Cuando el pogo se vuelve premium

Vip, Vip del Vip, Super Ultra Vip y al fondo, nosotros. Una reflexión sobre entradas, precios y la mística de estar cerca del escenario.

Hay cosas que uno espera de un recital de rock.

Esperar meses. Ahorrar. Sacar la entrada con una mezcla de ansiedad, desesperación y una pequeña cuota de violencia hacia la página web que decide caerse justo cuando habilitan la venta. Conseguirla. Y después mirar el mail de confirmación unas veinte veces, porque uno ya no confía ni en su propia madre, mucho menos en una empresa que te cobró 8 lucas de service charge por permitirte hacer clic en «comprar».

Después viene lo lindo: esperar y contarle a todo el mundo que vas. Escuchar más seguido a la banda, imaginar cómo va a ser cuando se apaguen las luces, pensar qué canción van a tocar primero. Fantasear con estar adelante.

El azar de antes vs. las categorías de ahora

Y, desde que tengo memoria, había algo de azar también en todo eso que enumeré antes: sacabas tu entrada y sabías que, dependiendo de cuándo llegaras, cuánto corrieras y cuánto estuvieras dispuesto a poner en riesgo tu integridad física, quizás terminabas bastante cerca.

Quizás llegabas a la valla, ligabas una púa o una remera. Ni hablar de la posibilidad de que el cantante mirara para tu lado y durante los siguientes quince años le contabas a todo el mundo que «me miró», e incluías como anécdota «el día que casi me caso con Thom Yorke».

Ahora, en cambio, parece que la cercanía tiene categorías.

Campo. Campo VIP. VIP. Ultra VIP. Super Ultra VIP, si seguimos esperando un poco.

Y después, en algún lugar bastante más atrás, el resto de nosotros, los mortales que tomamos el Expreso Palmira-Mendoza y viajamos durante 40 minutos con cortinas con agujeros, ventanas con tierra y un aire acondicionado que parece un caloventor, mientras disfrutamos el paisaje de la Feria de La Banana.

En la actualidad, aparentemente no alcanza con pagar una entrada carísima para ver a una banda internacional. También hay que elegir qué nivel de pobreza estamos dispuestos a asumir para verla de cerca.

Y acá es donde empieza mi problema.

No tengo nada contra el que compra un VIP (bah, con algunos sí, pero lo dejo para otra nota). Si alguien tiene la plata, quiere estar cómodo y puede pagarlo, fantástico.

Yo también quisiera tener la plata. De hecho, si mañana me ofrecen un Ultra VIP con barra libre, baño privado, masaje y una persona que me sostenga la cartera durante el pogo, probablemente tenga que pensarlo.

El problema no es que exista un VIP. El problema es cuando el VIP se convierte en una manera de comprar la experiencia que antes compartíamos todos.

Y eso, en un recital (sobre todo de rock), me hace ruido.

Porque el rock tiene esa cosa bastante difícil de explicar: estar metido en el medio de la gente, compartir un pogo con desconocidos, que alguien te agarre cuando te vas al carajo o terminar abrazado con una persona cuyo nombre probablemente nunca vas a saber.

Eso también es ir a un recital. No sé si es la comodidad o la exclusividad. Es otra cosa. Es parte del ritual.

Y cuando ponés una valla adelante del escenario y detrás de esa valla hay un sector al que solamente accedés pagando muchísimo más, algo de esa experiencia cambia.

No porque los que están adelante sean menos fanáticos. Eso sería demasiado fácil. Sino porque la lógica empieza a ser otra.

La diferencia entre campo y VIP ya no es solo comodidad

Y en un país donde una entrada ya puede significar un esfuerzo enorme, donde muchas veces hay que viajar desde el interior a Buenos Aires para ver una banda internacional, donde al precio del ticket hay que sumarle transporte, alojamiento, comida y algún riñón de repuesto para emergencias, la diferencia entre un campo y un VIP deja de ser una simple diferencia de comodidad.

Se convierte en una diferencia de experiencia.

