Chaleco de flores – 7

"Era tal el desconcierto que no sabía si estaba caliente o si estaba nervioso. Buscaba una manera de humanizarla, de sentirla cercana."

Sentado en el sillón del living podía ver por el reflejo de la ventana la silueta de una mujer apoyada en el marco de la puerta de la cocina. Me demoré mil años, o un milisegundo en comenzar a ponerme de pie. Miraba fijo el reflejo de la ventana convencido de que iba a salir corriendo, que iba a desaparecer si la miraba de frente, pero ella seguía allí, y con una postura inquietamente serena. Ya de pie giré y la miré. Su silueta a contraluz era la perfección. No se movía. Nos miramos por un momento. Yo ya no sentía inquietud.

–Ya sé que me descubriste, no tiene sentido que me siga escondiendo –dijo la mujer con una voz demasiado segura para su edad–. Pero pienso que hasta te puede interesar el motivo por el que vengo a tu casa.
Dio unos pasos hacia el living y la luz le dio de lleno. Recién ahí la pude ver de jeans y camisa blanca. Era linda, pero más que eso, era tremendamente atractiva. Se detuvo al lado mío.
–Me llamo África.
–¿África? ¿Te llamás o te dicen África?
–Me llamo –por primera vez titubeó–. Bueno, es mi nombre espiritual.
Ah, bueno. Empezó la pavada.
–No importa mi otro nombre, me llamo así; África.
–¿Y en el documento…?
–Vos sos Marcos. Marcos Priestley.
–¿De dónde me conocés?
–No te conozco, vi tu nombre en los sobres que te llegan, en tus papeles…
–O sea, revisaste toda mi casa…

No contestó, pero algo había empezado a apagarse en su belleza. No me habría sorprendido que me dijera que era una therian ratoncita y que venía por las noches a comer de mi cocina.
–¿No te da curiosidad cómo entro a tu casa? –me preguntó, ahora sí, con una mirada fabulosa. Obviamente cuando salía de su tema esotérico su ser mujer explotaba en hormonas y humores sensacionales.
–Bueno, puede ser curioso, pero hasta antes de conocerte sí, me daba curiosidad. Ahora no, simplemente no me interesa saber cómo entrás ni lo que venís a buscar. No sé por qué.
–Entonces no te lo digo.
Para este momento yo ya había empezado a mirar su cuerpo. Sus piernas, su culo, su cintura… No guardaba el menor reparo en hacerlo.
–Entonces no vivís acá –le pregunté mientras tocaba el cuello de su camisa–. Entrás cada noche.
–¿Pensabas que vivía en tu casa? –me preguntó con una sonrisa y una mirada entrecerrada que volvía a inclinar todo hacia el plano sexual. Se me desbocó una mano y le tomé sus dedos de la mano izquierda.
–Sí.
–No, no vivo acá. ¿Te interesa saber por qué vengo? Me llama la atención que no te interese una persona que viene a tu casa, entra…
La solté. Di un paso hacia atrás y entonces la pude ver hablándome. Me senté en el sillón.
–Vení, sentate. ¿Cómo te llamás?
–África.
–¡Cierto! Perdoname. ¿Querés tomar algo, África?
–No, gracias.
–Bueno, África, dale, contame cómo es que entrás a casa, qué venís a hacer…, dónde vivís, quién sos…
–Entro por la puerta.
–¿Qué puerta?
–La de entrada.
–¿Tenés llave?
–Sí. Desde hace seis años que tengo llave.
–¿Y por qué tenés llave?
–Porque hace seis años viví acá, en esta casa.
–Ah… ¿y es la misma llave?
–¿Vos cambiaste la llave de la cerradura?
–No… No, la verdad que no.
–¿Vos me descubriste porque te contó tu vecina, no?
–Paula, sí.
–Paula… –dijo como dejando caer la palabra–. Y leí lo que estás escribiendo.
En ese momento tuve como otro despertar, como un refresco de la conciencia y la volví a mirar como lo que era: una extraña.
–Pero, Paula… perdón, África, ¿qué carajo hacés en casa? ¿Qué venís a hacer acá?
Sonrió.
–Bueno, ahora por fin siento algún interés.
–¡Sí, me interesa! ¿Qué hacés acá? Es que no termino de comprender que realmente vengas todas las noches a mi casa.
–Todas las noches no, también he venido durante el día. Pero te cuento: hay una constelación en la carta…
–No, no, no… No quiero que me cuentes de cartas y estrellas. Quiero que me cuentes qué venís a hacer a casa.
–Pero es que si no te explico…
–¡No me expliques nada! ¡Contame! ¿Qué venís a hacer? ¿Te sentás arriba de la mesa en posición de loto? ¿Hacés el saludo al sol desde la cocina? Contame qué hacés en casa.
–Es que si no te explico va a parecer raro.
–No me expliques. Contame.
Me miró como intentando hacer que las cosas tengan sentido, pero finalmente bajó la mirada y se recompuso.
–Ok, por las noches, a eso de las dos de la mañana, me recuesto desnuda en ese rincón del living, después, las tardes que…
–¿Cómo? ¿Desnuda?
–Sí, boca arriba, con los brazos extendidos y las palmas hacia arriba.
–¿Desnuda…?
–Sí. Desnuda. Y a las tres de la tarde, cuando no estás, me coloco en posición fetal en el cuartito ese que está al lado del tuyo.
–¿…? ¿…desnuda…?
–Sí, desnuda.
Era cierto, hacía falta una explicación. Es que lo que me fuera a decir de Virgo, Leo, las constelaciones, la casa siete… no, no me lo iba a bancar, me resultaba pesadísimo. Pero andaba por mi casa en pelotas, y la verdad que…
–¿El tema este de la carta y la constelación te… te piden que te pongas en pelotas?
–No, la carta no me pide nada –África me miró con condescendencia–, a ver… es un tema de energías. Y en esta casa, por debajo de esta casa pasa un curso de agua que…, a ver…, un curso de agua que por temas de la carta tiene relación con… sí, con una constelación…
–¿Y por qué desnuda?
–Porque, explicado fácil, la ropa nos aísla del resto del universo. Por eso.

