Todos los días, en cualquier grupo de Facebook de cualquier zona, podemos encontrar escraches. Creo que es la forma que muchas personas tienen para “hacer justicia por mano propia” y, de manera casi anónima, exponer a terceros a reclamos e injusticias vividas por quien publica. Lo que tienen estas particulares formas de reclamo es que cuentan una versión que, casi siempre, está sesgada y suele ser difícil de comprobar.
Por eso, hacer una denuncia en la Justicia es tan difícil, y en internet basta con agarrar el celular y ponerse a escribir.
Más de una vez, en esos escraches, hemos caído los veterinarios. Gente común opinando de cuestiones médicas, para las que hay que tener formación para entender y opinar, basándose en cosas subjetivas y suposiciones de gente que, muchas veces, solo busca echar leña al fuego.
Voy a dejar algo en claro: ningún veterinario estudia, se recibe y se capacita durante AÑOS para andar desviviendo animales por gusto. Los veterinarios somos personas que sí, nos podemos equivocar, como cualquier ser humano, pero ante eso somos eso: personas que estudiaron para velar por la salud de los animales.
Veterinaria es la carrera con más suicidios a nivel mundial, y no es de extrañar cuando uno evalúa el ámbito en el que se debe trabajar: tutores furiosos porque la mascota falleció, furiosos por tener que pagar honorarios, furiosos porque no se quieren hacer cargo de su responsabilidad, y somos nosotros los que recibimos esa bronca, muchas veces en forma de violencia.
En los últimos meses, he leído noticias de colegas de Chile, Buenos Aires, Córdoba y distintas partes de Estados Unidos que se han suicidado o han sido víctimas de violencia por parte de tutores de mascotas. Y cuando uno entra en los comentarios de esas noticias es cuando viene lo más preocupante: muchas personas apoyando la violencia, insultando al profesional o, peor aún, inventando experiencias en donde el profesional los atendió mal.
Gente, estamos hablando de justificar que una persona le revolee una pinza de metal a otra en la cara solo porque no obtuvo el resultado que buscaba.
Las mascotas hoy en día han pasado a formar parte de la familia de muchas personas, y eso está bien. El dolor por su pérdida se puede sentir igual de intenso que la muerte de una persona, pero eso jamás justifica ponerse violento con el veterinario que la atendió. A nosotros también nos duele perder pacientes, pero es algo que sucede porque trabajamos con vidas, al igual que los médicos.
Podemos hacer todo lo que está a nuestro alcance y, aun así, pueden suceder eventos inesperados que pueden desembocar en un fallecimiento. A mí me ha pasado más de una vez, con mascotas mías, de amigos y de familiares, y muchas veces me he preguntado si mi elección de dedicarme a la medicina fue la correcta y, si lo es, por qué. Porque todos los veterinarios amamos lo que hacemos, aunque muchas veces tengamos desenlaces trágicos.
Lo que no se puede tolerar son los escraches que buscan generar odio contra colegas o la gente que directamente comete actos de violencia contra otra persona que intentó salvar la vida de una mascota y no pudo.
La realidad es que detrás del fallecimiento de una mascota hay muchos factores y, déjenme decirlo, no todos son culpa del profesional. Nadie dice que llevaron al Bobby de urgencia y se murió, cuando la realidad es que venía respirando mal desde hacía semanas; o que el veterinario mató al Michi que hacía días venía orinando con sangre.
Los veterinarios también sufrimos la pérdida de nuestros pacientes. También nos preguntamos qué podríamos haber hecho distinto y también cargamos con el dolor de no haber podido salvarlos.
Seamos responsables de lo que nos toca. Cortemos con la violencia.