Tu cabeza volando por el parabrisas

El divorcio era un sacrilegio y la viudez, una oportunidad. La historia de una esposa decidida que descubrió, de la peor manera, que el crimen perfecto no existe... pero la

Lara era una mujer decidida. Ya de pequeña tenía en claro lo que quería cuando creciera: casarse y convertirse en esposa. Tener un anillo, una casa y presentarse ante todos como «la señora de tal y cual, encantada de conocerlos». No habría otra esposa como ella. Para Lara, el matrimonio no pasaba por una cuestión de género o de elección: era un llamado de carácter personal, por lo que nunca juzgó de manera negativa a las solteronas. Consideraba que ese era su camino y, como tal, estaba dispuesta a recorrerlo.

Poco le importaba con quién fuera. No buscaba al indicado; ella solo quería casarse. El problema eran los candidatos en sí. Los hombres parecían alejarse de ella, como si intuyeran la velocidad de una bala a punto de estrellarse contra su objetivo. Y eso asusta a cualquiera, al menos a los más despabilados.

Sin embargo, no se desanimó. Intentó con los amigos de sus amigos, citas a ciegas y hasta en los anuncios clasificados. Así fue como encontró al único hombre que no se apartó de su camino. Tardó un poco más que muchas de sus amigas, pero finalmente lo logró en una pequeña iglesia a las afueras del pueblo. Caminó con el vestido blanco por la nave expectante, entre los invitados apostados a los costados mirándola, el camino de flores, las promesas frente al altar y hasta el largo y merecido viaje por el Caribe neerlandés.

Todo salió como ella quería. Todo… bueno, menos su marido.

Roberto era un tipo común. Ni el peor ni el mejor. Nadie podía recriminarle que no amara a su esposa: recordaba sus aniversarios, tenía atenciones con ella y toleraba sus incontables críticas como parte de un ejercicio compartido para mejorar la pareja, aunque rara vez fuera su turno para hablar. Y eso le molestaba a Lara, porque si bien ella tenía claro quién era, su esposo parecía no saber cuál era su rol. Le molestaba la manera en que caminaba, cómo ponía las manos al acostarse, la timidez con la que llamaba al mozo en los restaurantes, el tiempo que perdía sentado frente al televisor y la forma en que hundía su cuerpo sobre ella al hacer el amor. Ni siquiera soportaba su aroma, que le parecía similar al olor graso de la comida para mascotas. Sencillamente, Roberto no era el hombre para Lara. Pero este descubrimiento llegó demasiado tarde.

A los dos años de casados ya tenía decidido que iba a matarlo. Pensó que no tenía otra opción: el divorcio, para alguien como ella, era un sacrilegio. Y no de naturaleza religiosa, sino más bien personal. Consideraba la separación un error, algo impensado para una fiel creyente de la institución del matrimonio. Lo decía la misma fórmula de su aceptación: hasta que la muerte los separe. Así fue como concluyó que el mejor camino era enviudar. Creía que era más digno que una viuda volviera a casarse; había algo en la idea de reponerse ante la tragedia de la vida que la atraía. Una divorciada no podía decir eso de sí misma. Los hombres eran los que salían ganando con un divorcio: eran los que rehacían su vida manteniendo su dignidad. La sola idea de casarse en segundas nupcias siendo divorciada la hacía sentir como una reventada más del montón, y no le parecía justo que, hasta en eso, Roberto saliera ganando.

Le tomó otro año entero pergeñar la manera de matarlo. Necesitaba el crimen perfecto, uno que no pudiera rastrearse hasta ella. Primero pensó en envenenarlo, pero nunca encontró el ingrediente correcto con el cual excusarse. Para colmo, Roberto gozaba de buena salud, por lo que tampoco podía valerse de alguna alergia o condición previa. Por un tiempo barajó la idea de provocar un accidente doméstico: pedirle a Roberto que cambiara la bombilla de la escalera y que este, con cierta ayuda, cayera al vacío. Luego la descartó por lo incómodo que sería recordar ese episodio en su propia casa, teniendo que atravesar todos los días el lugar donde su marido hubiese fallecido. No tanto por la culpa del acto, sino porque le incomodaba tener cerca algo que le recordara lo infeliz que había sido con él.

Algo de esa idea permaneció en ella. Necesitaba un accidente, algo rápido y súbito, pero que pudiera ocurrir lejos de casa. La solución le llegó mientras leía el diario un domingo de noviembre:

«Trágico accidente en la ruta: muere el conductor y su esposa sobrevive de milagro».

Para Lara fue como terminar de leer una novela perfecta. Todo estaba allí; solo necesitaba llevarlo a cabo.

—Quiero aprender a manejar —le dijo a su esposo mientras servía la cena. 

—¿A esta edad? 

—¿Me estás diciendo vieja? 

—No, mi amor, no es eso. Es que no es tan fácil como levantarse y decir: «Bueno, ahora voy a manejar». 

—Las mujeres de ahora somos independientes, Roberto. Tenemos derechos. Y yo quiero moverme por mí misma, hacerme valer, ¿no te parece?

