Estábamos todos turulecos, que uno bizco, que el otro jorobado, que con una pierna ortopédica y otro con tres piernas, que aquel sufría las fiebres del amanecer y uno que fue picado por una mosca Tsé-tsé y dormía la siesta todo el día; estaban también un fantasma, que se hacía pasar por alguien vivo y el hombre que solamente se alimentaba de electricidad y se prendía en llamas, por un cortocircuito provocado por su saliva.
Éramos todos turulecos.
Esperábamos en una habitación pequeña, apretados, sin aire. Con la claustrofobia zumbando en nuestros oídos y con la transpiración empapando la ropa del otro. Todos confluíamos en ese lugar por la misma razón, el Certificado que le diera legalidad a nuestras afecciones.
El que de chico, en un juego, puso los ojos en blanco y nunca más los pudo volver a poner en su lugar, comenzó a quejarse de las demoras de la Administración en la entrega del aval. El que tenía una oreja por nariz y escuchaba los olores, salió en defensa de la Administración. Se generó una discusión que fue subiendo de tono hasta casi llegar a los golpes de puño entre ambos. De a poco se fueron calmando los ánimos, pero no las miradas.
Yo trataba de no llamar la atención. No pude evitar percatarme –en realidad lo adiviné- que el hombre que sufría de dos pies izquierdos, que estaba muy cerca de mí, comenzó a sudar copiosamente y luego se desmayó. Un par de trabajadores de la Administración se lo llevaron en una camilla, bajo la mirada preocupada de algunos y las de los que pensaban que había un lugar menos en la lista, entre los cuales me encontraba.
Ansiaba el Certificado, era lo único que me mantenía en ese sitio. Llamaban a alguien muy cada tanto, primero por el apellido luego por el nombre.
Pasaron los días y seguíamos en la pequeña habitación, los mismos turulecos que, estoicos, esperábamos.
Era raro que llegara alguien nuevo, pero pasó. Un hombre alto de facciones inescrutables, de mirada celeste y ojos verdes, vestido con un sobretodo negro, a pesar del calor con nubes de humedad del sudor reinante. Pude oler en el recién llegado algo que escapaba de mis archivos sensoriales, no lo podía reconocer.
El recién llegado se puso a hablar, era tartamudo como una gotera en la noche, dijo que se quedaba sin aire, demasiada gente en tan poco espacio. No terminó de decirlo que se sacó el sobretodo. Entonces pude adivinar las alas en su espalda, latentes, concretas. No las vi, las supuse en mi umbría. Él expandió sus alas, que quedaron demasiado grandes para el pequeño recinto.
Eran blancas como la miel blanca, poderosas como los motores de un B-52 y suaves como el recuerdo del roce de labios contra labios. Comenzó a aletear suavemente y el aire empezó a circular en la habitación. Un soplo de brisa fresca nos acarició la cara. Los presentes nos sentimos aliviados y agradecidos con el recién llegado, aunque nadie se lo dijo. Nos quedamos ahí, bendecidos por el aire fresco que circulaba.
La espera por el Certificado que nos daría la Administración se hizo más pasable.
Este espacio cuenta con el auspicio de

