El eco en el asfalto mojado.
Pasaron siete años. Siete inviernos mendocinos que se encargaron de lavar los colores de los recuerdos hasta dejarlos como una foto expuesta demasiado tiempo al sol.
Río Gallegos, las cartas que dejamos de contestar, la distancia… todo terminó siendo digerido por la rutina. Ya no era el chico de diecisiete que lloraba en la terminal. Ahora usaba un abrigo gris marengo, llevaba un maletín barato y trabajaba en una oficina del centro de la ciudad.
El mundo se había vuelto un espacio gris de trámites, apuros y tazas de café quemado. Pero la memoria es traicionera, sobre todo en julio. Era un martes a la tarde. El cielo sobre la Ciudad de Mendoza amenazaba con una llovizna helada que nunca terminaba de caer, dejando el asfalto de la Avenida Belgrano brillante y plomizo.
El frío se sentía pesado, de esos días donde la cordillera desaparece por completo detrás de un muro de nubes grises. Caminé hacia la estación del Metrotranvía, esquivando a la gente que caminaba apurada con los paraguas cerrados bajo el brazo. Subí al vagón. El interior estaba tibio, lleno de un silencio gris, roto solo por el zumbido del motor y el murmullo de los pasajeros.
Me paré cerca de las puertas traseras, apoyando la frente contra el vidrio empañado, mirando las calles pasar de largo. Entonces, el tranvía frenó en la estación Pedro Molina. A través del cristal cubierto de vaho y de las gotas que empezaban a resbalar como líneas sucias, miré el andén contrario. Otro vagón acababa de detenerse en sentido opuesto. Las puertas se abrieron y la gente bajó en un goteo monótono de abrigos oscuros. Y entonces la vi.
Estaba de espaldas, esperando que pasara un grupo de estudiantes. Llevaba una bufanda larga, tejida, de un color gris claro que contrastaba con el cemento de la estación. Fue un segundo. El universo se detuvo y el ruido del mundo se apagó por completo. Mi corazón dio un vuelco violento, un golpe seco contra las costillas que me dejó sin aire. Es ella. No tenía dudas. La forma en que inclinaba la cabeza, la manera de acomodarse el abrigo… Era Clara.
Se dio vuelta despacio, como si hubiera sentido mi mirada clavada en su nuca. Sus ojos recorrieron las ventanillas del tranvía. Buscó. Yo levanté la mano instintivamente, con los dedos temblando, tocando el vidrio frío, desesperado por romper la distancia que nos separaba por unos pocos metros. Sus ojos grises parecieron cruzarse con los míos a través del doble vidrio empañado. Hubo un destello de reconocimiento en su mirada, una fracción de segundo donde el tiempo volvió a tener diecisiete años y el Parque General San Martín volvió a llenarse de hojas amarillas.
—»Una última vez»—, pensé, con una voz que me supo a sangre y a nostalgia pura en la garganta.
Solo una vez más. Bajate. Bajémonos. Pero las puertas automáticas del Metrotranvía emitieron ese pitido agudo, sordo e inevitable. Un micro de la línea 600 pasó por la calle lateral, interponiéndose en la visual durante un instante. El motor rugió, las ruedas pesadas chirriaron sobre las vías y mi vagón empezó a moverse hacia adelante, suave, pero implacable.
Giré la cabeza, pegando la cara al vidrio, perdiendo la compostura de adulto, buscando su silueta entre la gente que se dispersaba en el andén gris. El otro tranvía también arrancó en dirección contraria. La vi quedarse quieta un momento, mirando el vagón que se alejaba. No corrió. No desesperó. Solo se acomodó la bufanda, dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida, perdiéndose entre la marea de abrigos oscuros y el asfalto mojado.
Fue justo ahí, viéndola irse, que mis dedos subieron solos hasta mi boca. No sé por qué lo hice. Tal vez porque el cuerpo se acuerda de cosas que la cabeza ya dio por perdidas, y el mío todavía guardaba en algún lado el peso exacto de una bufanda gris, el calor de un aliento filtrándose por la lana.
Me toqué los labios con dos dedos, despacio, como quien busca comprobar si algo sigue ahí. No había nada. Solo el frío del vidrio que había estado tocando un segundo antes. Ese beso que nunca le di —el de hoy, el de este andén, el que se quedó parado en la puerta de un tranvía que ya arrancaba— me pesó en el pecho más que cualquiera de los que sí nos dimos. Fue un vacío concreto, físico, como si me hubieran sacado algo de adentro con la mano abierta.
Quise gritar su nombre. No lo hice. Me quedé con la boca apretada contra mis propios dedos, tragándome un beso fantasma dirigido a nadie, a un vidrio, a un recuerdo que se alejaba en sentido contrario.
El tranvía aceleró, dejándome atrás, llevándome hacia donde el mapa decía que tenía que ir. Miré mis manos. Estaban secas, maduras, vacías.
Bajé los dedos de la boca y los cerré despacio, guardándome ese peso en el puño, como quien guarda una moneda que ya no sirve en ningún lado pero que tampoco se puede tirar.
Y sin embargo, ahí, en medio del vacío, algo se aflojó. No fue alivio inmediato. Fue más lento que eso, más parecido a soltar el aire después de haberlo aguantado durante siete años sin saberlo. Sonreí de lado, con una tristeza que ya no quemaba, sino que abrigaba como una vieja cicatriz.
Entendí que la vida no es un reencuentro de película; es el espacio gris que queda entre dos trenes que se cruzan a la velocidad de la memoria, y que a veces, amar a alguien también significa dejar que se pierda del todo en la niebla de la tarde —y descubrir, recién ahí, que uno por fin puede respirar.
1 comentario en “Caminando entre grises. Tercera Parte.”
¡¡Que escenas!! Me transporté, en escala de grises, sentí el vidrio frío. En la primera parte, caminé la Emilio Civit y hoy recordé mi propio recuerdo como si fuera del que hablaba el narrador. Hermosa historia, tristísimo y necesario alivio del cierre. Gracias Sr. Zantata por compartir su arte.