Las manos sucias del mundo verde

No importa la posición que tomemos sobre la minería en Mendoza, es muy difícil que la evolución se detenga a mirarnos.

Son tiempos de cambio y de evolución. No son lo mismo. La evolución es un movimiento perpetuo que nos envuelve. El cambio es más puntual. Y muchas veces, el cambio es el generador de la evolución.

Mendoza empezó con un cambio: permitir la minería a cielo abierto con el proyecto de cobre que tanto moviliza al gobierno. Las aguas están divididas. Están quienes miden el impacto ambiental con una lógica que tiene sustento, y quienes lo ven a favor por el beneficio económico más que por lo ambiental.

Y ahí aparecen tres cosas que pueden ser lógicas al mismo tiempo, aunque nos incomode.

No es ilógico preocuparse por el consumo de agua en una provincia con crisis hídrica. Es como hablar de fumar frente a alguien con problemas pulmonares.

Tampoco es ilógico que una persona que cobra $1.500.000 trabajando de lunes a sábado apoye la minería porque puede duplicar su ingreso y darle una mejor calidad de vida a su familia.

Ni es ilógico que un gobierno pretenda que ingresen regalías y que ese dinero se refleje en infraestructura para la provincia. Y saquemos, aunque cueste, lo que todos creemos y sabemos sobre los negociados.

La minería existe en diferentes escalas y ya está en lo cotidiano. Desde el cemento que se extrae en el medio de una reserva natural, hasta una cantera que saca piedra para hormigón o cal. Son materiales de menor valor económico y menos visibles en su impacto, y no es casualidad dónde se ubican.

La minería contamina, no hay dudas de eso. Al igual que el 90% de las actividades industriales. De manera directa, por la alteración del lugar y la emisión de gases; o de manera indirecta, porque consume energía eléctrica que genera una central.

En sí misma, la minería es una respuesta a la demanda. Si hay construcción, hay cemento, cal y canto rodado.

Vimos el primer boom del litio. Ahora estamos viendo el del cobre. Y no es casual. Son primos cercanos.

A diferencia de la minería de metales preciosos como el oro, hoy estamos viendo una minería en respuesta a la evolución tecnológica del mundo. Electrificación, IA, energías limpias.

Hace no tantos años el mundo se dio cuenta de que las emisiones de gases de efecto invernadero eran un problema. Las empresas descubrieron que la RSE (Responsabilidad Social Empresaria), era una oportunidad. Y empezó un lento camino donde nos empezó a preocupar el mundo. La frase de cabecera: qué mundo le dejamos a las próximas generaciones. La RSE es un negocio en sí mismo. Puede ser filantropía para pagar menos impuestos o puede ser el verso de que cuidamos el ambiente con acciones aisladas.

El litio dio la primera pista: el mundo necesita baterías para almacenar energía. Y el cobre, que es el que conduce esa energía.

A cambio, obtenemos un auto que no emite gases perjudiciales en la calle, por poner el ejemplo más claro. Tenemos a quien almacena y a quien conduce. La IA demanda cobre. Las energías limpias demandan cobre.

Y acá aparece la primera gran ironía: para cargar esa fuente de energía limpia, necesitamos una fuente externa que, en su gran mayoría, todavía funciona con combustibles fósiles. Para que crezcan las energías renovables, necesitamos más cobre y más litio.

Este camino evolutivo, en búsqueda de un mundo mejor, lleva a estos riesgos que, mal controlados, son el mayor peligro que existe. No se entiende cómo empresas privadas buscan disuadir a la gente con espejos de colores.

Hace algunos años, en San Juan, una corporación minera repartía folletos sobre cómo racionalizar el agua. Es decir, le explicaba a los demás cómo cuidar el recurso que ellos utilizan a gran escala. Impúdico.

El control y el seguimiento: el talón de Aquiles

Es engañoso decir que la minería no contamina. Los incidentes ocurren, por falla humana en su mayoría. El error es inherente al ser humano y no importa cuántos procedimientos se invoquen. Va a fallar. Por eso el problema no es solo si va a pasar, sino cómo se controla, cómo se sigue y cómo se remedia ese incidente.

El riesgo cero no existe. Lo que existe es el riesgo gestionado. Y para gestionarlo hacen falta controles independientes, información pública y capacidad de respuesta cuando la prevención falla.

Hay datos irónicos en Argentina. Nos estamos posicionando como proveedores de insumos para la energía limpia. Sin embargo, para los trabajos en minería, los equipos medianos (fuera de ruta) no tienen una norma de emisión actualizada.

Los camiones de ruta están en norma EURO 5, camino a EURO 6. Es decir, emiten un poco menos que antes. Pero esa reducción cambia cuando hay casi 2.000 camiones recorriendo caminos, moviendo suelo, transportando maquinaria y distribuyendo combustible. Obviamente, nadie anula el DPF (el filtro de partículas), y las emisiones son controladas. Nadie lo hace. Y tampoco nadie lo controla eficientemente.

Todos estos puntos, y hay muchísimos más, son producto de la demanda y de la evolución de esa demanda. El mundo evolucionó hacia donde está hoy. Mañana podrá ser otro. Es volátil, incierto, cambiante y ambiguo.

Lo cierto es que no importa la posición que tomemos sobre la minería en Mendoza, a favor o en contra, es muy difícil que la evolución se detenga a mirarnos. Es un proceso que ya comenzó, del que la minería es solo uno de los factores que responde a esa demanda global, y que va a suceder. Es un buen momento para mirar a San Juan y observar todo el proceso completo.

El costo de la evolución es mucho más de lo que se ve y, muchas veces, está dentro de nuestras casas.

El mundo quiere mejorar, el dilema es el costo. Para eso es necesario control y gestión. Lo que en realidad nos preocupa es eso: que usualmente son jueces y parte quienes controlan.

Imaginen un buen inspector ambiental que trabaja en el Estado con dos millones de sueldo. ¿Qué haría ante la oferta de la minera triplicando su sueldo y dándole la oportunidad de ser parte de la solución desde dentro del sistema? Sobran las conclusiones.

Es muy complejo lo que va a suceder en Mendoza con la minería. Vamos a ser parte. Ya somos parte. Somos, en este momento, parte de un cambio global en el que, por motivos de la naturaleza, tenemos algunos de los insumos que otros necesitan para arreglar sus propias fallas.

Personalmente, creo que nos debe invadir el pragmatismo de lo que va a suceder, y pensar en cómo gestionar con el menor daño posible. El miedo del día después de la minera, cuando se vaya, se gestiona ahora.

El mundo quiere ser más verde. El problema es que todavía tiene que ensuciarse las manos para conseguirlo.

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