África me hablaba en un lenguaje parecido al que hablan los informáticos cuando intentan vulnerar el sistema de seguridad de sus play stations. Pero estaba muy buena. Mi cabeza ardía; ardía intentando comprenderla, y ardía imaginándola desnuda conectada con Urano. Era tal el desconcierto que no sabía si estaba caliente o si estaba nervioso. Buscaba una manera de humanizarla, de sentirla cercana.
–¿Pedimos empanadas? –le pregunté abrumado.
–Si querés pedite vos. Yo tengo unas zanahorias con coliflor en el freezer.
–¿En mi freezer?
–Sí, entre los faldones nevados de tu freezer, enterrados debajo de las milanesas están mis zanahorias con coliflor.
No era calentura, eran nervios. O al menos me empezaba a poner nervioso.
–¿Tampoco tomás vino ni cerveza, no?
–Agua.
–Claro… Agua.

En lugar de empanadas me calenté dos milanesas, y a ella le descongelé un paquetito (tenía cuatro) de zanahorias y coliflor. Le serví agua natural, como aclaró desde la chimenea, y yo me abrí una lata de cerveza. Puse unas leñas en la chimenea y ardió como si sus llamas estuvieran desnudas en conexión con Saturno. Ella volvía del baño, pero se había cambiado. Ahora tenía un pantalón blanco y un saquito de mangas cortas también blanco. Debajo del saco llevaba lo que me pareció un corpiño deportivo. Blanco. Y estaba descalza.
–Te queda muy bien vestirte de gurú zen.
–Vos podrías ponerte el pantalón blanco que tenés en el ropero.
Esta vez no me produjo nada el que conozca hasta mi ropa. Simplemente me fui al cuarto y volví con el pantalón blanco, la misma camisa que tenía, rayada rosa y blanca, y descalzo.
–No, sacate esa camisa. ¿No tenés una camisa blanca?
–¿Tengo?
–No, no tenés. Andá a tu cuarto, debajo de la cama vas a encontrar dos bolsos. Ahí guardo mi ropa. Buscá un chaleco blanco con florcitas azules. Te puede quedar bien.
–¿Y qué camisa?
África me miró con extrañeza.
–¿Te molesta mucho llevar sólo el chaleco de flores?
–No, no. Claro.

Cenamos los dos vestidos de blanco frente a la chimenea. Me contó que vivía subiendo la Sierra de las Ánimas en una casa sencilla, que trabajaba en una librería, que también hacía cartas astrales y ordenaba casas con Feng Shui. Me dijo que no tenía novio ni novia, y que estaba reorganizando su vida después de una relación bastante tóxica con un no binario. Que jugaba al paddle con unas amigas los jueves, que le gustaba el tango, y que su escritor preferido era Vargas Llosa.

Mientras me contaba todo esto pude ver con disimulo que se prendía la luz de la ventana de Paula, y que al pasar miró para el living. Y regresó con cara de asombro. No pude seguir mirándola, pero de inmediato la luz de su ventana se apagó, y la imaginé viéndome hablar con la supuesta intrusa, vestido de blanco y con el chalequito de flores. Nunca me había sentido tan desorientado.

Pero en un momento recuperé mi hombría.
–Sabés, África…, me gustaría aprender a absorber la energía del feng shui como hacés vos. ¿Me podrías enseñar?
–¿Vos querés aprender a regenerar las células y las neuronas atravesándolas con la energía que cruza del agua hacia las estrellas? ¿O querés que nos quedemos en bolas esta noche en el living?
Empecé a pensar que además con el feng shui leía la mente.
–Bueno, sí. En realidad quiero que nos quedemos en bolas esta noche. ¿Qué te parece?
África dejó los cubiertos sobre los coliflores que le quedaban y me volvió a mirar.
–Así como estás, me contaminarías la energía, Marcos. Pero si querés que te enseñe a purgar tus sentidos con el magnetismo estelar, entonces podríamos quedarnos desnudos… dentro de un tiempo.
Otra vez ese lenguaje encriptado.
–A ver, África… ¿estamos hablando de coger, no?
–Estamos hablando de compartirnos la energía…
–Sí, pero cogiendo, ¿no?
–Sí, Marcos. Coligándonos magnéticamente entre el agua y el cosmos.
–Dale, África. Entonces sí.
–¡Te va a encantar, Marcos!
–No sabés las ganas que tengo.

África cargó sus dos bolsos y la acompañé a la puerta. Me dijo que compre una colchoneta, una pelota de pilates, unas gomas elásticas, un hornito para evaporar aceites esenciales, una planta de artemisa, unas piedras para calentar en un cuenco y un catalejo. Ya subiéndose al remise advertí que llevaba puesto su chalequito.
–Tenelo –me gritó desde la ventana–. Lavalo con jabón blanco y un cepillito.

Esa fue la última vez que vi a África.

(Continuará…)

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1 comentario en “Chaleco de flores – 7”

  1. ¡Mirá vos a África!
    Desde que contaste que Paula es policía pensé que el chaleco de flores era el de ella.
    Lo de las constelaciones, está de más decir que es cierto, y también es cierto que los cursos de agua están alineados con las estrellas voladoras.

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