El asfalto de la ruta provincial 52 siempre se había sentido como una cicatriz áspera sobre el lomo de la cordillera. A las once de la noche, saliendo de Villavicencio, el camino dejó de ser un paseo turístico para convertirse en un embudo de negrura.
Damián aferraba el volante del auto con los nudillos blancos. Atrás, los chicos se habían dormido casi de inmediato, vencidos por el balanceo de los caracoles; a su lado, Mariana descansaba la cabeza contra la ventanilla, con la respiración pesada y rítmica que da el cansancio de la altura.
Al principio, el viaje tenía la lógica de siempre. Primera, segunda, el motor rabiando en las curvas cerradas, los faros barriendo las pircas de piedra y los carteles viales que anunciaban la subida hacia el Paramillo. Damián conocía el trayecto hacia Uspallata de memoria. Sabía dónde el camino se abría, dónde la fisonomía de la montaña se volvía más chata y hostil.
Sin embargo, la primera alarma no vino de los ojos, sino del tablero.
Pasó una hora. Quizás dos. El tiempo en la precordillera se dilata cuando la niebla o la noche aprietan, pero el indicador digital de la nafta seguía clavado exactamente en la misma línea que cuando pasaron la última estación de servicio. La autonomía marcaba cuatrocientos veinte kilómetros. Veinte minutos después, seguía marcando cuatrocientos veinte. Damián frunció el ceño. Pensó en un fusible flotante, en una falla del flotante del tanque. Un desperfecto menor.
Pero entonces notó el silencio del motor. No es que se hubiera apagado —el auto avanzaba a setenta kilómetros por hora—, sino que el ronquido habitual de la subida había desaparecido. El auto flotaba sobre el camino.
—Mari —murmuró Damián, estirando la mano derecha para tocarle el hombro a su esposa—. Che, Mari. Despertate un segundo.
Mariana no se movió. Su hombro se sintió extrañamente rígido bajo la tela de la campera, como si el cuerpo retuviera una tensión interna que no correspondía al sueño. Damián miró por el espejo retrovisor. En el asiento trasero, las siluetas de sus hijos eran dos bultos oscuros, perfectamente inmóviles. Ni un parpadeo, ni el crujido de la ropa al acomodarse. Nada.
Un frío le subió desde el estómago y se le clavó en la garganta, como si hubiera tragado agua de deshielo. Clavó la vista al frente. La ruta ya no subía. Tampoco bajaba. Se había transformado en una línea recta que parecía perderse en un infinito sin matices. ¿Dónde estaban las curvas del Paramillo? ¿Dónde la Cruz de Paramillo? Tendrían que haber cruzado las ruinas de las minas hace rato.
—Mariana, dale, en serio. Despertate —la voz se le quebró en un tono más agudo. Le sacudió el brazo con fuerza, pero la cabeza de ella solo osciló como la de una muñeca de trapo, volviendo a la misma posición contra el vidrio.
Desesperado, Damián pisó el freno. El auto se detuvo sin el menor cabeceo, como si el asfalto mismo hubiera succionado el movimiento. Apagó el motor. El silencio que se instaló en el habitáculo fue atronador, un vacío que le zumbaba en los oídos.
Abrió la puerta y bajó. El aire de la montaña tendría que haberlo golpeado con su clásico frío seco y cortante, pero el ambiente estaba templado, denso, con un olor extraño que no supo identificar: algo mineral, vagamente alcalino, como el fondo de un pozo antiguo.
Caminó tres pasos alejándose del capó. Esperaba ver el abismo de la precordillera a un lado de la banquina, o la pared de roca viva del otro. No había nada. Encendió la linterna del celular y apuntó hacia la derecha. La luz avanzó en línea recta y se diluyó en la nada. No había suelo más allá del borde exacto del asfalto.
Caminó hacia el frente y apuntó hacia arriba: el cielo de Mendoza, habitualmente estallado de estrellas en la altura, era un techo de carbón liso. No había Luna, no había constelaciones, no había nubes.
Miró hacia abajo, hacia sus propios pies. Sus zapatillas pisaban la brea, pero un centímetro más allá de la línea blanca de la banquina, el suelo parecía no existir.
La única referencia real en todo el universo conocido eran las dos ópticas amarillentas del auto que cortaban la negrura como dos agujas.
Algo se le quebró por dentro, no de miedo sino de orfandad: la sensación física de que sus leyes, sus mapas, el nombre que llevaba, ya no pesaban nada en ese lugar.
Corrió hacia el auto, metiéndose en el habitáculo como quien busca refugio en una caja de fósforos mientras afuera ruge un tornado.
Cerró la puerta de un portazo. Sus hijos seguían durmiendo. Mariana seguía inmóvil. Arrancó el motor —que otra vez no emitió sonido— y aceleró. El velocímetro subió a cien, a ciento veinte, a ciento cuarenta. El paisaje no cambiaba porque no había paisaje. Era solo la cinta asfáltica devorada por las luces delanteras.
Entonces sintió la mirada.
No venía de atrás, ni de los costados. Era una presión física, una masa de atención que bajaba desde ese cielo sin estrellas, como si un ojo del tamaño de un planeta se hubiera pegado al vidrio invisible de la noche para observar el avance de esa hormiga de metal y carne. La presión le doblaba los hombros, le costaba respirar.
Algo lo estaba mirando fijamente, entretenido con su desesperación.
—¡Basta! —gritó Damián, golpeando el volante con las dos manos. Las lágrimas de frustración y locura le nublaban la vista—. ¡Basta, la puta madre!
En un acto de pura demencia, buscando el impacto, la roca, el vuelco, la muerte que al menos le devolviera la cordura de las leyes físicas, Damián pegó un volantazo violento hacia la izquierda, dispuesto a desbarrancar el auto en el vacío.
El volante giró suelto, liviano. Pero el auto no se salió de la ruta.
Ante sus ojos desorbitados, la cinta de asfalto crujió y se dobló sobre sí misma. La ruta se curvó hacia la izquierda en el ángulo exacto del volantazo, modificando su geometría para mantenerse siempre debajo de las ruedas.
El espacio se moldeaba para no dejarlo caer. Estaba atrapado en un pasillo eterno diseñado para su marcha.
Damián clavó los frenos. El auto se detuvo. El volante volvió al centro solo. Se quedó estático, temblando, con las manos suspendidas en el aire, mirando el parabrisas.
Fue en ese segundo de quietud absoluta cuando el cielo se movió.
No fue el viento, ni una nube. Fue un desplazamiento masivo, un pliegue colosal en la oscuridad que hasta entonces había creído el vacío. Damián parpadeó, limpiándose el sudor de los ojos, y la escala de la realidad se rompió para siempre. La negrura de arriba no era la falta de luz. Era una superficie biológica, una textura de proporciones inconcebibles que titiló sutilmente, como el iris de un ojo monumental adaptándose a la penumbra.
La llanura negra, la ruta interminable, el Paramillo desaparecido… no los habían transportado a otra dimensión. Los habían tragado. El auto estaba suspendido sobre una lengua de asfalto muerta, atrapado en el tracto digestivo de una entidad tan infinitamente enorme que la cordillera entera no hubiese sido más que un grano de arena en su anatomía.
Antes de que Damián pudiera emitir el primer grito de una locura irreversible, sintió el último cambio de física. La ruta entera, con el auto encima, empezó a inclinarse levemente hacia abajo. El plano se volvía pendiente. El esófago del abismo, finalmente, había empezado a tragar.