«EL LABERINTO DE LA SIESTA MENDOCINA»

En esta columna, la icónica y asfixiante siesta de Mendoza se convierte en un laberinto metafísico de asfalto caliente y tiempo suspendido, el escenario perfecto para cruzar la iconografia del

La siesta en Mendoza en el verano no es un descanso; es una suspensión del juicio divino. Entre las dos y las cinco de la tarde, la provincia se transforma en un laberinto de calles vacías, baldosas calientes que te derriten las suelas y un sol impiadoso que te aplasta contra el asfalto. No hay colectivos, no hay negocios abiertos, no hay testigos. Si te morís en la vereda a las tres de la tarde, tu cadáver se momifica antes de que pase el primer vecino. Es el vacío absoluto, un desierto urbano que Camus habría elegido para ambientar su propio mito del absurdo, o el laberinto infinito de espejos que Borges diseñó para perder a sus hombres de arena.

Yo estaba sentado a la sombra de un plátano moribundo en una callejuela de la Sexta Sección. Llevaba mi traje negro impecable, a pesar de los treinta y ocho grados a la sombra, y mis orejas de chacal captaban el zumbido lejano del motor de algún aire acondicionado que goteaba sobre la vereda.

Entonces lo vi venir al Lumi. Caminaba arrastrando los pies, con los ojos inyectados en sangre por el insomnio y el cogote encogido, como si esperara que le cayera un piano del cielo. Llevaba un sobretodo gris ridículo para la época y abrazaba una botella de tinto barato como si fuera el último chaleco salvavidas del Titanic.

Se detuvo frente a mí, me miró con esa mezcla de desprecio y desesperación del que ya no tiene a quién quejarse, y me soltó su pregunta de cabecera:

—¿Por qué siguen preocupándose tanto, che? —su voz sonaba pastosa, como si tuviera la garganta llena de arena del pedemonte.

Le saqué el tinto de las manos, que por suerte estaba fresco de heladera, y le di un trago largo antes de responderle:

—Cyberespacio de la siesta, hermano. Porque todavía no saben que el miedo miente…es el gran ladrón de las almas, los sueños, los crepúsculos y las noches, por ahí le escuche decir a alguno: ´las vidas de los seres humanos transcurren en un nanosegundo de pánico´ y se fue

El Lumi suspiró y se sentó en el cordón de la vereda, tapándose la cara con las manos. Empezó a balbucear su letanía de temores mendocinos: que si no le renuevan el alquiler en el centro, que si la paritaria se queda corta, que si el auto no pasa la RTO, que si el año que viene todo va a ser peor. Se estaba ahogando en una tormenta de arena mental.

—Te estás protegiendo de amenazas que no son reales, Lumi —le dije, acomodándome el cuello de la camisa—. Eso es solo tu mente reforzando su adicción a los peores escenarios posibles. Pasás la mitad de tu vida inventando monstruos en las esquinas y la otra mitad llorando porque los monstruos te dan miedo.

—¿Y qué querés que haga? —me gritó, señalando las calles vacías—. ¡Me da pánico el futuro! Si no me preocupo, siento que el desastre me va a agarrar desprevenido. El miedo me cuida…me protege, me contiene, me da la excusa que necesito

—Mentira… —le respondí en seco—. El miedo no te protege del dolor. Te roba la posibilidad de disfrutar tu vida. ¿Cuánto tiempo más vas a dejar que el miedo te controle? ¿Cuánto tiempo más vas a seguir imaginando lo buenas que habrían sido las cosas si no hubieras escuchado esa voz? Esa voz es un parásito. El miedo solo hace falta en el presente, cuando de verdad hay algo delante de ti que exige una reacción. Si viene un perro callejero rabioso a morderte la pierna, tené miedo y corré. Fuera de eso, ya es locura, el miedo al pasado o al futuro es lisa y llanamente locura, insania

El Lumi levantó la cabeza. El sol de la siesta rebotaba en sus ojos pálidos, haciéndolo lagrimear.
El olor de los escapes de los automóviles se mezclaba con el de la tierra seca y algunes nubes se cernían amenazantes en el horizonte proximo

—No es tan fácil, Sombra —murmuró—. Da un terror terrible caminar sin saber qué va a pasar mañana. Siento que, si dejo de sufrir por el futuro, me desarmo, de algún modo me consuela como una mujer que sin amor, aun así me abraza con la compasión de una madre y el desprecio de una amante despechada.

