Cómo cambió mi lactancia en tres generaciones de partos
A lo largo de mis tres maternidades viví en carne propia cómo la lactancia materna pasó de ser un mandato rígido y una imposición dolorosa a una elección informada y adaptada a la vida real.
Quizás esta sea la nota más real y personal que escribí.
Una época en la que la violencia obstétrica era invisibilizada y silenciada
Con un bebé recién nacido y atravesando dolores intensos, el mandato de «se tiene que prender a la teta» se imponía con fuerza física: apretones violentos en el pecho para extraer calostro a cualquier costo.
Mi primer trauma no fue la cesárea, sino el estrés, la culpa y la impotencia frente a un sistema sin empatía.
Las consecuencias fueron enormes. No pude dar de mamar a mi hija recién nacida. La explicación fue tan simple como equivocada: mi leche «no la alimentaba como correspondía».
Tres años después llegó mi segundo embarazo.
Información, comunidad… y una nueva esclavitud
Con el paso del tiempo llegaron avances muy importantes hacia una lactancia materna exclusiva con una mirada más respetuosa y acompañada.
Hablo del año 2003. Comenzaron a difundirse charlas, seminarios sobre técnicas de agarre, nutrición y destete respetuoso. Recuerdo especialmente los encuentros por la Semana de la Lactancia Materna en el Hospital Humberto Notti, en Mendoza, donde compartíamos desayunos, experiencias y aprendizajes año tras año.
Tuve a mi segundo hijo en un hospital público donde cuidar la experiencia de amamantar era una prioridad. Pude prenderlo al pecho apenas nació y, aunque también fue por cesárea, no hubo ningún inconveniente.
Tomó teta exclusiva hasta los tres años. Pero fue ahí donde aparecieron otros desafíos.
¿Y si yo trabajaba? ¿Y si quería salir a hacer un trámite? ¿Y si simplemente necesitaba una hora para mí?
El problema era que, con tanta demanda de pecho, nunca aceptó la mamadera y no podía dejarlo más de tres horas sin su «teta/chupete».
Aunque ahora teníamos mucha más información, apareció una forma mucho más sutil de esclavitud.
No había espacio personal. Ni para ir tranquila al baño, ni para salir unos minutos a despejar la cabeza o simplemente tomar aire.
La presión social también era más fuerte.
La teta se había convertido en la respuesta absoluta para todo.
«¿Llora? La teta.»
«¿Tiene frío? La teta.»
«¿Le dolió la vacuna? Ponelo a la teta.»
Además, el discurso del libre acceso terminaba atándote por completo.
«Dejá que tome hasta cuando quiera, porque si le sacás la teta no va a comer.»
«No le des mamadera porque después no va a querer el pecho.»
Sí, era un proceso hermoso y muchísimo más informado que el que había vivido con mi primera hija. Pero toda la responsabilidad seguía recayendo sobre la madre, generando una exigencia física y emocional agotadora.
Después de lograr el destete, muchas veces me pregunté:
¿Fue realmente lo mejor haber sostenido una lactancia exclusiva durante tanto tiempo?
¿O quizás hubiera sido mejor ofrecer desde el principio mi propia leche en una mamadera para que pudiera alimentarse también con otras personas y yo conservar un poco más de libertad?

Tercer embarazo: cuando entendí que maternar también es cuidarse
Mi tercer embarazo fue también el último. Y voy a decirlo sin vueltas: después decidí operarme para no tener más hijos. Quería seguir ejerciendo mi profesión de peluquera, trabajar para mis hijos y también empezar a pensar un poco en mí.
Este embarazo llegó muchos años después de los anteriores. En el medio hubo una separación, el desafío de volver a enamorarme, de aprender a ser esposa otra vez, de sostener mi carrera y atravesar una etapa de la vida en la que ya imaginaba que la menopausia sería el próximo gran cambio. Pero no. Lo que llegó fue un embarazo. Y fue hermoso.
El parto volvió a ser por cesárea, pero esta vez lo viví de una manera completamente distinta. Llegó mi hijo arcoíris acompañado por la música del eterno y mágico Gustavo Cerati.
Si me preguntan, fue el parto más doloroso físicamente, pero también el más maduro, el más consciente y el más feliz de los tres.
En cuanto al trabajo, tuve la suerte de encontrarme con un jefe increíble, que me permitió llevar a mi bebé todos los días cuando apenas tenía tres meses. Incluso me destinó un espacio exclusivo para amamantarlo, cambiarlo y poder cuidarlo durante la jornada laboral.
