En una de las noches de trabajo de Delívery de fin de semana, mientras recorría las calles del centro de Mendoza, me salió un pedido en una de las calles linderas a la San Martín. O a la Las Heras. No quiero especificar para evitar meterme en problemas. Pero estaba cerca de una conocida tienda de pastas. De eso consistía el pedido. Una porción de fideos con albóndigas.
Resultaba raro. Para el común de la gente de Mendoza las pastas van con salsas como la fileto, bolognesa o similares. Nunca así: tallarines blancos con albóndigas. Incluso la guarnición es algún trozo de carne. O Pollo. Pero nunca albóndigas.
Al llegar, y mientras ataba la bici a un poste, miré el local. Era una construcción tipo colonial, con muros amarillos muy altos. En el frente habían dos ventanales tapiados, y una puerta marrón, pintada con esmalte sintético, abierta. A un costado de la misma un cartel: Iglesia Reformada del Pastafarismo Universal. Restaurante temático.

El Pastafarismo es una religión inventada en el siglo XX, como protesta a la obligación de algunas escuelas de EE.UU. que querían imponer el creacionismo. La deidad era una masa de fideos con albóndigas. Y como todo, con el Internet la cosa se salió un poco de control. Tengo entre mis archivos el evangelio de esa fe. Y en algunos países no muy avanzados de La Tam, incluso tienen seguidores. Se ponen un colador en la cabeza.
En la entrada del local un mozo flanqueaba la puerta y me recibió amablemente.
-Al costado derecho, está el mostrador para delivery.-Acotó.
Un pasillo me conducía a un gran galpón rodeado de columnas de metal color negro mate. Las paredes eran de ladrillo visto. Y el techo de chapa.
El salón tenía mesas, con manteles blancos, alrededor de un escenario. En él, una gigantesca fuente con forma de plato estaba repleta de fideos blancos. No había comensales, a excepción de una rubia despampanante, vestida con top, minifalda y tacos, a unos diez metros de mí, que tenía la vista fija en el celular.
El olor era el típico de un local de pastas. Tuco y queso, con leve aroma a cebolla.
Un ruido sordo de metal acompañó una plancha que bajaba al escenario, y dos enormes bolas de carne cocida bajaron rodando hacia los fideos. Al tocar la masa se movieron todos los espaguetis. Algunas hebras de masa resbalaron al piso. Un espectáculo. Un espectáculo sin público.
Se abrió una puerta en el lado opuesto del galpón, y se escuchó un grito femenino acompañado del chirrido de unas cuchillas. Miré a la chica y había levantado la mirada. La persona en el mostrador, los mozos y un empleado de seguridad nos miraron. Yo estaba a unos tres metros de la entrada. O corría y me salvaba, o iba por ella y me demoraba unos peligrosos segundos de más. No la dudé, porque intuía algo, y tenía que salvarla. Llevaba poco más de un año recorriendo el comercio del centro,y sabía que las cosas pasaban muy rápido. Y las oportunidades de salvar a alguien así son raras y se esfuman en segundos.
Corrí hacia la mujer que no reaccionaba. La tomé de la mano y al girar a la entrada me topé con una barrera de tres mozos. Seguí hacia el costado del salón, con ella taconeando a duras penas, y con su otra mano sosteniendo el celular en alto mientras decía: Soltame, tengo que esperar a mis amigos.

La miré y le dijé que No con un gesto, haciendo caso omiso al fastidio de su rostro. Otro segundo perdido. El personal del salón convergía hacia nosotros.
-¡Han ido al baño! Ya vienen….soltame viejo!!!- decía mientras tironeaba el brazo que la agarraba firmemente.
No me detuve.
Bordeamos todo entre las columnas y la pared. Un mozo nos salió el encuentro mientras decía sonriendo: sus órdenes están por salir.

Se sintió un fuerte golpe que cimbró toda la construcción. Trastabillamos todos, y pude atropellar y desequilibrar al personal que nos obstaculizaba el paso. Miré al escenario y un gordo descomunal se apoyaba en el borde con los dos puños.
-¡Albóndigas!- gritó.
Al llegar al pasillo de entrada dos mozos nos esperaban.
-Sus órdenes ya casi están listas, por favor diríjanse a sus lugares.- decían sin dejar de sonreir.
Me alcancé a sacar la mochila de delivery y les propiné un golpe con la parte donde llevabas las herramientas. Se sintió un ruido seco en una cabeza.
-¡Albóndigas!- se escuchó otra vez. Y un golpe fuerte sacudió el restaurante. Una nube de hollín, trozos de yeso y algún que otro bicho cayó sobre el pasillo.
En la calle, el mozo de la puerta nos dijo: ¡váyanse! ¡Ahora!.
La chica caminó sobre sus tacos unos metros y se puso a hablar con el celular: no sé donde se fueron…escapé con un viejo… parece medio loco….., no sé quien…¿vas a venir?
Miré hacia adentro y un cocinero gordo, con sombrero y delantal blanco venía arremangándose.
-Váyanse. Ahora.-insistió el mozo.
Otra vez el grito: Albóndigas. Y el golpe, que esta vez activó una alarma en la cuadra. El guardia cerró la puerta.
-Andate flaco. Rápido- dijo y me entregó un panfleto. Decía: Iglesia del Pastafarismo Universal. -no llames al 911.
La chica se alejó unos metros y se metió en el zaguán de un edificio mirando hacia mi. Terminé de desencadenar la bici, la puerta se sacudía desde adentro. Empecé a andar y me detuve en la esquina.
La rubia seguía mirando hacia el restaurante y hacia mi alternativamente. Pasaron los minutos, con el ocasional cimbronazo desde el restaurante. No se veía a nadie. El guardia seguía parado frente a la puerta cerrada. Un auto llegó, y la rubia subió. Se había sacado los tacos. Pasó junto a mi y ni siquiera miró.
-Todas son iguales-dije en voz baja.
Ensimismado en los pensamientos derrotistas y en la cantidad de cosas que debería haber dicho o hecho no noté que tres personas habían salido rápido del local. Hablaban por teléfono. Caminando rápido llegaron a la esquina y doblaron. Uno de ellos giró la cabeza en mi dirección.
Mientras trataba de conciliar el sueño pensaba: si bien era la más insólita situación que me tocó vivir en la calle, de noche, no era la única. Sentía una extraña tranquilidad: lo insólito, el cansancio y la soledad. Uno se acostumbra, pero inconscientemente busca señales.
Tomé el panfleto. Hablaba de Iglesia, pero no decía Reformada. Una dirección y un par de teléfonos que no coincidían con el del restaurante. Sentí algo de curiosidad. Valdría la pena investigar. Estas pistas hacían que mi imaginación se desbordara, pero en el fondo surgía una constante.
Y la chica que salvé. Ni gracias. Pero, empecé a dudar de la inocencia. Es que, era todo tan separado de lo convencional. Además de su belleza, claro. Si voy a esta dirección, a lo mejor la vea. Seguro.
-Todas son iguales- volví a decir.- Todas son iguales.