En los últimos años se ha vuelto frecuente escuchar que la escuela es una institución obsoleta y que la inteligencia artificial terminará por reemplazarla. Estas afirmaciones suelen partir de una confusión fundamental: suponen que educar consiste principalmente en transmitir información y resolver tareas. Sin embargo, la escuela cumple una función mucho más amplia. Es un espacio de aprendizaje, pero también de encuentro, socialización, acompañamiento y formación ciudadana.
Llevo quince años trabajando en escuelas secundarias. Soy profesora, licenciada y magíster en Educación. He estudiado Letras, Filosofía, me he especializado en alfabetización y educación emocional. Desde que me recibí, no he dejado de formarme y, sobre todo, de aprender de mis estudiantes. Es precisamente desde ese recorrido, desde el conocimiento construido y desde la experiencia cotidiana de habitar las aulas, que me atrevo a afirmar que la inteligencia artificial puede enriquecer la enseñanza, pero no reemplazar la dimensión humana, social y formativa de la escuela.
No pretendo negar los avances tecnológicos ni desconocer sus posibilidades. Por el contrario, considero que la inteligencia artificial constituye una herramienta extraordinariamente valiosa, que nos desafía a repensar nuestras prácticas y a encontrar nuevas formas de enseñar. Pero hay una diferencia fundamental que suele olvidarse en estos debates: tener acceso a la información no equivale a aprender.
La educación no consiste simplemente en transmitir contenidos. Si así fuera, bastaría con disponer de una biblioteca, una computadora o una conexión a internet. Aprender exige interpretar, relacionar con los conocimientos previos, cuestionar, problematizar y construir significados. Supone transformar nuestras maneras de pensar y de comprender el mundo.
En este sentido, David Ausubel, desde su teoría del aprendizaje significativo, sostiene que los nuevos conocimientos adquieren sentido cuando pueden relacionarse de manera sustancial con aquello que el estudiante ya sabe. Aprender significativamente no implica acumular información ni memorizar respuestas para reproducirlas en un examen, sino establecer relaciones, reorganizar nuestros conocimientos y construir nuevas formas de comprender la realidad. Un verdadero aprendizaje deja huellas en nuestra manera de pensar: modifica lo que sabemos, pero también la forma en que interpretamos aquello que nos rodea. Por eso, aprobar un examen no siempre significa haber aprendido, del mismo modo que obtener una respuesta correcta no garantiza haber comprendido el proceso que permite llegar a ella.
Lev Vygotsky, otro de los grandes referentes de la psicología del aprendizaje, explicó la importancia de la interacción social en el desarrollo cognitivo. Su concepto de zona de desarrollo próximo permite comprender la distancia entre aquello que una persona puede resolver por sí misma y lo que puede alcanzar con la orientación de alguien más experimentado. Sobre esta perspectiva se desarrolló posteriormente la noción de andamiaje: un acompañamiento que permite avanzar progresivamente hacia mayores niveles de independencia. Y es aquí donde aparece algo que ninguna tecnología puede reproducir plenamente: el vínculo pedagógico.
Enseñar no consiste únicamente en explicar un contenido. También implica reconocer cuándo un estudiante necesita ayuda, cuándo requiere una explicación diferente, cuándo una pregunta puede despertar su curiosidad o cuándo necesita que alguien confíe en sus posibilidades antes de que él mismo pueda hacerlo. El docente no solo transmite saberes: observa, escucha, interpreta, acompaña y toma decisiones a partir de las necesidades de personas concretas, con historias, emociones y experiencias diferentes.
Pero la educación tampoco puede reducirse a una cuestión cognitiva. Paulo Freire nos invitó a pensarla como una práctica de libertad, como una experiencia profundamente humana, atravesada por el diálogo, la esperanza y la posibilidad de transformar la realidad. Educar no es depositar conocimientos en alguien, sino construir espacios donde las personas puedan reconocerse como sujetos capaces de pensar, cuestionar y actuar sobre el mundo. Y eso también sucede en las escuelas.
En las aulas no solo se aprende Matemática, Lengua, Historia o Ciencias. Se aprende a convivir con quienes piensan diferente, a escuchar, a esperar, a argumentar, a disentir, a pedir ayuda, a resolver conflictos y a construir acuerdos. Se comprende que nuestras acciones tienen consecuencias sobre los demás y que vivimos en una sociedad en la que no siempre podemos hacer únicamente lo que deseamos.