Mi bebé creció entre tinturas, clientas y brushings. Tomaba su teta, pero al mismo tiempo aprendía a aceptar la mamadera con fórmula cuando otra persona lo alimentaba.
Y no fue fácil.
Muchas veces lloré sintiéndome una mala madre. Creía que, si dejaba de darle el pecho exclusivamente, mi hijo no iba a estar bien alimentado. Sentía que estaba renunciando a ese «oro líquido» del que tanto se habla. Pero cuando cumplió seis meses lo logré: pude dejarlo con alguien para ir a trabajar sin sentir que estaba fallando como mamá.
Y ahí entendí algo muy importante.
Nadie habla de ese momento glorioso en el que dejás el corpiño de lactancia y volvés a usar uno con aro. Nadie habla de lo que pasa cuando estás trabajando y no tenés la posibilidad de extraerte leche o de tener a tu bebé cerca. Si él te extraña, muchas veces terminás con la remera manchada de leche.
Sí, suena crudo. Pero es real.
Y cuando una mamá sufre, de alguna manera sufrimos todas.
Por eso, la próxima vez que escuches o estés por decir: «Qué exagerada, es solo una noche, ya va a agarrar la mamadera», acordate de esta historia.
Antes que juzgar, abrazá. Porque probablemente esa mamá esté haciendo todo lo que puede y, aunque no lo diga, necesite muchísimo ese abrazo.
Amar y nutrir a un hijo también implica cuidar de una misma. Implica entender que la maternidad necesita adaptarse a la vida real, sin culpas y sin mandatos imposibles.
Del mandato a la libertad de elegir
Escribo esta nota en el marco de la Semana Mundial de la Lactancia Materna, no para dar cátedra ni para juzgar las decisiones de ninguna madre. Nadie tiene derecho a señalar a una mujer por decidir dar el pecho o no hacerlo.
Sabemos, y está demostrado, que la leche materna es el mejor alimento para un bebé, especialmente durante los primeros meses de vida. También es una oportunidad maravillosa para construir un vínculo único.
Pero el amor y el apego no nacen exclusivamente de una teta. Hay madres que adoptan. Hay madres que, por distintas circunstancias, no pueden amamantar. Hay bebés prematuros, tratamientos médicos, depresiones posparto, trabajos que no esperan, cuerpos que responden distinto y miles de historias que nadie conoce.
Y, aun así, esos hijos crecen sintiéndose profundamente amados porque el vínculo también se construye con un abrazo, con el contacto piel con piel, con una mirada, con un beso, con la presencia, con el tiempo compartido y con el amor todos los días.
La lactancia es un camino valioso pero nunca debería convertirse en un sacrificio que destruya a quien intenta sostenerlo.
Evolucionar también significa dejar atrás los dogmas y empezar a respetar las decisiones individuales. Significa entender que una madre presente, tranquila, contenida y respetada en sus elecciones también es el mejor regalo que puede recibir un bebé.
Quiero cerrar esta nota compartiendo algunos mensajes que me dejaron otras mamás en una cajita de preguntas de Instagram.
Porque, al final, de eso se trata: de escucharnos, de acompañarnos, de entender que ninguna maternidad es igual a otra y de recordar que, cuando una mamá necesita una mano, no hacen falta juicios: hacen falta otras mamás.
@marulinisima : «Mixta. Hace 18 meses que seguimos con teta. Al jardín va con fórmula porque me cansé de extraerme.»
@belucesir: «Mi experiencia fue increíble. Dar de mamar a dos bebés al mismo tiempo fue una locura: cansador, desafiante, pero también hermoso.»
@ferresiliente: «Fue impuesta. La odié. Hoy mi nieta toma solo mamadera. Fue prematura y mi hija no pudo darle el pecho.»
@andifarachi: «Fue lo más difícil del comienzo de la maternidad. Aunque duela y estés lastimada, hay que poner el cuerpo las 24 horas del día.»
@anitasebastianelli: «No tuve leche. Mi bebé tomó fórmula desde el primer día. Soñaba con dar de mamar, pero simplemente no produje leche.»
@cozbarbara : «Al principio fue lactancia mixta porque después de la cesárea no aumentaban de peso. Más adelante pudimos lograr la lactancia exclusiva.»
Gracias a cada mamá que compartió su historia.
Porque hablar de lactancia también es hablar de dudas, de culpas, de aprendizajes y de amor.
Y cuando una mamá habla con honestidad, muchas otras descubren que no estaban tan solas.
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