Roberto asintió en silencio. Los años de desidia se habían vuelto bastante obvios, incluso para una persona como él. Sentía que debía hacer algo para salvar la pareja, para llevarla hacia un lugar que la hiciera feliz a ella y, por decantación, a él también. Por ello, vio en esa petición la oportunidad perfecta para recuperar a su mujer.

Roberto la llevó a practicar a un estacionamiento durante los fines de semana. Lara aprendía con rapidez. Cuando su marido conducía, ella prestaba atención a sus movimientos, en especial a los pequeños detalles. Luego, en la cocina o en el baño, practicaba imaginando que se ponía al volante: la larga y serena ruta, el horizonte moviéndose como las olas de un océano limpiándose a su alrededor, el tibio viento silbando con la velocidad. Y la cabeza de Roberto, esa enorme y estúpida cabeza, volando a través del parabrisas para no regresar jamás.

Esa era la manera en que debía hacerse. Ella conduciría, buscaría el lugar ideal para chocar y él moriría lejos, despedido por la propia velocidad de los sueños de Lara y del motor de su auto.

El día que obtuvo su carnet, le dijo a su esposo que quería un auto. Y no cualquier auto.

—Quiero un Mercedes Clase A, modelo W168. 

—Es un poco caro, mi amor. 

—¿No me lo merezco, Roberto?

Por suerte, Roberto tenía un buen sueldo y no era para nada tacaño, especialmente en lo relativo a su esposa. Si conocen ese auto, sabrán que la particularidad de dicho modelo es que cuenta con un parabrisas con una inclinación muy marcada, formando una línea casi continua con el capó corto del motor. Es casi un tobogán que va desde el capó hasta el comienzo de la primera fila de asientos. Lara lo eligió por este motivo, buscando con ese parabrisas extremo maximizar las posibilidades de éxito de su plan.

¿Y el lugar? Ya lo tenía elegido desde antes de obtener la licencia. Lo vio una noche que salieron tarde del restaurante favorito de Roberto: un camino alejado y sinuoso donde, al final de una curva, se levantaba un triste y solitario nogal, grueso y pálido como un elefante. Para su suerte, muy cerca se abría la boca de un canal de riego con unas enormes terminaciones de concreto, perfectas para que la cabeza de Roberto colisionara contra ellas.

Ya estaba todo decidido; solo quedaba ejecutarlo.

Cuando llegó el otoño, le propuso a Roberto salir a cenar a su restaurante favorito. Luego de pensarlo mucho, se vistió con un elegante vestido rojo, ya que sería la última vez que podría usar algo de color por un largo tiempo. Fueron en su coche para que Roberto pudiera beber tranquilo. Dejó que se sintiera importante, que eligiera el vino y la comida. Todo con tal de hacerlo feliz, como si fuera lo más humano en una situación así. Sirvió copa tras copa del vino denso y oscuro que le gustaba a su marido. Para cuando este dejó caer sus cubiertos por accidente, Lara supo que lo tenía donde quería.

—Mi amor, ¿podemos pedir la cuenta? 

—Sí, un segundo… Mozo… Disculpe, mozo. Hola, sí… ¿la cuenta?

Lara ayudó a Roberto a subirse al coche. Él no paraba de hablar y su aliento apestaba a perro bañado en alcohol. Cuando le abrochó el cinturón y cerró la puerta, sintió que ya había ganado. Condujo por el camino largo y sinuoso. Estaban solos, en la última noche que pasarían juntos el resto de sus vidas.

Al llegar a la curva anterior a la indicada, ya tenía todo calculado. Había estado sacando cuentas, recordando las viejas clases de física de la escuela: si el auto chocaba de su lado a una velocidad cómoda, entre los setenta y los noventa kilómetros por hora, ella solo sufriría un par de rasguños y tal vez un latigazo cervical. Ahora bien, su esposo, dormido como estaba y sin el cinturón de seguridad puesto, saldría disparado a la misma velocidad a la que impactaran. Era como subir a Roberto a un enorme cañón que lo alejaría de ella para no regresar jamás. Y si el impacto contra el vidrio no lo mataba, la caída contra la boca de riego de seguro lo haría.

Lara no pudo contener la sonrisa cuando el nogal surgió al final de la luz de sus faros. Comprobó que su marido siguiera dormido, que su propio cinturón estuviera bien ajustado y el de él suelto. Apagó la radio —le pareció que era lo correcto en un momento así— y aceleró. Lo último que vio fueron sus propias manos y pensó que su alma residía en ellas, pues, al final, todo lo que hacemos en este mundo lo hacemos con las manos.

Para cuando llegaron los paramédicos, encontraron a Roberto a varios metros del accidente. Estaba recostado sobre un enorme colchón de hojas muertas, lejos de la boca de riego y de los afilados bordes secos del canal. Salvo por un par de costillas rotas y una larga cicatriz en el rostro, su condición no era grave.

En cuanto a Lara, los paramédicos tuvieron que esperar a que los bomberos apagaran el incendio. Al chocar tan de golpe y a tanta velocidad, el motor había arrancado las mangueras de combustible, lo que provocó un fuego que envolvió rápidamente todo el vehículo. Dentro de este, todavía con el cinturón de seguridad puesto y las dos manos aferradas al volante, yacía cómodamente el cuerpo calcinado de Lara.

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