La escuela es, en muchos sentidos, una pequeña sociedad. Allí conviven niños y adolescentes con diferentes historias familiares, realidades económicas, creencias, intereses, capacidades y maneras de comprender el mundo. No eligen necesariamente a sus compañeros, no siempre coinciden con ellos y, sin embargo, deben aprender a compartir un espacio común. En esa convivencia cotidiana aparecen desacuerdos, frustraciones, amistades, solidaridades y conflictos que también forman parte de la experiencia educativa. Es precisamente en esas situaciones donde se construyen aprendizajes que difícilmente podrían adquirirse en soledad. Aprender a escuchar una opinión contraria sin descalificarla, reconocer que nuestras acciones pueden afectar a otros, aceptar una norma compartida, defender una idea con argumentos o comprender que alguien puede necesitar una ayuda diferente de la nuestra son experiencias fundamentales para la vida democrática.
La escuela no es una sociedad perfecta, como tampoco lo es aquella de la que forma parte. En ella se reproducen desigualdades, prejuicios y conflictos. Pero también existe la posibilidad de reconocerlos, cuestionarlos y transformarlos. Y quizás allí radique una de sus funciones más importantes: ofrecer a las nuevas generaciones un espacio donde no solo aprendan a vivir en la sociedad que existe, sino también a imaginar y construir una mejor.
Por eso me pregunto si parte de los problemas que atravesamos como sociedad no guarda alguna relación con la creciente desvalorización de la educación y de quienes la sostienen. Cuando reducimos la escuela a sus resultados académicos, a las calificaciones o a los contenidos que logra transmitir, corremos el riesgo de invisibilizar todo aquello que construye silenciosamente en la vida de las personas.
Por supuesto que es posible aprender de manera autónoma. De hecho, una de las grandes aspiraciones de la educación es formar personas capaces de continuar aprendiendo a lo largo de toda su vida. Pero esa capacidad no surge espontáneamente: requiere comprensión, estrategias de estudio, pensamiento crítico, autorregulación y criterios para evaluar la información. Esas herramientas se desarrollan mediante procesos educativos, muchas veces con la orientación de otros. La autonomía también se aprende, y aprender a ser autónomos no significa que nunca hayamos necesitado de los demás.
En este escenario, la inteligencia artificial representa un enorme desafío para los docentes. No solo debemos aprender a utilizarla e incorporarla de manera significativa a nuestras prácticas, sino también enseñar a nuestros estudiantes a relacionarse críticamente con ella. Una inteligencia artificial puede ofrecer una respuesta en segundos, pero eso no significa que quien la recibe haya comprendido algo. Puede escribir un texto, resolver una consigna o desarrollar un argumento, pero ninguna de esas acciones garantiza que el estudiante haya ejercitado su propio pensamiento.
Allí radica uno de nuestros mayores desafíos: evitar que la facilidad para obtener respuestas desplace el esfuerzo intelectual necesario para construirlas. No se trata de impedir que los estudiantes utilicen estas herramientas, sino de enseñarles a hacerlo sin renunciar a la curiosidad, a la duda, a la reflexión y a la construcción de una voz propia.
No se trata de rechazar la tecnología ni de idealizar una escuela que, indudablemente, necesita transformarse. Hay prácticas que debemos revisar, estructuras que necesitan actualizarse y desigualdades que seguimos sin resolver. Pero transformar la escuela no significa volverla prescindible. La inteligencia artificial puede complementar la tarea docente, ampliar las posibilidades de acceso y ofrecer nuevas herramientas para aprender; no puede sustituir por sí sola el vínculo pedagógico, la convivencia ni el acompañamiento que hacen de la educación una experiencia humana.
Quizás deberíamos dejar de preguntarnos cuándo la inteligencia artificial reemplazará a los docentes y comenzar a preguntarnos qué tipo de educación necesitamos en un mundo atravesado por ella.
Porque educar no es solamente enseñar a responder preguntas. Es enseñar a formularlas, a dudar de las respuestas, a pensar con otros y a descubrir que existen múltiples maneras de comprender el mundo. Y, sobre todo, porque la educación no es simplemente un intercambio de información: es una experiencia compartida que forma personas capaces de comprender, decidir y participar en la vida común. La inteligencia artificial podrá acompañar y enriquecer ese proceso, pero no reemplazar la dimensión humana, social y formativa que la escuela tiene la responsabilidad de construir.
Escrito por: La Profe Cínica