—No te vas a desarmar. Te vas a encontrar —le contesté, señalándole el callejón oscuro que se abría detrás del plátano—. Tienes que mirarlo de frente para ser libre. Tienes que dejar de obedecer esa voz. Tienes que vivir como vivirías si el miedo no mandara.

Me paré y le ofrecí la mano. Él dudó, temblando bajo su sobretodo gris, pero la tomo. Sus dedos estaban helados y sudorosos en plena siesta de enero, un leve espasmo recorrió sus manos mientras el luchaba por controlar su temor.

—¿Y si me sale mal? ¿Y si cruzo el umbral y me pego el palo de mi vida? —preguntó con los ojos llenos de lágrimas.

—No puedes escapar de ti mismo, Lumi —le susurré al oído mientras lo empujaba suavemente hacia la vereda soleada—. Hazlo entonces con miedo, con los ojos llorosos, temblando, nervioso. El portal no espera a que estés listo. Cada miedo que tienes es en realidad un portal… hacia una realidad donde ese miedo no existe. Pero tenés que cruzarlo. ¿Cómo conquistamos el malestar del miedo? Enfrentándolo, hasta que lo único que queda es el recuerdo del tiempo perdido aislándonos en él.

El Lumi miró la calle vacía. A lo lejos, el asfalto parecía flotar por el efecto del calor, creando un espejismo que borraba el horizonte. Era el desierto infinito de la siesta mendocina, nuestro propio laberinto borgeano.

—Todos quieren salir de las preocupaciones imaginarias de la mente —continué, viendo cómo el Lumi daba un paso vacilante hacia la luz—. Pero algunos evitarán vivir para calmar el miedo, mientras otros correrán hacia el fuego para neutralizarlo por completo. Un camino es evolución. El otro es un ciclo de sufrimiento. ¿Vos de qué lado vas a estar, che?

El Lumi se quedó callado vacilante por lo que pareció una eternidad, donde el tiempo se detuvo en un bucle perfecto. El calor era sofocante, casi místico. Finalmente, me miró de frente y, por primera vez en años, no vi pánico en sus ojos, sino una chispa de esa rebeldía absurda que Camus defendía ante el vacío del universo.

—Va a sentirse horrible, ¿no? —preguntó con una media sonrisa triste.

—Va a sentirse horrible, y lo digo con amor —le respondí, palmeándole la espalda—. Pero las cosas difíciles dan origen a experiencias hermosas. Un poeta escribe desde el vacío, un maestro vuelve del abismo, un soldado vuelve de la guerra, un moribundo vuelve de la agonia. La oscuridad es una herramienta para entender la luz. La oscuridad nos enseña a ser libres.
Deja de enojarte con quien sos por no haber sabido lo que ahora sabes o tal vez ya lo sabias, es una discusión inútil que no te lleva a ningún lado,
Enfócate en aliviar esa frustración, dominate.
La mejor manera de encontrar consuelo, refugio es actuar diferente de ahora en adelante.
No permitas que el miedo vuelva a robarte, no permitas que el nervio te quite las buenas experiencias.

Ahora andá a dormir la siesta, infeliz, que ya filosofamos demasiado para ser Mendoza.

El Lumi asintió, se acomodó el sobretodo y cruzó la calle bajo el sol abrasador. Yo me quedé bajo el plátano, viendo cómo su silueta se diluía en el neón invisible de la tarde mendocina, preguntándome si el Lumi era una sombra que yo estaba proyectando en este laberinto de tierra y vino, o si yo era apenas un sueño que él estaba teniendo en su colchón de resortes rotos.

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