Y eso me parece una cagada, porque encima ahora vienen las bandas como si esto fuera una temporada interminable de Navidad para los melómanos argentinos.

Una anuncia. Otra confirma. Otra vuelve. Otra «por primera vez en Argentina».

Y uno empieza a hacer cuentas como si fuera un monotributista recategorizado automáticamente por el ARCA.

«A esta voy». «A esta no». «Esta vez ahorro». «Si compro ahora…» «Después veo cómo vuelvo».

Por ejemplo, Foo Fighters anunció su regreso a la Argentina y una entrada VIP ronda las 350 lucas, antes de que la página decida agregarle sus pequeños homenajes al capitalismo en forma de cargos y gastos de servicio.

Trescientas cincuenta lucas. Por ver una banda.

Y ojo: no estoy diciendo que no lo valga. Estoy diciendo que probablemente yo tampoco las valga.

Entonces uno se pregunta: ¿qué estamos comprando exactamente? ¿Por qué pagar para estar donde antes podías llegar siendo simplemente un fan?

Hace poco estuve en Foxy Live Bar, en Mendoza, viendo a Cielo Razzo. Obviamente no es un estadio. No hay 50.000 personas. No hay una pantalla gigante ni una pasarela ni veinte camiones entrando al predio.

Pero había algo.

La gente estaba cerca. Estábamos todos mezclados.

Y pensé que, en definitiva, eso era lo que yo iba a buscar a un recital.

No importa demasiado si hay diez mil personas o cien. Hay algo en estar cerca. Eso es parte de la mística.

Y me pregunto si no estamos haciendo mierda justamente eso en nombre del negocio.

Porque entiendo que traer una banda internacional cuesta una fortuna. Entiendo que hay producción, logística, seguros, estadios, sponsors, hoteles, aviones y un larguísimo etcétera. También entiendo que los productores necesitan ganar plata.

Lo que no sé es si necesariamente tenemos que pagarla nosotros convirtiendo el recital en una especie de sistema de «personas pudientes», «personas insanas mentalmente que se endeudan porque pasa solo una vez en la vida» y «personas que se miden para cargar la SUBE».

Porque quizás dentro de unos años vayamos a un recital y nos encontremos con que adelante están los Ultra VIP. Atrás, los VIP. Después, los que pudieron pagar campo. Más atrás, los que pudieron pagar campo, pero no tanto. Y finalmente, en el fondo, los que solamente queríamos escuchar a la banda.

Y seguramente aparecerá alguien a decir: «Pero la experiencia la hace uno».

Y sí, mi ciela, obvio que la hace uno.

Uno canta, salta, se emociona, queda afónico, pierde una zapatilla, vuelve a encontrarla tres horas después y decide que fue la mejor noche de su vida. Eso no te lo puede sacar nadie.

Pero si para estar cerca del escenario tenés que pagar cuatro veces más, la experiencia sigue siendo tuya, sí, pero también te están diciendo cuánto vale cada pedazo de esa experiencia.

Uno puede disfrutar desde cualquier lado, claro. También podés comer fideos con manteca durante seis meses y decir que es una experiencia gastronómica. Pero una cosa no quita la otra.

Seamos sinceros: no es lo mismo vivirlo a 10 metros del escenario, mirándole la pelada al de seguridad, que vivirlo en la fila 127 de la platea alta a través de una pantalla.

Romanticemos no estar a la loma del ogt

A lo mejor soy una romántica vintage. O una pelotuda.

Pero todavía prefiero la época en la que uno iba a un recital con la ilusión de acercarse al escenario. No con la certeza de que, si no tenía trescientos, cuatrocientos o quinientos mil pesos de sobra, iba a verlo desde la loma del orto.

Porque el rock siempre tuvo algo bastante democrático: podías llegar siendo nadie y terminar la noche formando un club de fans nuevo con gente de Monte Chingolo, Chapanay y Ushuaia.

Y eso, por suerte, todavía no tiene categoría VIP.

En fin, pibis. Ya me desahogué y ahora los quiero leer a ustedes, antes de que ponga la sección premium de comentarios.

Nos leemos.

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