Mendoza es un experimento sociológico y ambiental rarísimo. Somos un desierto árido, seco y abrasador que un día decidió: “¿Sabés qué?” Pongamos árboles en este desierto, y funcionó… Ahora es una ciudad bosque.
Pero no por generación espontánea, ni porque Dios haya dicho “che, plantemos unos plátanos acá a ver qué pasa”. Funcionó por ingeniería, acequias centenarias y especies adaptadas a sobrevivir con una cantidad de agua que en cualquier otro lugar llamarían miseria hídrica.
El problema es que ese equilibrio, que costó generaciones construir, hoy lo estamos haciendo mierda con una dedicación digna de mejor causa, y ahí es donde aparece nuestro personaje favorito de esta historia: “EL VECINO MENDOCINO”.
Ese espécimen único que se llena la boca hablando de que “MI MENDOZA” la nombraron “Ciudad bosque”, pero apenas una rama le tapa el cartel del negocio, le da sombra a la pileta o le ensucia el auto con resina, se transforma a ingeniero forestal egresado de YouTube.
Sale a la vereda con una motosierra china pagada en 12 cuotas, una escalera que le faltan 3 peldaños, atada con alambre y una seguridad en sí mismo que solamente puede explicar el desconocimiento absoluto de la ley 7874 (Ley Provincial de Mendoza de Arbolado Público, donde su objetivo principal es establecer el marco legal, técnico y financiero para proteger, conservar, mejorar y desarrollar el arbolado público en todo el territorio de la provincia).
Porque para algunos, el arbolado público funciona así, si está frente a mi casa, el árbol es mío. Y si molesta, se poda… Y si molesta mucho, se erradica… Pero cuando alguien pregunta el motivo de su accionar, aparece la frase científica definitiva “No pasa nada, en unos meses rebrota”. Sí campeón, rebrota… Pero ¿A qué costo?
DIARIO LOS ANDES
Una poda mal hecha no es simplemente dejar el árbol feo, también es, generar heridas, desequilibrar la estructura, facilitar el ingreso de hongos, patógenos e insectos, acelerar el proceso de pudrición que pueden terminar comprometiendo todo el árbol… Aunque eso lo vemos después, cuando aparece un viento fuerte y el árbol se cae… Y ahí es cuando llega el vecino indignado frente a las cámaras de los medios “¡Pero si estaba verde! ¡Nunca tuvo nada! Claro, por fuera estaba verde, por dentro era un queso gruyere.
Y DESPUES LLEGA EL OTOÑO
Para una parte de la población mendocina, una hoja caída no es parte del ciclo natural de un árbol, es una emergencia sanitaria. Entonces, es ahí, cuando Juan Carlos, sale con su escobita, barre las hojas, las junta en la base del tronco y su esposa Martita no tiene mejor idea que prender fuego esas hojitas secas. ¡SI FUEGO!!!
Evidentemente no había mejor manera de resolver la caída de hojas, que cocinar lentamente el árbol que estuvo décadas creciendo ahí.
El calor daña tejidos, genera heridas favoreciendo procesos de pudrición y cavidades internas. El árbol puede seguir creciendo y aparentar estar perfectamente sano por fuera durante años, mientras que por dentro empieza a perder estructura, lo que hace que más adelante colapse al primer viento.
La naturaleza tiene una forma bastante elegante de pasar factura: tarda años en cobrarte, pero cuando llega el momento del cobro, no acepta reclamos.
También está Rosita, que no las quema… Pero las tira a la acequia, pensando que resolvió el problema… ¡Pero NOOOOOOOO!!! Trasladó otro quilombito, tres cuadras más adelante, la acequia se tapó y el agua deja de circular por donde debería y las calles son una mini Venecia.
Muchos árboles sobreviven como pueden en un ambiente hostil, acequias secas, poca disponibilidad de agua, raíces superficiales, compactación de suelos y ejemplares envejecidos que jamás fueron reemplazados adecuadamente, y es acá donde la contradicción aparece. Estamos orgullosos de la “Ciudad Bosque” mientras hacemos lo posible para dejarla sin bosque.
GOBIERNO DE MENDOZA
Tené en cuenta, que ese árbol que ves todos los días no apareció ahí de casualidad; alguien lo plantó, lo regó, lo cuidó y sobrevivió décadas a los calores, heladas, sequías, obras, cables, autos, cemento y, sobre todo, a nosotros.
Si me permitís darte un consejo sencillo de ingeniero agrónomo a vecino, es que al árbol no se lo toca por estética ni por manía, se lo interviene por necesidad y respetando su biología.
Si vas a plantar, primero elegí la especie correcta para el espacio correcto. Porque después no vale llorar cuando las raíces levantan baldosas, medidores de gas, o te acaricia el callo de tu pie cuando estás descalzo en el comedor de tu casa.
Si una rama realmente te molesta, no busqués la motosierra de tu cuñado, andá al municipio. El arbolado público necesita planificación, presupuesto, personal capacitado, mantenimiento profesional y una política seria de reposición y reforestación. También necesita algo bastante más barato: ¡que no cortés vos el árbol, porque ese ejemplar que hay en la calle no es tuyo… ES DE TODOS!!!
La próxima vez que una rama te moleste, guardá la herramienta, apagá el fósforo y dejá que el árbol siga haciendo lo que mejor hace, “mantener viva una ciudad, que, sin ellos, ¡volvería a ser exactamente lo que era antes de que nosotros llegáramos” … UN DESIERTO!!! Y bastante más caliente.
Ing. Agrónomo Don Brote
NOTA AUSPICIADA POR:
