El colectivo parecía que nunca iba a arribar, se mantenía, en la ingravidez de la distancia, flotando. Se demoró horas en recorrer trescientos metros, así de lento andaba el mundo.
Subí y pasé la SUBE. Busqué un asiento libre, estaban todos ocupados y venían muchas personas de pie. Me percaté que en el primer lugar, en el reservado para discapacitados, ancianos y embarazadas venía sentado un jaguar.
Su contundencia rebosaba el asiento, miraba el afuera como ensoñando, sus bigotes y las manchas de su piel eran infinitos. Se manifestaba como un ejemplar hermoso, contundente, su pelaje era el mapa de Universo, sus colmillos hedían a cadáver. Nadie le prestaba atención, era natural encontrarse un jaguar en el colectivo. Lo que podía generar controversia era que se lo veía sano, joven y no habían indicios de que estuviese preñado. Ocupaba un privilegio que no le correspondía.
Subió un anciano, que a duras penas vivía. Por costumbre se dirigíó al lugar que le estaba asignado por el derecho que le daba su vejez. Se encontró con el jaguar, que no se dio por aludido.

El colectivo siguió su marcha y el anciano a cada segundo estaba a punto de caerse por los vaivenes del viaje, pero no por eso dejó de enfrentar con la mirada al jaguar, en un reclamo silencioso. El felino nunca apartó la mirada de la velocidad del afuera. Entonces el anciano intentó llamarle la atención con un dedo en el hombro.
Todo cambió.
No hubo un aviso, solamente un rugido estentóreo antes de que el jaguar hincase sus colmillos en el cuello del anciano. Sólo eso. El viejo convulsionó mientras que de la herida salía un reguero de sangre que inundó el piso del colectivo. Un tsunami rojo. El jaguar se olvidó rápido y continuó el viaje mirando como las cosas del mundo se iban. De sus fauces caía un hilito de baba sanguinolenta. Prohibido salivar decía un cartel.
La gente que subía al transporte se tropezaba con el cadáver, igual pasaban la SUBE y buscaban con la mirada el mejor lugar para ocupar, El jaguar se lamía los bigotes pringosos en sangre. Yo conseguí un asiento. El piso del pasillo estaba lleno de huellas rojas.
El colectivo se alejó rumbo al horizonte.
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