Me senté a ver la película y desde el principio empaticé con la protagonista, Alejandra: fan del rosa, de Hello Kitty, trabajadora y enamoradísima de su marido, con quien se casó muy joven y embarazada. Hasta ahí creí que todo sería felicidad, pero comenzó una cadena de malos momentos de los cuales jamás me imaginaría el final.
A medida que avanzaba el documental, no podía creer cómo el deseo del marido era tan grande, tan intenso, como para empujarla a hacer lo que hizo. Cómo el mandato de la sociedad presiona tanto en una, hasta el punto de sentirte inservible o poco mujer por perder un embarazo.
Pero sigamos con la película. Tenemos desde el otro lado a Mayra, la chica que conoce Alejandra. Vemos cómo también la presión hace que ella no pueda tener a su cargo otro bebé, tanto que piensa en regalarlo o abandonarlo: la poca plata, el abandono de su novio y la falta de trabajo.
El trato que hacen es algo ideal para ellas: una que no puede tener hijos propios y su marido no acepta una adopción, y la otra que es súper fértil, abandonada y con un deseo nulo de volver a ser mamá.

En teoría es fácil, pero son nueve meses los que hay que fingir estar embarazada. Quedan en el arreglo entre ellas y ahí es donde todo cae por su propio peso. Hay que destacar que la mente humana es un infinito misterio muy estudiado, pero la matriz de una mujer, aún más.
Recuerdo cuando mi abuela decía que, si una mujer no podía quedar embarazada, había que juntarse con una que sí lo estuviera para que la matriz se pusiera celosa.
Dichos antiguos…
En ese proceso, Ale tiene un embarazo psicológico donde engorda, le sale panza redonda, su “bebé” patea y hasta un doctor le siente los latidos. Qué locura, ¿no?
Los hechos fueron tremendos. Alejandra se lleva a la bebé del hospital —uno público en México donde la seguridad no es consistente, donde se ven a diario los abandonos de bebés y donde, digamos todo, nadie mira donde debería mirar—.
El caso es descubierto porque la madre biológica de la bebé dice que no hubo trato, presenta la denuncia y el veredicto son 13 años de cárcel para Alejandra.
Durante esos años ella sueña con ser mamá, piensa en adoptar, pero su marido sigue insistiendo en que siempre es mejor un hijo de sangre. En este punto, como en todo el proceso, la salud mental y los tratamientos psicológicos: not found.
Cuando Ale sale de la cárcel —y digo Ale porque en todo el documental una logra empatizar, desear y llorar junto a ella—, regresa con su marido, pero la felicidad dura muy poco. Se separan, él tiene una aventura y, adivinen… es papá. No quiero ni pensar lo que debe haber sufrido esa mujer en ese momento. Pero siguen juntos después y a pesar de todo.
El documental cierra con la madre de la bebé diciendo que jamás la perdonaría, que no la entendería nunca, y sostiene que es mentira y que no existió ese dicho trato.
Vemos a una Alejandra que podría ser cualquier mujer en el mundo… sin cumplir su sueño de ser madre, donde se le pasaron los años, donde la presión y los mandatos de la familia y la sociedad la llevaron a perder totalmente la realidad de este mundo.
Lloré mucho con el final y ahora me pregunto a mí misma… ¿cómo pude empatizar con alguien que robó un bebé? O mejor dicho… ¿cómo no empatizar con una mujer que tanto desea tener un bebé?