EL SECUESTRADO

Tenía un oficio cruel pero necesario para su subsistencia...

Oscar era una persona serena, de complexión menuda, mirada huidiza, nariz quebrada de boxeador, aunque era pacifista,  pacífico y sus manos eran pequeñas y de porcelana. Tenía un oficio cruel pero necesario para su subsistencia, cazaba pajaritos y los encerraba en una jaula para pedir rescate por su libertad a la gente de buen corazón, a los ansiosos por libertad y a los que les gustaba ver el vuelo ajeno. Esas personas que se emocionaban al ver los ojos tristes de las aves y no tenían problemas en desembolsar una suma módica de dinero por su liberación. El precio usual era de cien pesos, pero existían las rebajas rebajadas: dos por ciento cincuenta y tres por doscientos. Con una foto Polaroid de la liberación el precio se encarecía. A Oscar no le causaba remordimientos su oficio de secuestrador, su negocio le parecía sano y fructífero.

Los capturaba mediante hipnosis, valiéndose de un colgante plateado en forma de lágrima, que oficiaba de péndulo. Los pájaros caían inmediatamente bajo el influjo del movimiento oscilante y entraban dócilmente a su prisión. Jilgueros, canarios, zorzales, ruiseñores, siete colores, gorriones y alguna que otra cotorrita -que hablaban en un lenguaje inentendible y cantarín-. Había aprendido el uso de la hipnosis en un curso por correspondencia, que duró casi quince años y que nunca terminó.

Ese día no había tenido suerte con las ventas. Caminó por la avenida principal y por las calles adyacentes, extrañamente vacías. Se escuchaban sus pasos y el llanto de una nube huérfana. Oscar respiró aliviado, una silueta se acercaba, despabilando al horizonte.

María estaba aburrida todo el tiempo, no existía en el mundo nada que la pudiera complacer. Era bella como el mármol y como el mármol también era fría. Con una cabellera negra, extensa como una carretera en el desierto, rasgos de Modigliani y  voluptuosidad de pin up. Estaba hastiada. Entonces vio al hombre estrafalario.

A Oscar el corazón le empezó a bailar apenas pudo desenmarañar a la figura. Suspiró y se enamoró de ella. Su voz sonó segura cuando le ofreció su producto. Tenía en la jaula destartalada apenas tres gorriones temblorosos y un zorzal tartamudo.

A María le pareció extraño el ofrecimiento y eso era mucho mejor para ella. De inmediato comenzó su juego. Oscar se derritió como hielo en la selva bajo su mirada. Ojos brujos. Le urgió la entrepierna y le sudó el alma. Se hundió en ese olor a triángulo de sexo lejano. Oscar fue de ella, no hubo ni un átomo suyo que no adorara a María.

La mujer le dijo que no tenía dinero y que no le interesaba la libertad de nadie, que le gustaba ver a las aves como estrellaban sus anhelos contra los barrotes. Le pidió que excarcelara gratis a alguna, para verla ser engullida por el cielo. Él acató su pedido de manera obsecuente, sin pensar en el dinero. Abrió la puerta de la jaula y a pesar de su contrariedad las cuatro aves prisioneras escaparon.

María sonrió y sus labios hicieron que los cimientos de Oscar temblaran. Ella, con voz suave de jade tibio, le sugirió, imperativamente, que se metiera en la jaula. Oscar, al principio, creyó que era una broma pero la seriedad del semblante de la mujer le hizo saber que no lo era. Oscar suspiró, resignado al amor.

Quizás en sus genes tuviese algo de contorsionista. Primero pasó una mano por la pequeña puerta y luego la otra, introdujo los brazos y no sin mucho esfuerzo la cabeza. Los hombros y el torso pasaron sin inconvenientes, al igual que las piernas. El dedo gordo del pie derecho le costó para poder meterlo por la uña que estaba encarnada.

María, al principio, sintió algo parecido a un orgasmo, siempre le pasaba cuando lograba manipular a alguien. Luego, como siempre, comenzó a aburrirse. El hastío existencial la embargó y la imagen de Oscar abarrotando con su cuerpo a la jaula le provocó un bostezo eterno. Tuvo un acceso de picardía ulterior y con su mano lánguida cerró la puerta de la jaula.

Ella se alejó muy despacio, disfrutando cada paso que daba, mientras pensaba qué podría hacer para paliar el tedio de ser María. Nunca lo logró, siempre vivió en su languidez malvada y vaporosa. Oscar la vio doblar por la esquina, fue la primera y única vez que supo de ella. Los pájaros se desternillaban en la risa al ver a su captor sumido por los calambres y la tortura de no poder rascarse la nariz. Él quedó ahí, secuestrado. Viviría dentro de una jaula durante mucho tiempo, esperando que ella volviera.

Este espacio es auspiciado por:

COMPARTIR

3 comentarios en “EL SECUESTRADO”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *