Caroncha

La hebilla de un cinturón puede marcar mucho.

Así recordaba Caroncha, veía en sus heridas los recuerdos de lo que fue. Recordaba esas paredes que no eran hogar. No olvidaba. Solo en silencio miraba a la nada, se esforzaba por ver los detalles. Como vestía ella, los olores que había en el ambiente, y las palabras que oía. Todo en una eterna cámara lenta, en un flash de horror.

Volvía a mirar sus heridas, y esos recuerdos lamian sus heridas. Cerraba sus ojos, fuerte. Aunque la oscuridad del ambiente fuera total. Los cerraba como cuando veía ese cinturón, sin suplicar, sin pedir clemencia. Solo aceptaba el momento, como aceptaba el pasado. Resistir al momento o el pasado, era resistir lo inevitable, era prolongar el miedo y espanto.

Ella esperaba ver en el espanto. Pero no era un regalo que quisiera darle Caroncha, sus ojos cerrados con lagrimas que se mezclaban con palabras contenidas en sus labios, eran la muestra del espanto, pero no el espanto en sí. Gritaba en el silencio más perturbador. Como si el dique de sus labios pudiera contener tanto dolor.

Sus lágrimas brotaban mientras limpiaba su cuerpo, y lamia sus heridas dejando el metálico sabor de la sangre en su lengua, sus uñas atesoraban aún ese metálico sabor como fósiles del espanto. Apenas podía moverse, pero lo lograba, la adrenalina funcionaba para matizar su dolor.

Mañana será tiempo de dolor, solía repetir en su cama. Manchada por las lagrimas y heridas. Sábanas blancas, que desteñían un tenue rosa. Rastros del espanto. Cuando terminaba, el ambiente se enmudecía, en un súbito ruido blanco. Adrenalina que emanaba por la sangre, de esas heridas que brotaban como testigos del futuro.

Todos los monstruos tienen heridas, algunas superficiales, otras mas profundas que no sangran. Caroncha tenía ambas. Soñaba siempre, por la mañana siguiente que sanaban sus heridas, que el fútbol las había provocado y que hoy con sus amigos nuevamente jugaría. Pero sus sueños eran solo sueños, un escape de la realidad.

Veía las paredes, testigos inertes. Escuchaba el silencio previo y sabía que pronto el espanto invadiría esas paredes, como la niebla en un bosque. Sabía que no había salidas, que las puertas no eran puertas, eran extensiones que lo acorralaban. Por horas, sentía el espanto, como quien ve las nubes que anticipan la tormenta.

Al igual que con las tormentas, Caroncha ya sabia cuando llegaba el espanto. Sentado en el rincón, esperaba refugiado, en ese rincón que era un fortín para su espalda. Y el espanto volvía a aparecer. Años viéndolo, sintiéndolo. Tanto que creció en Caroncha, se cultivó en su interior más profundo, desde el miedo hasta la explosión.

Ya Caroncha no soñaba con juegos, no soñaba con amigos. Solo soñaba con esa hebilla. La visualizaba. Años contemplándola. Conocía sus muecas, las propias y las que se habían generado.

Ya Caroncha adolescente.
Ya el espanto era horror.
Ya sus heridas cubrían su cuerpo.

Poco quedaba por lastimar, pero su espíritu quebró. Solo quedó el espanto que, como todo, se convirtió en una bestia que solo esperaba en ese rincón, el mismo en el que año tras año limpiaba las manchas, que sabía que su alimento llegaba. Esperaba. Y ese día espero más que nunca, ansioso. No solo Caroncha.

En cámara lenta, muy lenta, esta vez atajo la hebilla del cinturón. Se quebró el dique de sus labios. Las paredes vibraron. Por primera vez escuchamos el espanto. El horror vio la luz. Ya ella quedaba en un charco espeso, reposando como las paredes inertes, mientras su pelo cambiaba de color con el avance de una marea que rodeaba su cuerpo.

Caroncha, miraba sus heridas. Sabía que el espanto, ya habitaba en él. Sabía que nunca más estaría solo, pero también sabia que nunca más estaría con alguien. Esa tarde fue la última vez que supimos de Caroncha. Solo nos enteramos del espanto.

Encontraron lo que fueron sus últimas palabras escritas en una hoja de papel, junto a la puerta abierta. Era un poema, espantoso. No había amor, solo dolor. Lo recuerdo muy bien, como si lo leyera en cámara lenta, todavía tiemblo al recordarlo.

No sé si cada golpe fue un paso hacia el infierno,
No sé si el cinturón fue el camino al infierno,
No sé si cada reto fue un acercamiento al odio,
No sé si cada caricia fue odiarte en silencio.
No sé si cada lágrima fue una gota de sangre,
No sé si cada gota de sangre fue un punto de sutura,
No sé si cada punto de sutura era un recuerdo,
No sé si cada mirada fue una vejación.
No sé si cada día fue el pasaje a este infierno,
No sé si cada año fue un asiento en primera clase al espanto,
No sé si cada pared fue cómplice,
No sé si cada palo fue artífice de este odio.
No sé si cada calma era piedad o cansancio,
No sé si cada juego era alejarme,
No sé si cada silla era un arma,
No sé si cada caricia era un ablande.
No sé si cada moretón era un mal momento pasado,
No sé si cada temblor era el presagio,
No sé si cada palabra era el anuncio,
No sé si cada sensación era un refugio.
No sé.

La puerta estaba todavía abierta. Alguien la abrió. Alguien no la cerro. Nunca más supe de Caroncha. Nadie más en el pueblo lo vio.

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