En los sótanos

Un guardia de seguridad se pierde en las habitaciones de un edificio viejo en altas horas de la noche.

Llegué a tiempo al servicio. Desde hace casi un año que trabajaba en seguridad, y es la primera vez que me enviaban de noche. El destino era un edificio del centro de la ciudad, en una manzana lindera a las seis extrañas. Este estaba siendo vaciado para su posterior restauración. Pero los elementos que tenía la construcción tenían su valor.

Las seis raras del centro son las linderas al kilómetro cero, a ambos lados de la calle San Martín, hacia el norte. Todos los edificios medianamente antiguos están cubiertos por una pátina de misterio. Por la frecuencia en que las unidades deben ser restauradas. Una aceleración del decaimiento de los años. Desaparecen mascotas. La presencia de alimañas ha disminuído. Ni hablar de las ocasionales muertes. 

Todo edificio viejo tiene su misterio. Los esotéricos hablan de arcontes. Espíritus ancestrales que se alimentan de los sentimientos y de los estados de ánimo negativos de las personas. A medida que crecen afectan la materia de los que se hacen dueños.

He visto cosas a lo largo de mi vida. Terminar en un trabajo donde mi cabeza no se expone al sobrepensamiento es consecuencia de eso. Por eso me inquieté cuando me comunicaron el destino y el horario de hoy. Aunque generalmente los sitios así no tienen muchas novedades. Seríamos tres, y probablemente iría de rondín. Pasaría la noche caminando.

La primera vuelta arranqué desde la terraza. Revisé puertas y controlé cada apertura. En los pisos inferiores las habitaciones estaban abiertas, así que iluminar con la linterna bastaba. No nos permitían prender la luz del inmueble. Los autos en la calle hacían que las sombras jugaran a favor de una imaginación fertil.

El problema fueron los subsuelos. Dos niveles donde la antigüedad de la construcción se palpaba. En algunos puntos la señal de la radio se perdía. Cada tanto la presencia de cámaras era tranquilizadora. Mas la oscuridad era la reina.

En el piso inferior, al final de un pasillo estaba la única puerta cerrada. No me dieron la consigna al respecto, así que opté por no innovar. Así quedaría.

En la segunda vez que recorrí el edificio empecé desde abajo. La oscuridad y el frío húmedo se interrumpieron cerca de esa puerta. Un foco incandescente amarillo por el tiempo construía la atmófera. El aire se tornaba tibio a medida que me acercaba al final del pasillo.

Reporté personalmente al encargado del servicio. Este me dijo que era usual que esa lámpara se prendiera. Que los supervisores nunca mencionaron donde estaba el interruptor. 

A mitad de la noche, con mucho miedo, estuve frente a ese fenómeno ¿y si la llave estaba del otro lado? Como si fuesess respuesta, la puerta estaba semi abierta. El aire caliente venía desde el otro lado. Alumbré con la linterna y vi una gran sala con una mesa de madera y una decena de sillas dispuestas al azar.

Entré y busqué alguna llave en la pared y no encontré nada. Cuando caminé hacia el centro de la sala la puerta se cerró. Mi corazón dió un salto.

Llamé por radio a mis compañeros y no hubo respuesta. No había señal. En el lado opuesto a la entrada se abría un pasillo con focos cada dos metros. No tuve opción mas que seguirlo tras intentar abrir la puerta varias veces.

Accedí a una habitación de tamaño mediano con cuatro cuchetas. Con un olor a ropa vieja palpable. Giré para volver y no había pasillo. Desapareció. Quedé en shock.

Calmé mi mente con respiración y seguí adelante. En algún punto esto se tenía que terminar, pensé.

No tuve noción del tiempo que esa semi penumbra amarillenta me tuvo en sus estancias. Cocinas, oficinas, habitaciones. El aire tibio y húmedo y los olores del abandono. Sobre algunas superficies los papeles percudidos gracias la humedad y alguna alimaña. Inspeccioné algunos. Tenían varios años. Como de los setenta.

Las salas se sucedieron. Pasillos con dormitorios a cada lado. Salas de reuniones. Pequeñas oficinas con escritorios avejentados. Algo me iba guiando, porque cualquier intento de volver sobre mis pasos se me cerraba.

El ruido que se escuchaba era la lejana calle, y mis pasos. En lo que fue un baño algo que goteaba. Y un crujido grave cada tanto por la vejez de la construcción.

Después de mucho andar en mi rostro empecé a sentir que el aire cambiaba a frío. Llegué a una escalera que subía un metro, y por las rendijas de la puerta sentí el exterior. La calle. Estaba lloviznando.

Para sorpresa la puerta se abrió. Salí a siete y ocho cuadras del lugar del servicio. Opté por volver a entrar, pero me encontré con una pared blanca.

Tardé media hora en llegar de vuelta y mis compañeros me recibieron con una cara de asombro. Reportaron mi presencia y no tardó en llegar la policía y el servicio de emergencia. No entendí nada. Hasta que alguien dijo:

-¿Dónde estuviste toda la semana?

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