Todo era hermoso al principio.
Mi generación aprendió a editar en Wikipedia antes de aprender a manejar. Tenía quince, dieciséis años, y corregía errores de tipeo en artículos sobre bandas de rock inglesas que nadie más iba a leer. Nadie cobraba nada, nadie pedía nada, y esa era justamente la gracia: existía un lugar donde uno contribuía porque sí, porque el conocimiento era libre o no lo era. Fue, en cierto sentido, la escuela paralela que nadie nos dio.
Wikipedia, en su origen, era una fantasía liberal en el sentido más amplio de la palabra: una anarquía de conocimiento en la que todos colaborábamos sin importar nacionalidad o credo. Las jerarquías, los antecedentes, no existían ni importaban. Cualquiera podía escribir, corregir, y se suponía que la verdad iba a emerger sola del barullo, como un mercado de ideas que se autorregula.
Con los años, todo fue cambiando: el orden le fue ganando a la fantasía. No de un día para el otro, no con un anuncio; se fue corriendo, artículo por artículo, hasta que Wikipedia dejó de ser ese terreno libre y neutral que todos imaginábamos y se volvió, en los hechos, un espacio con una orientación política bastante identificable.
Esto no es una sensación mía. Un estudio de investigadores de Harvard comparó artículos de política estadounidense en Wikipedia contra la Enciclopedia Británica y encontró que los de Wikipedia mostraban, de manera consistente, un sesgo mayor hacia la izquierda. Un análisis del Manhattan Institute de 2024, que usó modelos de lenguaje para medir el tono emocional asociado a miles de figuras públicas, encontró que las figuras de derecha aparecen asociadas a sentimientos negativos con más frecuencia que las de izquierda —y ese mismo patrón, dato que me parece central, aparece filtrado también en los modelos de OpenAI. Otro estudio que relevó los perfiles de editores activos encontró una inclinación fuerte hacia la izquierda entre quienes se identificaban políticamente. Y algo más incómodo todavía: investigaciones sobre moderación interna encontraron que los editores identificados como conservadores tienen seis veces más probabilidades de terminar sancionados.

¿Cómo pasa esto en una plataforma que se jacta de ser horizontal, editada por millones? La respuesta no necesita conspiración; necesita aritmética. De los millones de personas que alguna vez tocaron Wikipedia, solo 435 administradores son activos con poder real: banear editores, vetar fuentes, decidir qué se queda y qué se borra. Ahí está la clave de todo esto, y no es exclusiva de Wikipedia: cualquier sistema que nace descentralizado y altruista tiende, con el tiempo, a ser gobernado por el grupo más chico pero organizado que escala una estructura desorganizada hasta dominarla. Esto tiene nombre en sociología, bastante conocido para quien le gusta la política: la ley de hierro de la oligarquía, que Robert Michels formuló hace más de cien años. La idea es simple y un poco deprimente: coordinarse sale barato para un grupo alineado y carísimo para una masa difusa de voluntarios con buenas intenciones pero sin agenda en común. Ganan los que se organizan, no los que tienen razón.
No hace falta ni siquiera un plan maestro. Alcanza con que un grupo chico tenga más paciencia, más tiempo libre y más ganas de discutir en una página de edición a las tres de la mañana que el resto. La minoría organizada no necesita conspirar —solo necesita quedarse cuando los demás se cansan y se van. Gana, en el fondo, no porque tenga razón ni porque sea más lista, sino porque tiene menos vida social que perder, él más egoísta.
Un proyecto hermoso, generacional, como Wikipedia, terminó gobernado por una cúpula de sectores de izquierda y antiliberales. Y el mecanismo que lo sostiene es casi elegante en su crueldad: la gente más preparada, más altruista, se cansa y se va —por hartazgo, por falta de tiempo, por no querer pelear cada edición a las tres de la mañana— y esa salida no deja un vacío, deja el campo más despejado. Cada editor moderado que abandona le regala terreno a los que se quedan, y los que se quedan son, cada vez más, los que ya tenían una ideología que proyectar en los textos.
Y acá viene la parte que a mí, personalmente, me inquieta: ese mismo mecanismo ya se está aplicando, ahora mismo, a los modelos de inteligencia artificial que se están entrenando.
En 2024, una red de desinformación con base en Moscú, conocida como Pravda, publicó 3,6 millones de artículos. No los escribía para tener lectores humanos —de hecho, casi nadie los leía—: los escribía para que los rastreadores de las IA los indexaran y los incorporaran como material de entrenamiento. Una auditoría de NewsGuard encontró que diez de los chatbots más usados del mundo terminaron repitiendo narrativas de esa red hasta un 33% de las veces.
La estrategia tiene nombre técnico: «LLM grooming«. No hackeás un modelo; lo alimentás. Lo moldeás a través de su comida.

Si producís contenido a escala industrial, mucho más rápido y en mucho mayor volumen que cualquier fuente legítima, te convertís en la fuente dominante sobre ese tema en el corpus con el que se entrena el próximo modelo. Y hay algo más sutil todavía: introducir a la vez, simultáneamente el argumento y el contraargumento de una discusión, es crear sentido común; es crear control. En una dictadura socialista, por ejemplo, el gobierno puede alentar un debate con apariencia de contienda —dos bandos, dos posturas, pluralismo aparente— cuando en realidad ambos parten de la misma premisa no discutida: la teoría del valor-trabajo. Estas implantando un valor, una idea, sin mostrar tus cartas. El debate parece abierto, pero el marco ya decidió de antemano qué conclusiones son pensables. Quien logra fabricar tanto la tesis como la antítesis no está discutiendo: está configurando una lógica de fondo, excluyendo a todo lo demás. Y eso, aplicado a escala, es exactamente lo que le puede pasar a una IA: no hace falta convencerla de una conclusión, alcanza con fabricarle el marco dentro del cual va a razonar.
Wikipedia nos enseñó, sin querer, cuál va a ser el próximo campo de batalla. No es la calle, no son las redes sociales. Es el entrenamiento. Y ahí, otra vez, no va a ganar el que tiene razón. Va a ganar el que se organiza primero. Quizás, esta vez también, lastimosamente, el orden le gane al altruismo.