Entrevista de trabajo

A veces la necesidad de buscar trabajo nos lleva a lugares extraños.

Me encontraba a las puertas de un edificio común y corriente. Nada extraño, y eso era extraño. Teniendo en cuenta como se dió la cita a la entrevista laboral que me traía hasta aquí.

El número coincidía, y la pequeña entrada era normal, para cualquier construcción en esta zona del centro de Mendoza. Piso simil marmol, portero con panel de bronce, una puerta de madera con cuadrados de vidrio semi transparente.

Encontré el aviso para alguien con formación en Tecnologías de la Información en uno de esos pasquines publicitarios que reparten casa por casa. Pedían que se enviara un currículum impreso en papel A4 de 90 gramos. En un sobre de papel madera y se dejara en un Poste Restante. La cosa empezaba contradictoria.

Te contestaban con un telegrama, con Fecha y Hora de la cita y requisitos. El C.V. ampliado, impreso de la misma forma y en el mismo medio. Pero en una carpeta de cartulina blanca.

Todo esto en pleno siglo veintiuno. Pero bueno, a veces estos pasos son filtros. Y como la necesidad aprieta..

Toqué el portero y la puerta hizo el zumbido correspondiente. Mientras empujaba miré a todos lados buscando alguna cámara sin notar nada. 

Las paredes del pasillo eran de madera lustrada. No barnizada. El piso de las viejas baldosas en color ladrillo. A la mitad de las paredes la madera dejaba lugar a una pintura mate blanca. Lo mismo que el techo, de yeso con molduras. Un leve aroma a cera de lustrar y algún producto sintético que usaron en el piso.

Tres puertas con el mismo tratamiento que las paredes, y en el fondo del pasillo un ascensor de rejas. Subí y la puerta se deslizó muy facil. El interior olía a lustramuebles.

En las oficinas me atendió una mujer en sus cincuenta, muy correcta. La sonrisa amable y personal. Conocía mi nombre. Y directamente me dirigió al escritorio del entrevistador. Mientras caminaba admiré su contorneo. El aspecto firme de su figura. El trajecito no estaba acartonado, lo que dejaba traslucir una silueta joven. Cuando pasé a su lado miró mis rostro y sonrió. No percibí aroma pero algo en mi nariz se activó, y repercutió en mi vientre.

La entrevista fue con un abogado cuyo nombre mantendré en reserva.

La decoración de aquel departamento era: perfecta. No había plantas. Sillones de cuero, mesas de madera oscura y lustrada. Las lámparas con focos incandescentes. No había ventanas, ni vidrios. Y el aroma era embriagador. Sutil mezcla de elementos de limpieza y algún aromatizante floral, con el amargo de la madera y el cuero.

El escritorio de la entrevista macizo, roble, y con un vidrio grueso en la parte superior. Sin adornos, solo un par de carpetas de cuero en un costado. Las sillas no rompían la armonía de aquel lugar. La única ventana estaba oculta tras una pesada tela de color caoba.

Me invitó a sentarme.

Abrió la carpeta con mis papeles e hizo un gesto que me incomodó. Antes de leer, inhaló sutilmente sobre el impreso. Cada cambio, mirarme, leer y hablar era intercalado por un par segundos. Un inquietud se generó en mi cabeza. Como si desde que entré estuviese en una escenificación.

Comentó varios aspectos que le interesaban mirándome a los ojos. Durante mis respuestas su rostro era neutro.

Cada vez que preguntaba o comentaba algún punto, un segundo antes de abrir la boca volvía a oler sobre el Currículum Vitae.

Luego me condujo a la sala vecina, donde un hombre pasado en kilos, pero con un traje impecable, corbata correctamente anudada, rostro pulcramente afeitado y sin pelo, me recibió con una leve sonrisa. Tendió su mano y el apretón no fue fuerte, sino firme. Al hacerlo repitió el gesto del entrevistador, una sutil inhalación.

Luego caminamos a la recepción, pasé la puerta y esta se cerró. Me esperaba la secretaria, con mis papeles y una sonrisa.

Al despedirse y diciéndome que esperaba verme pronto noté que sus dientes eran perfectos. De publicidad. Su aliento suave penetró en mi psiquis.

Caminé como en un sueño. Como despertando de una pesada siesta. Al salir, mientras el aire de la ciudad me despertaba, las piernas me fallaron y tuve que sentarme.

¿Qué fue aquello? me repetí esa pregunta durante meses.

Nunca se volvieron a contactar conmigo. Y cada vez que paso por ese lugar un leve vértigo me invade la cabeza.

COMPARTIR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *