de cuero y medias blancas de toalla, pantalones grises de oficina y una remera amarillo-lavado con lo que se entiende de un dibujo gastado con el nombre de un balneario de La Pampa ya inexistente… Y yo fitness, ropa nueva… Es inevitable pensar que a lo que falta hay que compensarlo con otra cosa.

Desde ese comentario de Toni nunca más estuve del todo cómodo haciendo lo que hago. Siempre tengo un pero para cada trabajo, nada me parece del todo bueno. Sin embargo vivo, me va bien. El vino es bueno, no me acuerdo quién lo trajo al asado del fin de semana. Desde que me senté que estoy con ganas de fumarme un cigarrillo, pero fumo afuera, en el jardín, y entre el frío y…

Timbre.

¿Timbre? ¿Martes a la noche? ¿Quién será? Me acerco a la puerta y ya me imagino quién es.
–¿Cómo estás, Samy? ¡Qué lindo verte! Llegué hace un rato.
–¿Cómo estás, Lindo? Vi tu camioneta y paré. ¡Qué bueno que te agarré justo! ¿No cocinaste ninguna de tus maravillas, no?
–No, Samy. ¿No comiste? Vení. Pidamos algo.
Fuimos a la cocina y saqué dos copas. Adiós vasito de vino, empezamos con las copas.
–¿Qué hacías en Buenos Aires? ¿Laburo? Bah, ¿estabas en Buenos Aires, no?
–Sí, me reuní con Toni…
–Toni, qué divino… ¿Sigue igual de pelotudo que siempre?
–No es un pelotudo, Samy.
–Es re pelotudo.

Samy es divina. Es linda, pero sobre todo es una buena mina. La miro moverse y me gusta. Intenté enamorarme en su momento pero estoy con una abulia amorosa. Un manto de tedio que me cayó hace un tiempo como una helada matutina y me congeló la empatía. Es que estar en pareja me muestra lo que soy, y no sé si me gusta este Marcos fitness que escribe y se compra camisas cada tres meses. Este Marcos que quería ser otra cosa y se volvió esto. Pero es que no sé qué otra cosa quería ser este Marcos. Los cuarenta son un zaguán de algo fascinante, pero yo sigo en el zaguán, o tal vez no, tal vez entré a alguna parte que no me gusta. No sé, pero Samy me sacó la ficha en dos minutos, me explicó lo que soy, me dijo que no quiero ser así… bah, me dijo todo lo que sé de mí, y ahí supe que no sé nada de mí. No estoy en un buen momento.

–El Marcos con pancita era más natural, el de ahora huele a góndola de almacén.
–Bueno, ya empezamos…
–No, no. Dale, estoy para un pastel de papas de La Fattoría. ¿Querés que te arrugue un poco esa camisa, o esto es con foto?
–Traé las copas al living que abro un vino.

Lo de arrugarme la camisa no es una insinuación, es un chiste, una burla, bah. Hace un tiempo ya dejamos de salir y entramos en una faceta de amigos. Una amistad donde en cualquier momento puede pasar algo y recategorizar esta relación de dos personas que se quieren mucho, se respetan, pero que aún no se ha dado. Siempre aparece alguna provocación, una frase insinuante, pero que queda por ahí. Yo nunca llegué a saber si a ella le gusto o si está enamorada, y como yo estoy con esta anestesia sentimental no avanzo. No quisiera lastimarla si lo de ella es algo más serio, aunque ella me conoce muy bien, y es la primera que dobla antes de cualquier impacto.

–Contame del sorete de Toni. ¿Qué te dijo esta vez? ¿Te va a pagar con caramelos?
–Terminala, Samy. ¿Vos cómo estás? –le pregunté mientras ponía una playlist de viejas canciones tranquilas de los ochenta… en inglés.
–O sea, te va a pagar con caramelos.
–Basta, Samy.
–Yo muy bien, un buen fin de semana. El viernes a la noche comimos con las chicas en Bosco…
–¡Ah, qué bueno!
Se hizo un silencio. Ella no continuó, y yo no dije nada.
–¿En dónde estás, Marcos Priestley? ¿A dónde te llevaron tus musas?
–Sí, estoy preocupado. Me mandé una cagada.
–¿Qué pasó?
–Nos pusimos a discutir con Toni de que las historias buenas son las que hablan de las carencias del escritor que las hace. Y yo también pienso lo mismo.
–¿Y cuál es la cagada?
–Es que cuando Toni habla con tanta contundencia, a mí me nace discutirle todo. No sé, no me banco cuando habla así.
–Ay, no… ¿Y se lo discutiste?
–Sí.
–¿Y ahora…?
–Tengo que escribir de un tipo que lo tiene todo.
–Pero aunque lo tenga todo puede necesitar una mujer y no tenerla… ah, no claro, la tiene…
–Y no tiene una crisis con la mujer, porque tiene la solución.
–¡Es imposible, lindo!
–Voy a sentarme toda esta semana sin levantarme hasta que se me ocurra algo.
Samy se agarró la cabeza. Sólo quedó hablando la playlist en un cálido susurro. Me levanté y la tomé de las manos. Ella se puso de pie, nos abrazamos y nos dejamos flotar por la música y el crepitar de la chimenea. No estábamos a un paso de la cama, muchas veces yo la he sacado a bailar alguna canción en casa. Claramente un día va a quebrarse esta ficción amistosa, pero aún no es el tiempo. Nos movíamos lentamente disfrutando de ese silencio y quedé de frente contra la ventana de mi living. Un fogonazo me hizo abrir los ojos, se acababa de prender la ventana del vestidor de Paulita. Al ratito se volvió a apagar. Pero esta vez me quedé mirando porque el baile con Samy me dejó en esa posición. Noto algo extraño… Algo pasa en esa ventana apagada… Mis ojos se fueron acostumbrando a la noche, a la penumbra, y por fin lo vislumbré: Paula miraba detrás de esa ventana sin luz… Paula miraba mi casa… Paula me miraba.

(Continuará…)

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2 comentarios en “Chaleco de flores – 1”

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