Sinfonía del Mundo Nuevo

Odiaba las cebollas...

Allegro

Eliana estaba aburrida, no era que no tuviese clientes. Estuvo toda la mañana ocupada, pero igual estaba aburrida, hastiada. Vio su reflejo en el filo del cuchillo aserrado para cortar zapallos, tenía demasiado maquillaje, vio en el fondo de sus ojos a un camino penumbroso, Tuvo ganas de llorar.

Cuando empezó a trabajar se dijo a sí misma que solamente sería por un tiempo corto, de eso habían pasado cinco años y cada vez estaba más enraizada en la verdulería.

Necesitaba la plata, no se podía dar el privilegio de renunciar, de alejarse. Rogó que no viniera un cliente a comprar cebollas, odiaba las cebollas. No veía una salida.

Eran las once de la mañana, el grueso de la clientela estaba por llegar. Eran señoras que iban no solo a comprar, iban a ponerse al día con las corridillas del barrio y eso le molestaba a Eliana. Escuchó la puerta abrirse de un golpe. Rogó que no le pidieran cebollas.

Andante

Miguel entró apresurado, jadeante. Buscaba un cubil, escapaba de la policía. Había cometido un asalto en otro barrio y por la inexperencia se le había escapado un tiro. Era la primera vez que disparaba, era la primera vez que mataba. La cara de terror del panadero se repetía en su mente en un loop atroz. Miguel quería tomarse un saque de merca y luego otro y otro… Había estado tomando cocaína toda la noche y se había disociado de su realidad. Salío a robar porque necesitaba más dinero para más cocaína.

Apuntó a Eliana con el revólver, no dijo nada, no hacía falta. Ella no se asustó, no lloró pidiendo por su vida, no levantó las manos. Solo sonrió, aliviada.

Scherzo

Sin saber porqué, a Eliana la llegada del hombre armado le significó un escape que rompía su status quo. Se imaginó reduciendo al ladrón y saliendo como heroína en los medios de comunicación; también se vio como una nueva cómplice; escapando de la policía juntos, estilo Bonnie y Clyde; o como amante ocasional. Entonces se mojó su entrepierna, hacía mucho que no le pasaba eso de sentir su flujo.

Miguel no pudo comprender por qué la chica parada detrás del mostrador le sonreía. Se olvidó de la cocaína por un momento, solo por un instante, luego le urgió la pulsión química y sacó la bolsita de nylon y la SUBE. Delante de Eliana, que no dejaba de sonreir, se dio un saque. La montaña de cristales pasó de una de las esquinas de la tarjeta al interior de la nariz de Miguel.

Finale

Afuera de la verdulería se había apostado la policía. Uno de ellos vio la oportunidad. La Bersa Tunder 9 disparó tres veces. La primera bala rompió el cristal de la entrada, pasó a dos centrímetros de la mejilla de Eliana e impactó en la pared. El segundo proyectil se desvaneció en el aire y no apareció nunca más. La tercera bala le dio en la cabeza a Miguel, matándolo de inmediato. Su cadáver quedó tirado sobre el cajón de cebollas.

Eliana siguió sonriendo cuando entró la policía al lugar, cuando el fiscal le tomó declaración, cuando se quedó sola en su habitación. Se acostó, apagó la luz y comenzó a tararear una melodía desconocida que de a poco, en la maraña de oscuridad, se fue convirtiendo en la Sinfonía del Mundo Nuevo. Todas las circunstancias ocurridas la habían cambiado, le dieron una nueva perspectiva. Nunca más volvió a la verdulería.

Eliana se siente feliz.

Miguel no sabe dónde está.

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